Nos despertamos poco después de la salida del sol. Nos quedan más de dos horas para llegar a Rennes y queremos aprovechar bien el día. Empezamos a recoger cuando todo el mundo aún está durmiendo, excepto un erizo, al que encontramos rebuscando entre unos hierbajos.
Después de salir, paramos en un pueblo cercano para desayunar: dos pastas de una boulangerie por 1,90€ y un café con leche por 2,60€. Pagamos un peaje más, esta vez de 6,60€, y llegamos a Rennes sobre las once de la mañana.
Rennes
Buscamos nuestro alojamiento y también lo encontramos sin problemas. Teníamos reservada una habitación privada por 36,50€ la noche, a dos minutos de una parada de metro y con aparcamiento (gratuito y de sobras) justo al lado. Dejamos el equipaje, descansamos un poco, y nos dejamos aconsejar por nuestra anfitriona sobre qué ver en Rennes.

Tomamos el metro hasta la parada Sainte-Anne, justo como nos han recomendado. Lo primero que nos da la bienvenida cuando salimos del metro es la plaza homónima, con sus casas de entramado de madera de colores, y otros elementos que no pueden faltar en el corazón de una ciudad: terrazas, una iglesia, y, por qué no, un tiovivo. La primera toma de contacto con Rennes no podía haber ido mejor: tenemos buen ambiente y mucha fotogenia, además de buen tiempo.
Damos una vuelta por la plaza y las calles colindantes antes de buscar un restaurante donde comer. Nos llama la atención que, en muchas de las casas de entramado de madera, las ventanas estan cubiertas por paneles con fotos de armiños. Días después, volveremos a encontrar la figura de este animal adornando, por ejemplo, placas en algunas aceras, y descubriremos que el armiño es el símbolo de Bretaña, y que también se usa para adornar los edificios históricos que estan siendo reformados o rehabilitados. Sin haberlo planeado, hemos atravesado la rue Saint-Michel, más conocida como la “calle de la sed”, donde se encuentran algunas de las casas de entramado más antiguas de la capital, y donde hay un montón de bares.
Seguimos callejeando, ahora con la idea de encontrar un restaurante. Paramos a comer en la Colibri Crêperie, que veo que tiene buenas reseñas y un precio difícil de igualar: 10€ la galette del día con una crepe dulce. Para beber, carafe d’eau. Buenísimas las dos.

Continuamos paseando por Rennes y vamos encontrando calles y tiendas en las que es casi imposible no parar a mirar, y nos sorprende no encontrar tiendas de souvenirs ni siquiera en las calles más turísticas. Nos cruzamos con la plaza de la Ópera y del Ayuntamiento, con el Parlamento, con la plaza du Champ-Jacquet y sus casas, también de entramado de madera, que hemos visto tantas veces en fotos.
No podemos evitar entrar a una librería, Le Failler. Ojeando algunos libros, descubrimos a Henri Rivière, un artista que pasó muchos de sus veranos en Bretaña y basó gran parte de su creación paisajística en ella. Compramos dos postales suyas de tamaño medio. Con esto, ya tenemos el souvenir que buscábamos en Rennes.

En este momento, el calor empieza a apretar, y decidimos ir a ver el parque Thabor. De camino, encontramos el edificio de la piscina Saint-Georges, de estilo Art Déco, con una puerta azul de forja y algunos mosaicos, tan característicos del movimiento. Leemos que todavía sigue en activo como piscina, y que también acoge algunos eventos y festivales. La bordeamos y encontramos la entrada al parque.

El recinto es enorme y tiene espacios variados, como un jardín inglés, un jardín con rosas, unas cascadas con puentes, e incluso algunas sequoias. También vemos algunas esculturas y una cafetería en la que se exponen algunas pinturas al aire libre. Este parque, definitivamente, hace ganar puntos a Rennes. Cualquier ciudad de tamaño considerable, si el clima se lo permite, debería poder disfrutar de un espacio como este.
Nos quedamos allí buena parte de la tarde.

Seguimos paseando y llegamos hasta el canal de La Vilaine, a la altura del Museo de Bellas Artes. Nos hubiera gustado ir hasta Les Champs Libres, donde nos han dicho que hay exposiciones de arte gratuitas, algunas de ellas de artistas locales, pero son más de las 19:00 y ya está casi todo cerrado, así que paseamos un poco más mientras buscamos algún restaurante en el que cenar.
En Rennes, con algo más de 200.000 habitantes, es fácil encontrar restaurantes de casi cualquier parte del mundo, y en especial, de Japón. Vemos casi tanto sushi como vigas de madera. Al final nos decidimos por un tailandés en la rue Rallier du Baty. Poke bowl correcto por 11 o 12€ con, por supuesto, carafe d’eau.

Cogemos el metro y volvemos a nuestra habitación, habiéndonos dejado bastantes cosas en el tintero y con ganas, aunque sin tiempo, de explorar el ambiente de Rennes más a fondo. Nos ha parecido una ciudad muy interesante, com mucho ambiente y mucha vida cultural.
