Día 2. Lunes. Itinerario: Tavira-Olhao-Silves-Alvor-Lagos. 150 kilómetros.
Durante nuestra segunda jornada en el Algarve íbamos a cruzar la región casi de este a oeste, algo que no resulta ni demasiado largo ni demasiado incómodo, tomando la A-22, si bien el tramo entre Tavira y Olhao lo hicimos por la N-125. El perfil del recorrido fue el siguiente según Google Maps.

OLHAO.
Tras desayunar muy bien en el hotel, donde incluso nos hicieron tortillas al momento, salimos de Tavira con dirección a Olhao. En principio, estaba previsto detenernos antes en Santa Luzia para cruzar el puente hacia la Ilha de Tavira y visitar el cementerio de anclas, pero como fuimos la tarde anterior en el ferry, decidimos dejarlo pasar. Así que, después de recorrer unos 27 kilómetros por la N-125, hicimos nuestra primera parada de la jornada en Olhao, ciudad que nos habían aconsejado visitar, y muy acertadamente, según pudimos comprobrar después.

Con algo más de 30.000 habitantes se trata de una de las pocas poblaciones que quedan el Algarve dedicadas principalmente a la pesca. Desde el coche, ya divisamos algunos de los murales que abundan allí, alguno de ellos incluso en la fachada de lo que parecía una antigua iglesia.

Encontramos aparcamiento gratuito cerca del puerto, en torno al cual habíamos leído que se encuentra lo más interesante. Sin embargo, lo que veíamos no nos decía gran cosa, ya que se trataba de edificios modernos sin demasiado atractivo. Entonces nos dimos cuenta de que estábamos en el Puerto Comercial y de Mercancías, no en la Marina y antiguo puerto pesquero. Como había obras, preferimos no mover más allá el coche, así que con ayuda del navegador del teléfono móvil fuimos caminando hacia el centro, que no cuenta con castillo, murallas o una zona monumental demasiado antigua al ser una ciudad relativamente nueva, pues sus orígenes se remontan al siglo XVII.






Después de unos diez minutos, llegamos a la Avenida de la República, en cuyo frente divisamos la fachada de la Iglesia Matriz de Nuestra Señora del Rosario (1715), que estaba abierta, así que visité su interior.


A partir de ahí, comenzamos a surcar una serie de laberínticas callejuelas, algunas con mucho encanto y otras con mesas de terrazas de bares y restaurantes preparadas para recibir a los turistas a la hora del almuerzo. Me gustó mucho esta zona, adornada con multitud de maceteros de colores en forma de barco.






También vimos el Ayuntamiento, el Museo Municipal y la Capela de Nosso Senhor dos Aflitos, a la que solo me asomé, pues había un funeral y no me pareció oportuno deambular por allí.


Finalmente, salimos a la Praça Patrao Joaquin Lopes, que enseguida nos condujo hasta el puerto y su barrio pesquero, con sus pintorescas casas cúbicas de tejado plano.



Sin embargo, lo que destaca sobre todo en Olhao es el Mercado, uno de los más bonitos de todo el Algarve, instalado en dos preciosos edificios rectangulares de color rojo con cúpulas verdes e inspiración árabe, que se construyeron en 1918 para la venta de un pescado fresco que gozaba de una gran fama por su calidad. Reformados en 1988, se han convertido en el reclamo turístico principal de una población mucho menos concurrida que a otras del Algarve, gracias a lo cual ha conservado mejor su esencia netamente portuguesa.

En uno de estos edificios, están instalados los puestos de pescado (ya prácticamente vacíos cuando nos asomamos) y en el otro, las verduras y las carnes. Por el exterior, hay terrazas donde se sirven bebidas y tapas. Un sitio muy especial y bonito que merece la pena visitar.



A unos metros se encuentra el Jardín del Pescador Olhaense, con bancos revestidos de azulejos que se refieren a la actividad pesquera tradicional. Y también están cerca las taquillas de los ferris que recorren el Parque Natural da Ría Formosa, con sus lagunas y marismas, una de cuyas islas habíamos visitado la tarde anterior desde Tavira.


Olhao nos pareció muy agradable para dar un paseo por el puerto y las callejuelas aledañas. Seguramente es también un lugar muy apropiado para buscar un restaurante donde tomar pescado fresco, pero todavía era pronto y preferimos seguir nuestro viaje, avanzando hacia el oeste.
SILVES.
A continuación, nos dirigimos hacia Silves, una población histórica que fue en tiempos capital del Algarve y de las más recomendables para visitar tierra adentro, un tanto al margen de típico ambiente playero. Ya desde la carretera nos llamó la atención su estampa, coronada en todo lo alto por la fachada de la Catedral y su imponente fortaleza de color rojo.

Aunque en los alrededores de Silves se han registrado hallazgos que abarcan desde la Edad del Hierro hasta la dominación islámica, se cree que la ciudad la fundaron los árabes, posiblemente en torno al siglo VIII. A partir del siglo X comenzó a ganar relevancia gracias a la construcción naval y a la pujanza de su puerto comercial, hasta el punto de conseguir quitarle a Faro la capitalidad de la provincia de Ocsonoba. Su apogeo lo alcanzó durante su autonomía como reino taifa, entre 1068 y 1131, y durante su pertenencia al reino abbadí de Sevilla, bajo el reinado de Al-Mutamid, conocido como el rey poeta, que siempre sintió una fascinación especial por Silves.
Ubicación de Silves en el mapa del Algarve.


Dejamos el coche en el aparcamiento público que hay en la parte inferior del pueblo, frente al puente que cruza el río Arade. Naturalmente, se encuentra en la parte baja y para llegar al conjunto histórico hay que subir unas buenas cuestas. Con un sol de justicia, apretaba el calor y ya era más de la una y media, con lo cual se imponía buscar un restaurante para comer. Surcamos las callejuelas, en algunas de las cuales se apretaban terrazas con mesas. Queríamos comer alguna especialidad local, así que dejamos de lado pizzerías y restaurantes italianos. Al fin, encontramos un sitio que nos gustó, pero en la terraza las mesas a la sombra estaban todas ocupadas, así que nos instalamos en el comedor interior, donde había poca gente. Como plato fuerte, tomamos una típica cataplana (una especie de zarzuela de mariscos y pescados con patatas), que estaba muy buena.


Después de comer, afrontamos la empinada cuesta que nos condujo hasta la Praça Largo do Municipio, donde encontramos un panel con información sobre Silves y la ruta recomendada de lugares a visitar, cuya fotografía pongo a continuación, junto al elegante edificio del Ayuntamiento, o Cámara Municipal como se denomina en Portugal.



Allí mismo, contemplamos el elegante edificio del Ayuntamiento, el Pelourinho y el Torreao das Portas da Ciudade, una puerta fortificada que conduce al casco histórico medieval, donde están la Sé o Catedral, la Igreja da Misericordia, el Castelo y las Muralhas da Almedina.





Tras subir por la Rua da Sé, vimos la estampa de la Catedral y su puerta lateral abierta, así que me dirigí allí rápidamente, por si acaso la cerraban. La entrada me costó creo recordar que 1,5 euros. La empleada me debió ver pinta de guiri (quizás por mi pamela de paja para protegerme del sol) y me entregó una hoja plastificada con explicaciones en inglés. Como mi reading es mucho mejor que mi speaking o mi listening, no le dije nada, pues me apañaba bien.
Por las empinadas cuestas que llevan a la Catedral y al Castillo.



Los orígenes de la Catedral se remontan a finales del siglo XII, una vez que la ciudad fue conquistada por las tropas cristianas a los musulmanes, y, de hecho, fue consagrada sobre los restos una mezquita. El edificio actual es de estilo gótico, se empezó a construir a mediados del siglo XIII, demorándose las obras durante mucho tiempo.


Igualmente, sufrió numerosas modificaciones, algunas obligadas para reparar los graves daños causados por el terremoto de 1755. Así, la fachada es de mitad del siglo XVIII. En 1938 se acometieron obras para devolver al edificio su carácter gótico original, demoliéndose diversos anexos, como la sacristía barroca. En cualquier caso, esta Catedral es el principal monumento gótico que se conserva en el Algarve.

Vista la Catedral, me dirigí al Castelo, que también es de pago. No recuerdo lo que me cobraron. En la entrada, hay una gran escultura en bronce que representa al rey Sancho I, primer conquistador cristiano de la ciudad en 1189.

La antigua alcazaba, cuyos orígenes se remontan al siglo X, se compone de una muralla construida en tapia militar con piedra arenisca de color rojo, integrada por 11 torres, dos de ellas albarranas. Con el paso de los siglos, tuvo diversos usos, como cárcel y campo agrícola. Se conservan muy bien los muros exteriores tras las intervenciones realizadas a mediados del siglo XX.




Caminando por el adarve, que está bien acondicionado, se contemplan sugerentes vistas de toda la población y sus alrededores.



En el interior, poco queda, aunque se están llevando a cabo excavaciones arqueológicas que han dejado al descubierto importantes restos arqueológicos de diversas épocas, por ejemplos, varios palacios de los siglos XII y XIII.



Al salir, me fijé en la fachada de la Igreja da Misericordia, edificio del siglo XVI que cuenta con una estupenda portada manuelina. En el interior, vi que había una sala de exposiciones, pero no entré.

De nuevo en la parte baja, junto al río, caminé hacia el Ponte Velho con la idea de, además de verlo de cerca, sacar alguna foto panorámica de la ciudad antigua. Sin embargo, me quedé un tanto perpleja al ver que está prohibido el paso a los peatones pero no a los ciclistas. En fin, seguro que tiene su explicación.


Llegué después hasta la Plaza y el Jardín de Al-Mutamid, con diversas esculturas y fuentes. Desde aquí, pude tomar alguna fotografía interesante con la Catedral y el Castillo. Además, en los alrededores hay varias casas con bonitas fachadas, que se llaman Casas Grandes.



Así terminó nuestro paseo por Silves, visita que recomiendo a quienes les guste el patrimonio histórico y no solo el típico destino de playa, pues su castillo es, sin duda, el más impresionante de todo el Algarve.
ALVOR.
Todavía era temprano y nos apetecía dar un paseo antes de ir hacia Lagos, donde teníamos alojamiento para dos noches. Recordé una pequeña caminata que había visto en la localidad costera de Alvor, muy cerca de nuestro destino, y fuimos hacia allá.

No tuvimos problemas para dejar el coche en el aparcamiento que hay junto al acceso a la Praia da Alvor. Su tamaño nos dio una idea del gentío que tiene que reunirse allí en pleno verano. Aparte de otras caminatas, allí mismo comienza (y termina) una pequeña ruta de senderismo circular, denominada PR2-PTM Alvor, Ao Sabor da Mare. Tiene una longitud de unos 5 kilómetros, una duración de menos de dos horas (en el panel informativo pone 3 horas, pero supongo que será parándose a observar aves y demás) y con un grado muy sencillo de dificultad, ya que gran parte del camino transcurre por pasarelas de madera sin apenas desnivel.

La ruta surca una zona húmeda de alto valor medioambiental, en un entorno de dunas, que conserva una rica fauna (aves y peces) y flora. Su acceso puede estar limitado en época de nidificación.



Recorrimos solo una parte del itinerario, ya que, pese a su indudable valor ecológico, el paisaje nos recordaba bastante al de algunos lugares de Alicante, como la playa del Carabassi o el entorno de Guardamar. Además, hacía calor.


Así que reanudamos nuestro camino hacia Lagos, relato que queda para la siguiente etapa.