Desde Tororo hasta la frontera con Kenya no había más de 15 minutos en coche.
Estábamos un poco nerviosos por ver el desenlace de un paso fronterizo terrestre en África pero la verdad que salió todo muy bien.
En medio de las dos fronteras había un chico esperándonos que nos ayudó a hacer los trámites necesarios para pasar y en menos de 20 minutos pudimos cruzar a Kenia donde nos esperaba Martín de Mamaland con dos guías más subcontratados de otra empresa, Paul, un policia, el chico que nos ayudó a pasar la frontera y un señor que nos quería cambiar dinero jaja. No creía yo que fuese necesaria tanta gente
Nos despedimos con un fuerte abrazo de Paul y nos subimos al Jeep pilotado por James.
Era el típico coche de safari que habíamos visto a otros turistas y en el que tantas ganas tenía de montar.
Nada más poner la primera rueda en Kenya apreciamos una gran diferencia pero para mal.
Hay tantos camiones queriendo cruzar al otro lado, que estan 48h de media esperando en caravana. En mi vida había visto tantos, pero es que no fue solo en este punto si no en todo el camino hasta Nakuru.
Al cruzar la frontera no solo dejamos atrás las carreteras vacías y la tranquilidad; también dejamos en el camino las plantaciones de plátanos, piñas y mangos y las cambiamos por eucaliptos y pinos.
Ya no veíamos 4 personas en una moto, desaparecieron los grandes mercados a pie de carretera y los vestidos de colores africanos se tornaron en ropa china a la moda europea.
Nuestro nuevo coche era un Jeep bastante más pintón que la vieja furgoneta de Paul, pero bajo esa fachada se encontraba uno igual de viejo y tambien sin aire acondicionado, por lo que debíamos llevar siempre las ventanas abiertas. Hoy también llevábamos la ropa interior secando por fuera, pero cada vez que subíamos una cuesta y los camiones de delante aceleraban, una desagradable nube negra se introducía en el habitáculo, así que teníamos que meter la ropa dentro y cerrar las ventanas.
Por todo esto, como os estaréis imaginando, nuestra primera impresión de Kenya no fue la mejor todas.
Martín nos dijo que un 10% del dinero pagado por el viaje lo destinaban a causas benéficas y que de camino a Nakuru íbamos a parar en un orfanato para hacer una visita y llevarles cosas que habían comprado con nuestro dinero.
Nos salimos de la carretera general con un perfecto asfalto dicho sea de paso y nos metimos por una pista para en media hora por el monte llegar a Mehta Mehta foundation.
El lugar es pequeño en tamaño pero muy grande espíritu.
Nada más bajar los niños nos recibieron con una gran sonrisa y nos obsequiaron con unos collares.
Mehta mehta no es sólo un lugar para niños huérfanos; aquí hay sitio para todos lo que no puedan tener las necesidades básicas cubiertas. Los profesores nos enseñaron las aulas, pero lo que más nos gustó fue ver el huerto y el corral que tenían. Prácticamente son autosuficientes en lo que a alimentación se refiere, aunque obviamente tienen muchas otras carencias como ropa y material escolar.
El momento que más me gustó de la visita fue cuando plantamos los árboles.
Primero a mi y después a Ana nos dieron una pala para que hicieramos de agricultores y plantásemos un árbol a cada lado de la zona de juegos. Los necesitaban para que les dieran sombra y los nuestros iban a ser los primeros en crecer allí. Fue un momento muy emotivo sobre todo por qué me imaginé visitando el mismo lugar 20 años después y ver aquel árbol crecido y con suerte a algún antiguo alumno convertido en profesor.
Cada uno de nosotros asignamos la labor de regar y cuidar el árbol a un niño. Ellos estaban encantados con la tarea asignada.
Antes de marcharnos les hicimos entrega de todo lo que habíamos traído para ellos y a cambio nos hicieron un baile de despedida.
Era nuestra primera vez en un sitio de este estilo y la verdad que fue un visita super enriquecedora además de muy divertida.
El plan era llegar a Nakuru y hacer un Game Drive por la tarde alrededor del lago, pero a medida que nos íbamos acercando a la ciudad el cielo se iba tornando más negro y esta vez no era solo de la contaminación de los camiones si no de la tormenta que se avecinaba.
Y nada más entrar en la capital el cielo cayó sobre nosotros. No sé si el lago tendría mucha agua o no, pero después de esto seguro que al día siguiente iba a estar bien lleno, así que tuvimos que anular el safari y nos emplazaron a las 7 de la mañana para hacerlo al día siguiente.
Aún eran las 6 de la tarde y Nakuru es una ciudad grande con un montón de centros comerciales, pero está a 1900 m sobre el nivel del mar por lo que además de la lluvia hacía mucho frío, así que optamos por ir a sacar chelines kenianos a un cajero y volvernos para el hotel.
Por cierto, aquí nos despedimos de Martín, el guía de Mamaland, por lo visto sólo hacía con nosotros el trayecto desde la frontera a Nakuru y el se volvía para Nairobi. Una pena por qué es un señor majísimo con el que hubiésemos hecho buenas migas seguro.





