A las 5:00 de la mañana empezábamos un nuevo día pues teníamos la intención de coger el tren de las 6:43 hacia Nara. Era nuestro último día de JR Pass y aprovecharíamos para hacer la última excursión fuera de Kioto visitando por la mañana Nara y por la tarde el santuario de Fushimi Inari. El cansancio de piernas ya está instalado continuamente y, además, este fue un día de Sol, calor y bochorno, lo que aumentaba enormemente la sensación de cansancio y nos impidió ver más cosas de las que habíamos planeado.
A pesar de la hora a la que salía el tren, lo cierto es que estaba completamente lleno hasta arriba. Cuando llegamos ya estaba casi a tope, pero poco a poco entraba más y más y más gente hasta el punto de que algunos prefirieron esperarse al siguiente tren. Suponíamos que sería sólo durante unas pocas paradas y así fue. Después de tres o cuatro paradas en 10 o 15 minutos, pudimos ya sentarnos mientras el vagón se iba vaciando para así hacer más llevadero el viaje a Nara en 71 minutos de duración. Nada más llegar fuimos directos a la estación de autobús y ya teníamos allí el que nos interesaba esperando para llegar hasta la zona del parque de Nara.
Por el camino, una larga avenida principalmente, comenzamos a ver las zonas verdes y cada vez más parques y, en ellos, se empezaban a ver ya los ciervos característicos de esta zona. Realmente quedamos sorprendidos, pues aunque supiéramos que había ciervos, no esperábamos que hubiesen tantísimos de ellos e incluso ver a algunos cruzar tranquilamente la carretera. Cuando llegamos a la parada especificada y bajamos aún vimos grupos aún mucho más numerosos de ciervos. La mayoría estaban reposando a la sombra pero muchos de ellos ya empezaban a estar activos ante la presencia de turistas que les compraban comida.
Comenzamos el camino hacia el templo Todaiji viendo tanto las típicas tiendas de souvenirs como los ciervos que íbamos encontrando cada vez con más cantidad y que incluso entraban tranquilamente en estas tiendas sin que nadie les molestase, aunque no vimos que provocaran ningún destrozo más allá de perseguir a la gente que les estaba dando comida. Pese a lo temprano que era, la afluencia de gente era ya bastante considerable e iba llegando cada vez más y más gente. Recorrimos la zona de ciervos hasta llegar al templo Todaiji, nuestro primer objetivo de la mañana. Justo al llegar y cuando hacíamos una pequeña cola para entrar, un amplio grupo de niños de parvulario se acercaban con sus profesores, cada uno con un gorro de un color distintivo de su clase, suponemos. Niños de apenas unos 4 o 5 años todos en grupo para entrar al templo.
Superado el acceso, vimos ya la inmensidad del templo, una enorme estructura de madera bastante inmensa y nos hacía imaginar el tamaño del gran Buda que encontraríamos dentro. Más nos sorprendía el imaginarnos que, según leímos, ese edificio era varios órdenes más pequeño que el original, así que aquello debió ser una enorme obra de la ingeniería en épocas antiguas. Un pequeño acceso al exterior nos llevaba hasta unas escaleras por las cuales entrábamos al templo y, nada más entrar y sin mucho más espacio, el gran Buda nos recibía ocupando una grandísima parte del templo. Nos pareció éste mucho más grande que el de Kamakura, aunque no sé si por la sensación de estar a cubierto.
Dimos una vuelta por todo el templo. Aunque había otras figuras bastante grandes y detalladas para tener en cuenta, la inmensidad del gran Buda eclipsaba todo lo demás. Parecía que el edificio no podía hacerse más pequeño si había que tenerlo allí dentro. En la zona final del templo, hacia la derecha conforme entrábamos, se encontraba el agujero dentro de uno de las columnas de madera que se dice tiene el mismo tamaño que los agujeros de la nariz del gran Buda. Allí estaba el grupo de niños que comentábamos, todos en cola para pasar por él en una tradición que parece que realizan. Tenían incluso hasta un fotógrafo profesional que estaba allí capturando el momento para la posterioridad. Realizada la vuelta completa al templo, una zona con algunas pequeñas tiendas y nos encaminamos hacia la salida, no sin antes pasar de nuevo por otra zona de tiendas con amuletos varios principalmente.
Ya fuera decidimos ir a recorrer un poco el parque en busca de los otros templos y santuarios habidos. Sin embargo, íbamos alejándonos de la zona más abarrotada de gente y no se veía templo cercano. El calor apretaba y las piernas nos pedían un descanso. Como queríamos visitar más tarde el santuario Fushimi Inari, decidimos volver a la zona de los ciervos, dar un buen paseo por allí y descansar en alguna de las muchas zonas preparadas para ello que sí habían en este parque. Ver de vez en cuando a algún japonés viandante agacharse y recoger algún pequeño papel que había en el suelo (y que no era suyo) para guardárselo y tirarlo más tarde siempre nos sorprendía para bien.
Después de estar un rato por allí y sorprendidos por cómo las horas iban pasando casi sin darnos cuenta, emprendimos el viaje de vuelta en autobús para llegar a la estación. En la estación de Nara encontramos el primer y único supermercado que vimos más parecido “a los nuestros”, con una superficie más amplia y una estructura más parecida a cualquier supermercado español, con varias cajas y una organización parecida. Lejos de lo que veíamos todos los días en los Lawson, 7 Eleven, etc. Finalmente, cogimos el tren en dirección a nuestra segunda parada del día, el santuario Fushimi Inari.
Nada más llegar nos dispusimos a comer algo antes de comenzar la escalada. Había bastante gente en la zona y el clima acompañaba a pesar del calor. Esta tarde sería la última vez que veríamos el Sol en Japón, pero eso ya lo comentaremos en las entregas de los últimos días. Con las pilas recargadas nos dispusimos a entrar en el santuario. En la zona inferior, además del santuario, había una pequeña calle llena de tiendas de todo tipo y curioseamos un rato antes de decidirnos a entrar en el camino de toriis. Finalmente, allí que fuimos.
En la zona inicial, después de unas escaleras, había bastante gente y en el primer tramo de toriis apenas podías ir al paso de los demás, pues aunque no íbamos apelotonados, sí había mucha gente en esta zona. Llegamos a la zona donde el camino se divide en dos y hay un cartel que pone que debíamos ir por la derecha (lo cual me confunde, ¿no conducen por la izquierda?) aunque varias personas ni lo leían y se iban por la izquierda, a contracorriente y recibiendo a los demás de frente, jaja. Al superar esta zona de ambos caminos, varias personas cogían el camino de vuelta mientras que los demás seguían avanzando.
Poco a poco el camino iba despejándose de la multitud, sobre todo cuando empezaban los tramos de escaleras. Al principio no eran escaleras muy pronunciadas y se subían sin muchos problemas, pero pronto empezaron a llegar tramos con más pendiente de igual forma que la gente iba desapareciendo y se podían tomar incluso ya fotos sin nadie alrededor. Sin prisa pero sin pausa, íbamos subiendo y viendo toriis y más toriis. El camino se hacía ameno pues, entre los frondosos árboles y los toriss, prácticamente no entraba ningún rayo de Sol y el calor no apretaba bastante. Los toriis se sucedían uno detrás de otro aunque, en ocasiones, se veía alguno de piedra.
En algunos momentos el camino de toriis se interrumpía y se veía una pequeña zona que no sabíamos muy bien si eran pequeños templos, pequeños santuarios o pequeños cementerios. O quizá un poco de todo ello. Algunas estructuras estaban llenas de toriis pequeños dejados allí como ofrenda. El camino seguía ascendiendo y, a veces, los mapas no eran muy esclarecedores de dónde estábamos realmente, pero decidíamos seguir y continuar. No teníamos intención de llegar a la cima, pero sí de recorrer un buen tramo y llegar hasta la zona de miradores.
Después de varias zonas de nuevo con buena pendiente, llegamos a una bifurcación en el camino. A la izquierda el camino se veía bajar de nuevo pero por una parte diferente, mientras que a la derecha se veía el camino continuar por arriba. Un cartel avisaba de que, a partir de allí, no habían baños públicos. Seguimos subiendo un rato más, ahora ya con tramos de escaleras más habituales que ponían a prueba nuestro cansancio. De vez en cuando se veía alguna zona con tiendas o sitios para comer y pensábamos en esa gente que, todos los días, hará el recorrido hasta aquí para trabajar en estas tiendas. Llegamos, por fin, a la zona de miradores, también con varias tiendas y un restaurante, y estuvimos viendo la zona un rato. No sabíamos si estábamos viendo Kioto o qué pueblo exactamente. Desde allí el camino tomaba varias ramificaciones. Una parecía ir hacia abajo aunque a lo lejos se veía que volvía a subir. Otra subía unas empinadas escaleras aunque parece que a una pequeña zona de no retorno. Y otra seguía monte arriba y suponemos que sería el camino que escogería todo el mundo. Sin embargo, ya estábamos satisfechos y emprendimos la ruta descendente.
Llegamos de nuevo hasta la bifurcación y nos fuimos por el otro camino. Conforme íbamos bajando iban desapareciendo toriis y encontrábamos muchas zonas de, como antes, pequeños templos, santuarios o cementerios llenas de ofrendas. Habían, ciertamente, muchísimas de estas zonas hasta llegar de nuevo a la zona poblada que salía casi al inicio de la calle de tiendas que desembocaba en el santuario. Satisfechos y con una buena impresión del lugar, y deseando que algún día pudiéramos volver y nos decidiéramos a subir a lo más alto, volvimos a la estación y cogimos el tren de vuelta a Kioto. El día había sido agotador entre el calor y bochorno y todos los kilómetros recorridos a pie, mientras que 17 días de viaje y madrugones con muchas zonas recorridas a pie también pesaban.
Llegamos a Kioto, buscamos sitio para cenar y nos fuimos a descansar para afrontar los dos últimos días en Kioto, ya sin JR Pass y con el cielo amenazando lluvia.
