Hoy fue el primer día que no tuvimos que madrugar demasiado.
A las 8 nos montamos en el coche con Paul y el que sería nuestro guía durante el día de hoy. Nos dijo que la manera de agradecer a la tribu la visita era llevándoles sal, así que de camino a la aldea paramos en el pueblo y compramos 10 kilos.
Había llovido bastante durante la noche y como nos encontraríamos el camino era toda una incógnita. Pensábamos que iba a ser cuestión de media hora, pero la aldea estaba lejos y el camino casi impracticable.
Tuvimos que pasar por dos zonas llenas de barro muy comprometidas en el que el coche de Paul parecía estar en una pista de hielo. Ana se puso literalmente a rezar pero por suerte y gracias a la pericia de Paul, no nos hizo faltan ninguna ayuda divina.
Tras dos horas por sinuosos caminos llegamos a un punto donde había un destacamento militar. Nosotros no sabíamos que pasaba pero el caso es que acabamos con dos militares dentro del coche que después nos escoltarían durante toda la visita.
Nos contaron que su presencia se debe a que estamos en una zona fronteriza y por lo visto hay problemas con tribus de Kenia que vienen a robar ganado.
La idea era hacer un trekking para llegar a una aldea bastante alejada pero estaba chispeando y Paul tenía mucho miedo de que no pudiéramos volver y tuviésemos que pasar la noche en alguna choza en el monte, así que al final hicimos la visita a una que se encontraba muy cerca del destacamento militar, Morungole, una aldea de la etnia Karabajong.
Alrededor de la aldea hay recintos donde viven las familias y son muy extraños. Cada mini aldea tiene una empalizada para protegerse de los visitantes indeseados, la entrada a esta se hace a través de una gatera de medio metro de altura, y a su vez cada chocita de dentro tiene su propia empalizada con la misma gatera. Así que las minialdeas son una especie de laberinto en el que si alguien quiere entrar a hacer alguna fechoria, a sus habitantes les da tiempo a protegerse y defenderse.
Visitamos dos minialdeas, una muy cerquita de Morungole y otra más grande que se encontraba a 1 km colina arriba.
Mientras tanto Paul se quedó en el coche esperándonos así que nosotros hicimos la visita con el guía que traíamos desde Karabajong y un chico que vivía en la aldea.
En todo momento los militares nos escoltaban, uno delante y otro detrás. Tuvimos que cruzar un río donde Ana se resbaló y metió todo el pie en el agua jeje.
Me di cuenta de que había peligro real cuando vi al militar de delante mirando hacia todos los sitios con el arma en las manos asegurando las zonas de paso.
La visita a la microaldea en lo alto de la montaña fue una pasada. Me recordó mucho a las de Etiopía pero con un paisaje mucho más bonito e impactante.
Estuvimos aquí media hora y después bajamos de nuevo a Morungole para coger la sal y dársela a una chica que bajo con nosotros para después subirla.
Al llegar allí estuvimos un rato con los del pueblo que alucinaban con nosotros y sobre todo viéndose sus caras en nuestros móviles.
Adultos y niños bebían la cerveza artesanal que hacen ellos; tenía curiosidad por probarla pero Paul me dijo que ni se me ocurriera jeje.
El guía nos dijo que los últimos turistas que habían estado aquí fue casualmente el domingo pasado, una pareja , pero que antes de eso entre la temporada de lluvias y el covid, llevaban 2 años sin recibir visitas.
Incluso Paul nos pedía que le hiciéramos fotos con la gente y después nos contó que nunca había estado en esta zona, ni como guía ni como turista. Lleva 10 años trabajando para Mamaland, así que os podéis hacer una idea de los remoto e inhóspito de la aldea.
Esta zona es casi inaccesible y está muy lejos de las rutas turísticas normales en Uganda por lo que la presencia de Muzungus es meramente anecdótica.
A la hora de repartir la sal hubo un pequeño problema por qué la chica de la minialdea se la quería llevar toda y los habitantes de Morungole también querían su parte.
Al final se apañaron entre ellos y nosotros nos despedimos de nuestra primera tribu ugandesa con el mejor sabor de boca.
La visita había sido una experiencia total a la altura de los gorilas y Murchison falls.
Después de dejar a nuestros amigos militares, reemprendimos de nuevo la marcha hacia Kotido.
De camino paramos a comer un picnic que nos habían preparado en el hotel. Aquí tuvimos un momento un poco penoso por qué mientras comíamos, paso una niña y se me quedó mirando fijamente, no sabía si simplemente quería curiosear o si quería algo más.
Me acerca a ella y le ofrecí el trozo de pollo que me estaba comiendo y la niña lo cogió y se puso a repartirlo con otro niño que venía detrás.
Fue un momento un poco duro en el que me di cuenta de que está gente pasa hambre de verdad.
Los días previos a llegar a esta zona, no vimos nada parecido y yo creo que es debido a que la tierra es mucho más fértil y tienen tanto ganado y fruta que no da lugar a que pasen hambre. Pero esta zona es diferente y no tienen apenas cultivos.
Salvo este triste momento, el camino a Kotido resultó de lo más interesante por qué pasamos por muchísimas aldeas Karabajong.
En la entrada a la ciudad había muchísima gente. Nos coincidió con un mercado de ganado que celebran mensualmente.
Paul nos dejó bajar del coche para dar un paseo y ver a la gente local y nosotros aprovechamos para echar alguna foto.
Había mucha presencia militar pero entre tanta gente no nos llamaron demasiado la atención, pero por desgracia nosotros a ellos si; en un instante uno se acercó a Ana recriminándole de muy malas maneras que no hiciera fotos.
Le dijimos que Ok, pero Ana llevaba el móvil colgando del cuello así que 20 metros más adelante vino otro militar con peores formas aún.
Fue un momento un poco desagradable por que los militares que nos increparon iban armados hasta los dientes y encima Paul no estaba para defendernos y explicar un poco la situación. El estaba más adelante precisamente junto a a la entrada al mercado y pregunto si podíamos entrar, pero le dijeron que no y le explicaron que nos habían echado la bronca por qué había un camión lleno de vacas robadas y por lo visto le habíamos hecho una foto.
Al llegar al centro hicimos el cheking y nos fuimos a un supermercado.
Era el primero que veíamos en todo el viaje y queríamos aprovechar para comprar algo de picoteo para la cena. La comida en Uganda está buena pero es siempre la misma.
El supermercado era una mezcla entre uno normal de aquí con comida y un todo a 100 de los chinos.
Al salir de la tienda había un montón de niños esperando en la puerta para pedirnos y después vimos a varios más rebuscando en la basura.
Era la primera ciudad que visitábamos y aquí si se veía mucha gente desnutrida y muchísima pobreza. Supongo que las ciudades generan muchas más diferencias sociales que en los pueblos.
Le dijimos a Paul que queríamos aprovechar para tomar una cerveza en algún bar, ya que era temprano y en el hotel no teníamos wifi, así que mientras Paul fue en su busca, nosotros dimos una vuelta por el mercado local que era chulísimo, lleno de gente de las tribus vendiendo verdura, fruta y todo tipo de alimentos. Aprovechamos para comprar una manta Karabajong por 6 euros aproximadamente, sin regateos.
De vuelta con Paul, nos sentamos en una terraza a tomar unas cervezas y simplemente ver a la gente pasar. En el bar también hacían patatas fritas así que nos tomamos un par de raciones.
Constantemente pasaban militares, pero a las 18:30 alguien se nos acercó y nos dijo que nos teníamos que marchar al hotel.
Por lo visto a las 19 hay toque de queda en la ciudad y no puede haber nadie en la calle, así que apuramos la cerveza y nos fuimos corriendo para la habitación.
Lamaison hotel fue el peor que tuvimos durante todo el viaje. Aún así era más que aceptable y la única pega que le podemos poner es que la habitación estaba llena de mosquitos. Se ve que había una plaga o algo por qué Paul nos dijo lo mismo del suyo.