El nuevo día lo empezamos en Faro, aparcamos fuera del casco histórico y lo recorremos andando. Es una delicia pasear por las calles con el típico empedrado portugués.
Nos encantó la catedral y el contraste que hace la piedra con el encalado blanco.

Aunque todo el centro con el sol y la bahía forman un conjunto precioso.
De nuevo, decidimos coger una excursión hacia una de las islas que forman la ría Formosa y el océano en la costa. En este caso fue Ilha Deserta. Nos decidimos por una de las empresas que tenían los puestos al borde casi del agua. Ofrecían ir en ferry y volver en lancha rápida (5 € + 10 €).

Nos alegramos de haber escogido esta opción porque así pudimos tomar fotos de la bonita Faro desde el agua y luego disfrutar de la más emocionante experiencia de volver en lancha. El truco para nosotros fue ponernos atrás del todo en el ferry para poder hacer las fotos mientras nos alejábamos de Faro y luego en la lancha al principio, pues las olas nos salpicaban y al final hasta mi pareja pudo coger el timón con ayuda del piloto.

Recorrimos Ilha Deserta por los senderos preparados y disfrutamos de sus paisajes. También nos bañamos, puesto que aunque el agua no deja de estar más fría que en el Mediterráneo, merece la pena atreverse y la playa de arena era fina y dorada, invitaba.


Tras la vuelta al continente, cuando la tarde comenzaba a caer, quisimos ir a ver la Praia do Vale do Lobo, tan bonita con su perfil rojizo recortado, que estaban realizando una sesión de fotos.

Para culminar el día, paseamos por Loulé, donde justo el día anterior había finalizado el Festival Med.