Para hoy, hemos planeado un día muy completo, y con algo más de tiempo al volante del que nos gustaría. Dejamos la habitación de Rennes y, como el día anterior, paramos de camino en una boulangerie para conseguir nuestra dosis de croissant y café.
El camino hacia el museo transcurre entre campos en los que apetecería parar para disfrutar del “dolce fare niente”, pero hoy no tenemos tiempo para eso. La carretera es un serpenteo continuo, sin arcén ni líneas que delimiten los carriles, pero marca 80 como límite de velocidad, así que lo intento. Lo dejo. Es imposible ir a 80 sin hacer sufrir a nadie. Y llegamos al museo algo pasadas las 10:00.
Museo de Robert Tatin
La visita completa, que consisite en ver la casa con guía y los jardines, cuesta 7,5€ (se pueden ver solo los jardines por unos 5,5€). Escogemos la completa y nos dicen que nos la pueden hacer en español.
El recorrido empieza en la casa de Robert Tatin. Nos enseñan el estudio del artista y el resto de las estancias. El estudio cosntituye una parte muy importante de la visita porque nos permite explorar las entrañas del personaje. Nos enseñan algunos esbozos que todavía se conservan de las obras que veremos más adelante, y nos explican detalles sobre la infancia y el contexto en el que se desarrolló el artista. También, nos fijamos en los libros que siguen colocados en las estanterías, que le servían de referencia y que nos muestran sus gustos e intereses. Nos dejan detenernos un rato allí. Hay muchos manuales de astrología, literatura de viajes, libros sobre otros artistas... También, nos gusta descubrir, como suele ser habitual, que Lise, su mujer, también pintaba cuadros.

No dejan libertad para seguir por cuenta propia en el patio de la casa, que ya forma parte de la visita a los jardines. Consiste en un estanque rodeado de columnas, paredes y esculturas, todo cargado de simbología. Vemos figuras alegóricas de los meses del año y del sol y la luna. Las esculturas que nos rodean parecen una mezcla entre el mundo maya y la imaginación de un niño. El patio interior es, sin duda, una de las partes más especiales de todo el conjunto.
Ya en el jardín exterior, vemos los muros que rodean el patio, en los que estan esculpidos, entre otros, su famoso dragón, una figura inquietante que sostiene lo que parece ser el universo en una mano y un dado en la otra, y que tiene una estatuilla con forma de virgen entre sus fauces.

Paseamos por los alrededores de la casa, visitamos las estancias en las que se conservan sus cuadros y algunos objetos personales de la pareja, y acabamos la visita en el paseo de los gigantes, formado por 19 esculturas monumentales en el que estan representados algunos de sus referentes, y que nos hablan sobre las distintas etapas de su vida. Sorprende que todo el conjunto haya sido creado durante los últimos 21 años de su vida. El museo nos ha parecido un espacio único que merece la pena visitar y que disfrutarían tanto adultos como niños.
Fougères
Salimos hacia Fougères a las 13:00. Llevamos una hora de retraso sobre el horario previsto, así que decidimos que lo mejor es conseguir algo para comer mientras paseamos por la ciudad.
Llegamos casi una hora después y aparcamos prácticamente en el centro y de manera gratuita en el parking de la Douve. Hay que llegar hasta el final del aparcamiento, que es de pago, y bajar una rampa hacia el espacio gratuito.
Empezamos la visita por la plaza Aristide Briant, a dos minutos del aparcamiento y, rápidamente, localizamos una boulangerie, la Brunet Sarl, en la que venden bocadillos. Escogemos dos y empezamos a caminar siguiendo las indicaciones que hay a pie de calle sobre los lugares de interés, sin más pretensión que la de ver un poco el centro y hacernos una idea de lo que hay en Fougères.
Paseamos por la place du Theatre y encaramos la rue Nationale. Toda esta parte de la ciudad me recuerda al New Town de Edimburgo. Incluso hay una relojería antigua con un señor de cartón en la puerta vestido de tartán beige.
Llegamos hasta la iglesia Saint-Léonard, en la que acaba de celebrarse algo contradictorio. Hay coches fúnebres en la puerta pero la gente sale charlando y riendo. Ante semejante desconcierto, ni se nos pasa por la cabeza entrar para echar un ojo a su arquitectura.

Finalmente, llegamos a unos jardines desde los que conseguimos lo que andábamos buscando: unas vistas espectaculares sobre el castillo de Fougères y su entorno. Paseamos, hacemos algunas fotos y volvemos al coche para salir hacia el Mont Saint-Michel.
Mont Saint-Michel
Lo vemos a lo lejos por primera vez cuando todavía nos quedan 15 kilómetros para llegar. Su silueta se difumina en el horizonte por encima de todo lo demás.
A medida que nos vamos acercando, todo se hace más lento. Pasamos algunos pueblos y llegamos hasta la cola que hay en la barrera de la Caserne. Muchos coches tienen que dar media vuelta para dirigirse al aparcamiento que hay fuera del recinto, pero nosotros llevamos el pase vip que nos otorga la noche en Le Relais du Roy (aunque eso no nos libra, de todas maneras, de pagar los 9 euros y algo del parking). Hacemos el check in en el hotel y, como son más de las 17:00, decidimos visitar el Mont, pero dejar la visita de la Abadía para la mañana siguiente, porque la última admisión del día es a las 18:00.

Lo primero que hacemos al salir de la habitación es ir hasta la presa, desde la que se obtienen, para mi gusto, las mejores vistas y fotos del Mont. Impresiona verlo a lo lejos, no solo por la arquitectura del lugar, sinó también por la orografía del terreno. Todo a su alrededor es completamente llano, lo que hace destacar sus formas de una manera más rotunda de la que lo haría si estuviera ubicado al lado de alguna población, y está prácticamente rodeado de agua, lo que le confiere ese carácter onírico que suscitan algunos lugares, como es el caso de Venecia. Así que la grandeza del Mont Saint-Michel se debe, en parte, a una combinación perfecta entre arquitectura y paisaje.

Tomamos un bus lanzadera que nos deja al final del puente. A medida que nos vamos acercando, empiezan a dibujarse los detalles de las casitas y de la Abadía que desde lejos son difíciles de percibir, y vemos que la marea está bastante baja.
Entramos en el recinto.
Lo que antes parecía casi divino, de repente se convierte en terrenal: tiendas de souvenirs, la mayoría “made in -out of- France” por todas partes, restaurantes que comparten una misma carta de menús y precios, estatuas decorando espacios en los que no les toca estar... De todas maneras, podría ser peor, porque encontramos que hay menos gente de la que esperábamos, y, si se consigue elevar la vista por encima de la línea de tiendas, la arquitectura interior del lugar sigue mereciendo la pena. Pasamos rápidamente la calle principal y nos vamos hacia las murallas, para ir rodeando el pueblo y conseguir diferentes perspectivas de la bahía. Recorremos las murallas y vamos encontrando rinconcitos, y miradores en los que detenerse a contemplar las vistas. Hay puntos en el recorrido que son un auténtico remanso de paz.

Vemos que mucha gente ha tenido la buena idea de traer su comida y aprovechar el espacio de las terrazas que hay por el Mont para hacer un picnic con vistas a la presa y a la bahía. Parece muy buena opción, teniendo en cuenta los precios de los restaurantes de dentro del recinto. Eso sí, está opción siempre va acompañada de gaviotas, que parecen bastante educadas y esperan a que a los visitantes les caiga algo apetitoso del pan.

Decidimos bajar a la playa para ver la puesta de sol. Está bastante nublado pero esperamos que la luz encuentre algún hueco para transformar los colores del cielo. Hemos comprado un bocadillo porque no nos fiamos de la carta de ningún restaurante de los que quedan abiertos, salimos del recinto y empezamos a caminar por la arena.

El espacio que rodea el Mont Saint-Michel es una extensión muy basta de arena y lodo, con algunas rocas a los lados del promontorio y partes en las que el suelo está saturado por el agua. Es curioso que, algunas veces, cuesta distinguir la línea que separa la tierra del mar, como si también se hubiera difuminado, igual que lo hace el Mont cuando se ve desde lo lejos. Nos sentamos a comer el bocadillo en las rocas que quedan en la parte derecha del Mont y empezamos a disfrutar de un atardecer atípico y algo fantasmagórico, de color rosa, naranja y gris.
Volvemos caminando al hotel por el camino de más de dos kilómetros y medio que nos separa de la Caserne, cuando la puesta de sol está a punto de acabar para dar paso al negro. El camino se hace agradable. Es difícil resistirse a girar la cabeza cada cierto número de pasos y ver cómo la perspectiva del conjunto va cambiando a medida que nos alejamos, y cómo la iluminación del Mont acaba haciendo juego con los colores que quedan en el cielo.
