Amanece despejado y vamos hacia el mirador de Santa Luzia. El paseo dura unos 20 minutos. Pasamos por la Sé justo cuando baja el tranvía, que ya circula y que parece salir de su portón. Las calles de Alfama cambian mucho a estas horas de la mañana. La sensación es de calma total.
Cuando llegamos, todavía no ha salido el sol. Una de las cosas buenas de viajar a Lisboa en invierno es que no hay que madrugar demasiado para ver amanecer.
Habrá quien piense que no se debe madrugar durante las vacaciones. Hay parte de verdad en ello, pero, cuando no se hace, una se pierde algunas cosas. Una de ellas es empezar bien el día, con la energía positiva que se experimenta después de la contemplación de algo bello. "La ciudad es tuya" o "tú eres de la ciudad", da igual la dirección, pero puede tener que ver con el sentido de pertenencia a un lugar.
Para mí, un espacio lo conforma también la gente que realiza sus actividades en el. En los espacios turísticos, en cambio, las personas no aportamos gran cosa además de ruido visual y sonoro. El mirador de Santa Luzia merece ser visto en crudo.

Unos minutos después encontramos lo prometido: El sol, la bruma y el mar, y todo de color dorado. No hay mejor marco para esto que el de la terraza de Santa Luzia. Entre fotógrafos, gorriones y palomas, subimos hasta el mirador Portas do Sol, en el que pasa exactamente lo mismo. Se tiene una visión más completa del espacio cuando no hay distracciones. Lisboa es aún más bonita cuando amanece.

Vamos a ir por las callejuelas secundarias de Alfama desde aquí. Bajando, encontramos un arco que hace de marco para las vistas, y que tiene pintados, a modo de movela gráfica, los acontecimientos más relevantes de la historia de Lisboa. En las escaleras que siguen bajando, alguien ha decorado las paredes con flores y otros adornos.

Hay un rincón que me gusta mucho en este barrio, que es la placita que hay justo antes de llegar a la Igreja de Santo Estêvão. Aquí hay algún grafiti bien hecho, casas con azulejos muy vistosos, árboles, la ciudad a dos o 3 alturas y algún banco para sentarse. La iglesia todavía no ha abierto y no podemos entrar, así que buscamos una panadería para desayunar. Por aquí, los locales son minúsculos y tienen el aspecto que se espera encontrar en Alfama.

Encontramos una panadería de las de siempre, la Carvalho&Martins, poco después de la iglesia. Las pastas son enormes y los precios, minúsculos. Cogemos unos cafés y dos pastas para compartir. Una de ellas es un bizcocho muy tierno cubierto de yema con virutas de coco que recomiendo probar si se va a Lisboa porque está en la mayoría de panaderías.
Nos sentamos a desayunar en otra placita triangular, también con su árbol y su banco. Me atrevo a decir que en esta parte de Alfama hay muchos restaurantes recomendables. Todavía recuerdo el pescado con patatas servido en una bandeja de aluminio que comí hace unos años en O Tasco do Vigário.

Cuando acabamos el desayuno, seguimos hacia abajo y encontramos un callejón que recuerdo muy bien de la última vez, con todos los edificios alicatados en azul oscuro, que ahora está en obras. Van a ser las 10, y volvemos un poco hacia arriba por calle que nos conduce a la Sé.
Justo cuando pasamos el portón de la entrada, vemos unas taquillas que dan lugar a la confusión porque echan para atrás a algunas personas al pensar que hay que pagar para visitarla. Se puede entrar para ver la nave principal de manera gratuita, y por lo que se paga es por visitar el claustro, el tesoro y alguna otra cosa. La nave central es alta, bastante más de lo que parece desde el exterior, y estrecha, muy gótica. Aunque la catedral tiene casi mil años de historia y, como suele ser habitual, se enmarca dentro de diferentes estilos.

En lugar de seguir la calle hacia abajo, tomamos unas escaleras que comunican con la Rua dos Bacalhoeiros en su parte ancha. Aquí está la Casa dos Bicos, que acoge la fundación José Saramago, algunos edificios de azulejos que brillan al sol, y algunas cafeterías con terrazas. Desde aquí, si se camina en dirección al Tajo, a la altura de las paradas de bus, hay un mirador invertido del barrio de Alfama. Desde abajo, se puede tener una bonita perspectiva de los tejados terrosos y las torres románicas de la Sé.

Vamos al hostel para recoger la maleta y salimos a dar una vuelta antes de comer. Nos acercamos a la estación de Rossio para ver el edificio con más calma, y llegamos hasta la Praça Restauradores, desde la que empieza la Avenida Liberdade, que podría compararse con el Passeig de Gràcia de Barcelona o con los Champs-Élysées de París. Nunca he paseado por esta calle de principio a fin y nunca me ha llamado la atención acercarme hasta el Parque Eduardo VII, desde el que se dice que se obtienen buenas vistas de la ciudad. Puede que en una futura visita sí lo haga.

Volvemos en dirección a las calles de la Baixa porque hemos reservado mesa en el restaurante Dois Arcos. De camino, encontramos una licorería clásica en la que solo venden y sirven ginjinha, el licor de cerzas típico de la zona. Se llama A Ginjinha y está al lado de una sombrerería, clásica también. Si se quisiera probar o comprar esta bebida, creo que aquí es un buen lugar para hacerlo.
En el Dois Arcos, además de dos arcos de piedra en su interior, encontramos algunos turistas y muchos portugueses, comida casera, buenos precios y un servicio rápido. Pedimos una ensalada mixta y almejas a la marinera, tres platos de arroz con pulpo, bebidas y postres, y nos sale por algo menos de 60€ entre las 3.
Es hora de volver hacia el aeropuerto. La entrada de metro de Rossio, en la Praça da Figueira, está a menos de 5 minutos de allí. No voy a extenderme demasiado en la tristeza que me provoca este momento porque tengo un plan. Una solo puede salir en paz de Lisboa con la promesa de se va a volver.

