Lo primero que nos pregunto Paul al vernos por la mañana fue a ver qué tal habíamos pasado la noche. Nos extraño un poco la pregunta pero es que por lo visto hubo un tiroteo de madrugada. Una guerrilla Keniata había entrado en la ciudad y se habían liado a tiros contra ellos. Dos asaltantes detenidos fue el resultado.
La verdad que se ve un peligro latente en la ciudad y el tema está muy serio.
De Kotido a Moroto no nos cruzamos con absolutamente nadie en la carretera y lo único reseñable fue que el camino estaba plagado de moscas tse tse.
Paul nos dijo que estuviésemos tranquilos, que aunque piquen hace años que no transmiten enfermedades. Lo cierto es que indagando un poco en internet vi que si tienen algún caso pero de carácter muy muy residual.
Fue el camino más aburrido de todos por qué prácticamente no había población y el paisaje no era demasiado bonito, pero en un par de horas llegamos a Moroto, una de las mayores ciudades de Uganda.
El Hotel Mount Moroto es de lujo comparado con todo lo que habíamos tenido hasta ahora que era bastante bueno.
Después de hacer el cheking nos fuimos a comer a un restaurante local que estaba a pie de carretera. Era nuestro primer día comiendo en un sitio no pijo y nos encantó. Los guisantes fueron la mejor comida del viaje sin duda hasta el momento.
Tras el banquete, volvimos al hotel donde habíamos quedado con el guía que nos llevaría a ver la tribu. Al final fueron un chico y una chica; estos nos comentaron que la mejor forma de pagar la visita era llevándoles tabaco.
Tanto Paul cómo nosotros pensamos que era tabaco normal, cigarros vaya, pero no, se trataba de un tabaco local que se compraba en el mercado.
El mercado de Moroto es una pasada, pero intenté hacer fotos varias veces y me llamaron la atención, así que solo tengo esta.
Cuando llegamos al puesto de tabaco nos quedamos flipados
La chica que lo vendía se puso a picarlo fino fino para despues meterlo en bolsitas pequeñas de plástico de unos 5 gramos como si fuera droga vamos. Resulta que las tribus no se lo fuman si no que lo esnifan.
Cogimos nuestra mercancía y en media hora de coche llegamos a las faldas de la colina donde se asentaba la aldea con sus vistas privilegiadas hacía el monte Moroto y hacia la gran sábana que tenía a sus pies.
En 5 minutos de paseo llegamos a la entrada donde nos presentaron al anciano del pueblo, un señor de 75 años muy majo que estaba sentado allí como si estuviera esperándonos. El pobre estaba muy viejito y parecía muchisimo más mayor.
Esta tribu estaba bastante más evolucionada que la del día anterior en Kaabong ya que se encuentra a tan solo 10 km de la ciudad y todos trabajan y tienen contactos en ella.
Como dato curioso os contare que en el centro de la aldea había un gran panel solar que alimentaba unas bombas que subían el agua del río hasta la aldea y almacenarla en unos grandes depósitos.
De cara al turista es algo que le resta un poco de romanticismo, pero para ellos es un gran avance y estaban encantados con el regalo que les había hecho el gobierno.
Era temprano y la gente del pueblo se encontraba fuera en sus labores, así que mientras venían nos enseñaron cómo jugaban a este juego
Entre partida y partida se esnifaban un poquito de tabaco incluido el abuelo que era un mero espectador y que también se llevó su ración jeje. Al final para ellos es como para nosotros quien se toma una cerveza o un pacharán mientras echa la partida de cartas. No hay que verlo como una droga solo por qué lo esnifen por la nariz, simplemente es otra cultura y otra manera de divertirse.
El anciano me ofreció compartir un trozo de pan, aunque decline la invitación por qué me daba pena dejarle al hombre sin el.
A medida que fue llegando la gente, se fueron arremolinando a nuestro alrededor.
Nos hicieron una exhibición de baile en la que también participamos nosotros y al acabar el anciano volvió para ofrecerme de nuevo el trozo de pan. No se el motivo pero se ve que desperté mucha simpatía en el y a su vez el también en mi, así que decidí tener un detalle y le regalé la camiseta que llevaba puesta. Me hacía mucha ilusión pensar que algo que era mío se iba a quedar en ese pueblo y además llevado por la persona mas importante de el.
El hombre llevaba la típica manta Karabajong y a diferencia de los jóvenes, este no llevaba nada debajo. Estaba un poco atrofiado; entre varios le ayudaron a bajarse la manta para ponerle la camiseta y en un descuido se le vio el asunto...
Al señor no pareció importarle nada que todos hubiésemos visto sus grandes atributos, estaba encantadísimo con su camiseta nueva
Yo no tenía nada para ponerme encima así que por respeto me puse el chubasquero de Ana y con un poquito de pena por la despedida fuimos bajando hacia el coche donde nos esperaba Paul junto a la iglesia más austera que haya visto en mi vida.
De vuelta a la ciudad, le dijimos que queríamos comprar unos imanes de recuerdo para la nevera. Era nuestro noveno día de viaje y salvo el primer día después de los gorilas, no habíamos visto ni una sola tienda con souvenirs.
Por suerte encontramos una en la carretera principal de entrada al pueblo y a pesar de no tener mucha variedad, los que había eran bonitos. Eso sí, a 3 euros, precio europeo.
Al llegar al hotel aún era temprano, por lo que Ana se puso en el jardín a hacer pilates y yo me calce mis zapatillas de correr y fui a echar una carrera y con suerte ver alguna tribu.
Muy cerquita del hotel hacia la montaña encontré una pista con unas vistas increíbles.
Me crucé con poca gente, y no fue un rato tan divertido como lo fue en Kyambura. Aún así lo disfruté mucho por que las vistas hacía el monte Moroto son increíbles. Me tiene enamorado este coloso de más de 3000 metros, lástima que no nos quedemos un día más por qué me encantaría subirlo.
















