Tras el buen desayuno con un oleaje que escuchábamos bravo, nos dirigimos a ver los menhires que indicaban en la zona de Raposeira de Vila do Bispo. Cogimos la carreterita que lleva a la playa de Ingrina y paramos donde vimos una indicación de megalitismo, pero no vimos nada, así que seguimos por el camino hasta que paramos junto a una casa que se llamaba casa del menhir, y allí muy cerca estaba el menhir de Padrâo, y, ¡vaya magnífico ejemplar! Nos bajamos, lo abrazamos para sentir su fuerza, y fotografiamos. Parece increíble que este monumento, que está datado del 4.000 al 3.000 a.n.e. época neolítica, siga en pie en la zona que ha sido considerada el confín del mundo durante muchísimo tiempo, y que otros hombres y mujeres habitaron hace tanto tiempo dejando su huella. Aunque indica un conjunto megalítico, nosotros dimos un paseo pero sólo encontramos otro caído en la tierra, pero con los visto nos dábamos por satisfechos.
[align=center]Menhir do Padrao

Nos acercamos a la playa de Ingrina, pequeña y solitaria a esa hora. Nuestro objetivo era llegar a la Batería de Zabial y allí nos dirigimos continuando por la misma carretera y desviándonos por un camino sin asfaltar hasta cerca del acantilado donde se encontraba. Las vistas a los acantilados y la costa eran fascinantes, el oleaje golpeaba con fuerza creando formas con la espuma que sobrevolaban las rocas en las que rompían. Un pescador se afanaba en un promontorio porque su anzuelo no le volara. De la Batería quedan pocos restos, pero nuestra curiosidad quedó saciada por lo visto.

Aunque apetecía mucho quedarse en Ingrina, nos dirigimos al cabo de San Vicente a visitarlo de día, que junto al Cabo de Gata son nuestros preferidosy porque ir al antiguo confín del mundo no es cualquier cosa. No había mucha gente y pudimos recorrerlo bien. El faro, farol en portugués se encuentra en una Fortaleza que defendía la costa, y como el cercano Fuerte de Beliche, también fue saqueada por el pirata Francis Drake y sufrió el terremoto de 1756. Posteriormente fue reconstruida y el faro es de 1846. Hay tiendas de regalos y hermosas vistas sobre los acantilados y el Océnao.

Ya de vuelta, nos desviamos por Vila do Bispo a visitar la Ermita de Nuestra Señora de Guadalupe. Esta ermita de estilo gótico, se encuentra en lo que era la ruta de la peregrinación medieval a San Vicente. No se sabe bien su fecha de construcción puede ser del siglo XIV cuando se popularizó la devoción a esta virgen, y la tienen asociada a D. Enrique el Navegante de quien dicen que venía aquí a rezar. De ese tiempo, siglo XV, son parte de los adornos, por lo que seguramente sería remodelada en ese siglo. Es de una sola planta, y son muy interesantes los antropomorfos de los capitales del portal, la bóveda gótica del presbiterio, con unas claves con figuras antropomórficas y zoomórficas de la leyenda de la Virgen y los capiteles del arco toral, relacionados con la liberación de prisioneros.
Cercana a la Ermita se encuentran pozos de agua, lo que nos indica que tuvo que ser un lugar de asentamiento. En la construcción cercana, seguramente de un uso agropecuario, se expone un pequeño museo dedicado a la figura de D. Enrique el Navegante, los viajes a ultramar y algunas de las semillas traídas.

Ya sí que nos volvimos a Salema, donde nos dimos unos buenos baños a pesar del oleaje, que estaba bravo, pero que a veces nos daba una tregua. Comimos junto a la playa en el “Restaurante Atlántico”, comida que no pasará a la historia, y era una pena porque con las buenas sardinas que hay no estaban bien hechas, teniendo tan buenas grelhas en Portugal, estas eran de plancha eléctrica, y las habían quemadao por fuera y dejado crudas por dentro, una ensalada de pulpo que estaba seca y un rape con azafrán que tampoco era nada del otro mundo. Unos 55€, caro para la poca calidad, y no lo recomendamos nada, aunque se esté viendo el mar.
Una siesta en el apartamento, y posterior baño, muy agradable, en la piscina, un paseo hacia la zona que baja a la playa por escalera, que tenía una luz muy bonitay nos fuimos a ver atardecer a la cercana Burgau, que mi marido no la conocía. En el camino nos desviamos a la Praia de Boca do Rio, donde nos gustó mucho el entorno con la luz del atardecer y queda pendiente de visitar detenidamente en otro viaje. Hay en ella restos de actividad romana y musulmana, con mosaicos, almacenes, necrópolis, y los restos de una fábrica de salazón de pescado. El valle por el que se accede, una zona semi pantanosa, que sería seguramente una antigua marisma, ofrecía bellas tonalidades, surcado por el río donde al parecer se pueden ver nutrias. En la subida para ir a Burgau desde Boca, bellísimas vistas de la playa y de la costa.

Ya en Burgau, sí que note más el cambio. Este pueblecito tan encantador, sigue teniendo sus calles empedradas con casas tradiciones y una playita muy bonita en marea baja, pero el aparcamiento junto al puertecito y algunos bares han desdibujado la pequeña placita que miraba al mar.

Paseamos por la playa ya con la última claridad y nos tomamos una cerveza en una terraza.
Quedaba volver y descansar.
[/align]