Día especial por todo lo que teníamos preparado y, como esperábamos, el clima mejoró lo suficiente aunque tampoco es que hiciera un Sol a raudales, pero sí que no tuvimos que utilizar el paraguas en todo el día, sobre todo por la mañana que es cuando más nos interesaba. Íbamos a hacer el tour en kart que realiza la empresa MariCar. Estos tours los encontramos por casualidad leyendo este foro y empezamos a informarnos sobre ellos para ver cómo realizarlos. En su web tienen varias tiendas distintas de las que se ofrecen algunos recorridos más cortos o más largos (variando el precio, por supuesto) y los sitios que se van a ver durante el mismo. Te exigen, además, sacarte el carnet internacional de conducir, pues no vas a hacer otra cosa que circular por las calles de la ciudad en sus carreteras normales con todos los demás vehículos a tu alrededor.
Como no sabíamos exactamente qué nos íbamos a encontrar en cuanto a tráfico, decidimos escoger el que parecía un recorrido menos intenso al comenzar cerca de Odaiba y no meterse mucho en las calles principales de Tokio que pasaban por Shibuya, Shinjuku o zonas así donde pudiera haber más tráfico. Nuestro recorrido circulaba por las carreteras de Odaiba, bastante rectas y con pocas curvas, para luego llegar al Rainbow Bridge (¡recordando la típica senda Arcoiris de todos los Mario Kart!) y rematarlo al circular justo al lado de la torre de Tokio, que fue la zona donde más tráfico encontramos. Finalmente volveríamos a Odaiba donde paramos unos minutos de descanso y volvimos a la marcha para volver al punto inicial.
Algo temerosos de lo que podíamos encontrarnos tanto en tráfico como en cómo irían los karts y el “miedo” que siempre te introducen cuando en las explicaciones (hablan generalmente en inglés pero tienes las explicaciones más importantes en varios idiomas, español incluido) te dicen que deberías contratar un seguro de circulación por 500 yenes ya que cualquier choque se considera accidente de circulación y puede acarrear gastos de 50.000 yenes, pues nos lanzamos a la aventura (sí, el seguro lo contratamos y supongo que lo hacen todos, que 500 yenes no es gran cosa y menos comparado con el precio del tour de entre 7.000 y 10.000 yenes dependiendo de lo que escojas). Después de elegir nuestros disfraces de entre un vestidor de decenas de disfraces tanto de Mario Kart como de muchísimos animes japoneses o cómics americanos principalmente, nos explicaron el funcionamiento del kart (sencillo: acelerar, frenar y marcha atrás) y las señales que el monitor de cabeza nos haría para momentos en los que debíamos circular en fila de uno (básicamente en circulación a buena velocidad) y en los que debíamos circular en fila de dos (al llegar a semáforos principalmente).
No pudimos pasárnoslo mejor pues, además, alquilamos una Go Pro que ellos mismos te facilitaban y grabamos todo el recorrido. Los monitores, especialmente el de cola, realizaban fotos de vez en cuando cuando nos parábamos en semáforos para luego enviárnoslas vía bluetooth al terminar el recorrido. Llegamos a alcanzar con los karts cerca de 70 kilómetros por hora en largas rectas con algo de pendiente, aunque lo normal era estar entre 50 y 60 kilómetros por hora en las rectas sin pendiente. Lo que más temíamos, el tráfico, no fue gran cosa y fue asombroso el respeto del resto de conductores que nos dejaban paso, siempre estaban a una distancia prudencial, no se agobiaban por adelantarnos y no se escuchó ningún claxon ni ninguna mala maniobra en las casi dos horas que estuvimos de recorrido. Dudo mucho que algo así pudiéramos tenerlo en Madrid o Barcelona (o París, Roma, Londres, etc.) sin cabreo de muchos conductores. Una experiencia fantástica, ¡recorrer en kart las calles de Tokio disfrazados de personajes del Mario Kart! Paramos a medio recorrido cerca de la estatua de la libertad en la que estuvimos dos días antes para descansar y hacer algunas fotos de recuerdo y continuamos trayecto hasta el final. Algo a recordar como una experiencia muy friki japonesa y con ganas de repetir en otro circuito más urbano, pues muchos peatones nos saludaban alegremente al pasar. Se nota que allí estas cosas las disfrutan.

Después de la sudada que pegamos (disfraces de manga larga y pantalón largo en su mayoría), volvimos al hotel para comer y darnos una ducha para descansar un poco antes de irnos al partido de béisbol. Jugaban esa tarde, a las 18:00, el equipo local de los Yomiuri Giants contra el también equipo tokiota de los Swallows. Pese a que el béisbol es un deporte que nos gusta y de pequeños siempre hemos jugado al “pichi”, en España no es muy popular este deporte y en Japón, al igual que en Estados Unidos, es uno de los más populares, así que nos apetecía ver un partido, entrar al inmenso Tokyo Dome (¿alguien ha visto la serie de Dome, el petit geni del beisbol en los años 90?) y ver si los japoneses se “soltaban” un poco allí o, por el contrario, seguían con sus actitudes tan serias, tranquilas y correctas que se veían en metro, trenes y demás.
Antes de entrar al impresionante y enorme estadio cubierto, dimos una vuelta por sus alrededores, pues allí se encuentra la Tokyo Dome City, una zona comercial con un parque de atracciones pequeño y sencillo pero completo, con un par de montañas rusas y atracciones de agua. Más de una hora antes del partido aquella zona ya estaba repleta de gente, fuera o no por el partido. Estuvimos curioseando, haciéndonos fotos con la mascota gigante de los Giants (un operario japonés del equipo estaba allí únicamente para hacer fotos gratuitamente a todo el que quisiera) y mirando los stands y pequeñas tiendas con camisetas del equipo local. Buscábamos una chaqueta de las que utilizan para calentar que se veía de calidad, pero o las encontrábamos excesivamente caras o de tallas de niño principalmente. Cual fue nuestra enorme sorpresa cuando, al entrar, nos obsequiaron con varios libritos del equipo (y no pequeños precisamente), ¡y una chaqueta del equipo para cada uno de forma totalmente gratuita! No pudimos elegir talla, pero da igual porque regalos así no se ven todos los días cuando vas a ver un partido “normal” de cualquier deporte (y allí juegan más de 100 partidos de béisbol en una temporada comprimida en varios meses).

El estadio era enorme e impresionante. Nuestras entradas, adquiridas el día que salieron a la venta un mes y medio antes aproximadamente, no estaban nada mal para ser unas de las más baratas, en la zona inferior aunque un poco alejados de la zona de bateo, pero con buena visibilidad. Dentro fue el único sitio donde encontramos bebidas algo más caras de lo habitual, pues en el resto de Japón nos sorprendía ver cómo los precios, por ejemplo del agua, eran prácticamente idénticos ya fuera en una máquina expendedora escondida por ahí, en un kombini o en una atracción turística.
Sentados en nuestras butacas, cómodas y preparadas para consumir sin descanso, esperábamos a que el estadio se fuera llenando mientras los jugadores calentaban y se sucedían varios espectáculos y concursos con gente del público. Cuando ya quedaba poco para empezar empezamos a ver a decenas, quizá más de cien, japonesas (todas chicas) con una gran mochila a la espalda vendiendo Coca-Cola, Pepsi, cervezas, palomitas o aperitivos varios. Su método de proceder era el de bajar a toda velocidad por las escaleras hasta abajo del todo y, desde allí, empezar a publicitar su producto buscando a ver quién quería comprar. Estuvieron así tooooodo el partido, ¡y justamente ese partido duró casi cuatro horas!, sin descanso, subiendo y bajando escaleras sin parar, siempre con una sonrisa en la boca mientras daban vueltas a todo el estadio. Debieron acabar reventadas, aunque se sacarían su buen sueldo. Cerca teníamos a un japonés que se bebió unas diez cervezas durante todo el partido.

Como ya he comentado, el partido duró unas tres horas y cuarenta minutos. Se hizo muy largo, la verdad. Estos deportes en donde debes esperar a que uno se imponga al otro pero donde no hay límite de tiempo puede que ocurran estas cosas. Igual el partido hubiera durado una hora, o menos, como se va a las varias horas si encuentras un día en el que los bateadores están acertados y las eliminaciones ocurren muy lentamente. Parece que fue este último tipo de partido el que encontramos y se nos hizo bastante de noche allí (suerte que comenzó a las 18:00).
Lo que más nos sorprendió fue el increíble clima de respeto entre las aficiones local y visitante. Mientras el equipo visitante tenía turno de batear, todos los aficionados locales (estadio lleno, unos ¿50.000? o más) se mostraban respetuosos, callaban, no hablaban fuerte y no les veías increpar a nadie ni celebrar enormemente nada; sólo se escuchaba a esa zona de grada visitante que no dejaba de gritar y animar sin parar, siempre con canciones y mucha constancia. Y, al revés ocurría cuando le tocaba batear al equipo local, callándose toda la sección visitante de la grada, respetando el turno del rival y animando el resto del estadio. No se vio a nadie alterado, ni ningún grito a destiempo, ni nada raro, sino a todo el mundo disfrutar de su equipo y su deporte respetando al rival. Qué diferente a lo que ocurre aquí en muchos campos, especialmente si se trata de fútbol.
Satisfechos por el día diferente que habíamos tenido, con la experiencia del kart, el regalo viendo el partido de béisbol y el propio partido mismo, salimos hacia el tren que estaba llenísimo hasta arriba de toda la gente que hacía lo mismo que nosotros: salir del partido y coger la Chuo/Sobu. Después de unas cuantas paradas bastante apretujados, comenzó a haber más espacio y llegamos al hotel para descansar para el día siguiente.
Tendríamos algunas visitas habituales y algunas paradas más enfocadas al manganime.