Amanece lluvioso. Esperamos que el clima nos de un poco de tregua como el día anterior, en el que cayeron algunos chaparrones intermitentes pero pudimos disfrutar de unas horas al aire libre.
Hoy no hemos madrugado nada porque no nos apetecía. Salimos del hostel pasadas las nueve pensando en desayunar en O trevo, pero lo encontramos cerrado. Su día de descanso semanal es el domingo y esto ya dice mucho sobre lo poco orientado al turismo que está este bar. Vemos que justo al lado hay una panadería, A Padaria Portuguesa, bastante nueva, más en la línea de los locales que abren en zonas turísticas, y pensamos que para desayunar ya nos va bien. Hay bastantes pastas, y escogemos una, café y zumo de naranja. No tiene el ambiente ni los precios de O Trevo pero no vamos a ponernos demasiado exquisitas con la que está cayendo.

Tenemos que ir a la estación de tren de Cais de Sodré porque queremos ir a Belém, asi que tomamos la Rua do Alecrim en dirección al “mar”, que aparece siempre en el horizonte. De camino, escontramos una escultura en homenaje al escritor Eça de Queirós, preciosa, situada en un parquecito.
Más adelante, encontramos la Pink Street a la que Instagram ha hecho tan famosa. Ahora mismo es una calle llena de bares y pubs cerrados, con el pavimento de la calzada pintado de rosa. La esquina siatuada casi bajo el puente que la cruza por encima, con un local pintado de color naranja, me parece la más fotogénica, pero no lo suficiente como para sacar mi cámara. Lo que si me llama la atención es la discoteca Musicbox, porque aparecía en un documental, Lisbon Beat, que vi hace algún tiempo y que trata sobre unos DJ’s de origen colonial que viven en la periferia de Lisboa y pinchan aquí. En realidad, habla sobre los problemas con los que conviven las personas de los suburbios.
En este punto, la lluvia empieza a apretar. Belém es un espacio enorme y abierto y, tal y como pensamos ayer con Alfama, no nos parece que Belém sea el barrio más adecuado para visitar con lluvia, teniendo en cuenta que no vamos a entrar a visitar ningún monumento. Hay que tomar una decisión y cambiamos de plan. Ya volveremos a Belém en otra ocasión.
Vamos a ir al barrio de Estrela, en el que nunca hemos estado y que tiene algunos puntos interesantes como la Casa de Fernando Pessoa, convertida en museo, y la Basílica da Estrela.
La parada del bus y del tranvía están delante de la estación de Cais de Sodré. El tráfico parece algo parado y esperamos un rato sin mucho éxito. La paciencia no es el fuerte de una de nosotras, que ya ha levantado la mano para parar un taxi.
Le indicamos la dirección: Rua Coelho Rocha número 18. El taxista, un señor portugués de unos 60 años, conduce en calma y en silencio. Lisboa con lluvia se ve ahora más bonita desde la ventanilla del taxi. No sabemos qué canción suena en la radio y, para no perturbar la paz del conductor, abrimos Shazam para averiguarlo. Es Medo, de Amália Rodrigues, pero versionada con un gusto exquisito por Gisela João. La canción, que se va directa a mi lista de reproducción, me acompañará en mi cabeza durante lo que queda de viaje.

El taxi para justo delante de la Casa de Fernando Pessoa. La entrada vale 5€ y la visita por libre dura en 30 y 60 minutos. En ella se exponen objetos que pertenecieron al escritor, su biblioteca, primeras ediciones de algunas de sus obras, retratos y fotos de él y de su familia, objetos personales, etc.
Casi ha dejado de llover cuando salimos y nos parece buen momento para pasear por el Jardim da Estrela.

Cuando entramos, pienso que no entiendo cómo es posible que, de todas las veces que he venido a Lisboa, nunca se me haya ocurrido pasear por aquí. Es el parque que creo que le faltaba a la ciudad, con especies de plantas y árboles de varias regiones del planeta, fuentes trabajadas en la piedra con sus respectivos estanques con patos, una glorieta para músicos de hierro forjado, grandes paseos arbolados, algunas esculturas y algunas cafeterías... Es como un pequeño paraíso en el que es muy fácil imaginar a las familias del siglo XIX paseando las tardes de domingo.

Las calles colindantes al parque conservan un aire señorial en la parte norte, y cuando salimos por el sur, delante de la Basílica da Estrela, el paisaje cambia. Vuelven los azulejos de colores, las esquinas desconchadas y los tranvías antiguos circulando.
Tenemos ganas de explorar un poco el barrio, que, aunque aparece en muchas guías turísticas, no parece haber sucumbido al turismo. Pero primero vamos a entrar a la basílica. Llevo años queriéndolo hacer cada vez que paseaba por el Barrio Alto y veía al fondo de la calle la cúpula sobresaliendo entre los tejados de la ciudad.
Hemos visto que por aquí cerca está el mercado de Campo de Ourique, justo en la dirección desde la que venimos. Como vamos a dar una vuelta por el barrio, aprovecharemos para buscar restaurantes y así no tener que volver hacia atrás.
Lisboa no perdona, y en el momento en que abandonamos la calle principal, vuelven a aparecer las cuestas. Toda la ciudad se ondula como el pavimento de la Praça Rossio.

Volviendo a la Calçada da Estrela, nos encontramos con algunos restaurantes de los de siempre, con los platos del día escritos a mano en la entrada y el interior alicatado. Nos dejamos guiar por el instinto (y por el bacalao a bras) y entramos en uno de ellos, el Minha Anita. Aquí todo está bien: alicatado de los 70, fotos en blanco y negro con marco de plata, carteles antiguos de Pepsi, comida casera en las vitrinas... una maravilla del pasado que es estética sin pretenderlo. Este pensamiento me hace sentir un poco como la pardilla de ciudad a la que sacan al campo por primera vez y se sorprende al ver una vaca. Por alguna razón, no puedo parar de conectar Lisboa con Berlín, que no tienen mucho que ver entre sí. Aquí, me imagino que me está pasando lo mismo que a los berlineses que ahora adoran a los objetos del Berlín oriental y los coleccionan, cuando la realidad es que la mayoría deberían aborrecerlos por lo que representan para ellos.
Nos atiende una señora que sale de la cocina vistiendo un delantal a cuadros y nos toma nota. Pedimos unos pasteles de bacalao, unas olivas, 3 bebidas, 3 platos del día y pagamos unos 37€ entre las 3 por una comida casera riquísima.
Vuelve a llover fuerte. Vamos en dirección a la Basílica da Estrela para tomar el tranvía 28 en dirección al centro, que para justo al lado. Llega uno de color rojo que va bastante lleno. Creo que nunca he conseguido sentarme en uno de estos tranvías, aunque tampoco he intentado cogerlo nunca temprano por la mañana, cuando van vacíos. El tranvía nos hace un pequeño recorrido turístico por algunas calles del Barrio Alto, el Chiado, y nos deja en laBaixa. Podríamos haber seguido hasta Alfama, pero llueve demasiado como para poder pasear a gusto, así que vamos a ir a tomar el café y el postre a la Confeitaria Nacional, esperando que pare de llover en un rato.
Subimos en dirección a la Praça da Figueira hasta la confitería, que está justo delante. Creo que merece la pena entrar al local para ver la decoración de primera mitad del siglo pasado. Vamos al piso supierior, nos dan una mesa y pedimos café y un pastel de nata. Ver llover desde el interior tan cálido de la cafetería es un pequeño placer.

Tal y como prometía el pronóstico del tiempo, la lluvia amaina, de repente hace calor, y salimos en dirección a Alfama. Las cuestas del barrio nos vienen muy bien para el exceso de pasteles de nata que llevamos engullidos en dos días. Nuestra primera parada es la Sé, o Catedral de Lisboa, una de las pocas que sobrevivió al gran terremoto. Las torres de la fachada principal parecen las de un castillo. Hoy es domingo y parece que está cerrada, así que seguimos el trazado de la ruta más popular para visitar Alfama, la Rua Augusto Rosa.

La calle, aun siendo ruidosa y muy transitada, no pierde casi nada de su encanto. Los tranvías van y vienen, igual que los coches y los tuk tuk, que parecen ser el medio de transporte más popular por esta zona. Vemos rincones con terrazas en las que apetece estar, un árbol gigante que se ha apoderado de toda una esquina y que parece venido de algún país tropical, algunas tiendas de souvenirs, pequeños colmados, tiendas de tejidos, y de cerámica y artesanía. Entramos a ojear alguna y salimos cuando empezamos a pensar que nos lo llevaríamos todo. Echo en falta A Arte da Terra, una tienda de artesanía y, casi diría más que de arte, ubicada en las antiguas caballerizas de la Sé, que encontré años atrás. Hoy debe estar cerrada. Pasamos también por el Museo de Aljube, que explica la historia portuguesa hasta la Revolución de los Claveles. Creo que merece la pena entrar porque, además, tiene vistas a la Sé.
Hemos llegado al mirador de Santa Lucia, posiblemente el más bonito de la ciudad incluso en invierno, cuando las buganvillas no tienen flores. El día se ha quedado perfecto, con el sol queriéndo iluminar con potencia por detrás de las pocas nubes que quedan en el cielo. Hay muchísima gente a estas horas y seguimos caminando hacia el sigiente mirador, el de Portas do Sol con su onmipresente palmera. Aquí, más de lo mismo. Todo belleza.

Si tuvieran que competir entre ellos, no sabría cual de los dos miradores resultaría ganador. Desde aquí, se tiene una perspectiva más amplia de Alfama, con todos sus tejados anaranjados, las fachadas de colores pastel, las torres blancas de São Vicente de Fora, la cúpula del Panteón y la Igreja de Santo Estêbão. Además hay un quiosco de bebidas clásico. Desde el mirador de Santa Lucía, la vista es más parcial aunque el entorno es más íntimo y tiene más encanto. La terraza está cubierta de los azulejos típicos de color azul y blanco, hay un jardincito que acompaña a la iglesia con mismo nombre que el mirador, y un mosaico que muestra lo que fue la plaza del comercio antes del terremoto, con el Palacio Real que ya no existe. Ambos miradores tienen lo suyo.
Ascendemos por la Rua São Tomé para ir al mirador Sophia de Mello Breyner. De camino, encontramos el mural de azulejos de Amália Rodrigues, que dicen que parece llorar cuando llueve. Qué bien conocen los Lisboetas los puntos que potenciar de su ciudad... Inevitablemente, esta visión me ha devuelto a la mente la canción Medo.

Que sea conocido también como mirador da Graça nos indica que vamos a cambiar de barrio. Alfama se mezcla con el barrio de Graça y con el de Castelo. La cuesta que parece infinita acaba en una plaza justo al lado del mirador. Pero vamos a desviarnos un poco porque escuchamos una música carnavalesca que parece indicar que hay algún tipo de desfile por el barrio. Seguimos la música, que nos lleva hasta el Largo da Graça, donde se concentra un montón de gente disfrazada. Hay muchísimo ambiente . Volviendo sobre nuestros pasos, nos fijamos en una mansión enorme con aspecto de castillo que está en rehabilitación. Desde la primera vez que vine a Lisboa hasta hoy, he notado un cambio importante en este barrio. Hay muchos menos edificios abandonados y se han acondicionado zonas para pasear que antes estaban cerradas.
En el mirador, nos sentamos a tomar algo justo cuando va a empezar a atardecer. Siempre hay muchísima gente pero también hay muchísimas mesas, así que es relativamente fácil encontrar sitio. Los precios aquí son parecidos a los del mirador de Santa Caterina.
El trío de miradores de esta zona, orientados hacia el oeste, son, junto con Cais das Colunas, el mejor punto para ver como se pone el sol sobre la ciudad. El del castillo es el mejor y el único que hay que pagar. El de Senhora do Monte es el más alto pero también es que está más lejos, y, si no recuerdo mal, es el único que no tiene quisco de bebidas. Este es una muy buena opción porque es fácilmente accesible, tiene vistas al castillo y a la ciudad y está acompañado de un entorno maravilloso, a la sombra de los pinos y de la Igreja da Graça. Pese a estar abarrotado de gente, hay algo en el ambiente que hace que siga pareciendo un lugar bastante íntimo.

La ciudad sigue teñida de dorado en un atardecer que parece infinito y nosotras nos levantamos para ir a visitar la iglesia que tenemos justo detrás. Conseguimos entrar antes de que cierre y nos informan de que se ha habilitado la terraza del piso superior de la iglesia para poder disfrutar de las vistas. Vale 5€ con una bebida. Puede ser un buen plan para otra ocasión.

Para volver a la Baixa, optamos por las escaleras que hay justo al inicio del mirador, que nos dejarán en la zona de Martim Moniz. Hay algunos tramos que también funcionan como mirador. El ambiente aquí cambia bastante, siendo este el barrio del centro de Lisboa más multicultural y popular. También tiene su encanto.

En la Rua da Mouraria, que es como una ramblita, vemos la parada del tranvía 28 justo delante de la Praça Martim Moniz. He leído que es aconsejable cogerlo aquí para poder sentarse y asegurarse una plaza, pero siempre que he pasado por esta parada he visto colas interminables, en invierno y en verano. Hoy también la hay. Bajo el edificio del hotel mundial, hay un supermercado bastante grande que nos servirá para comprar algo para cenar. Una de nosotras está muy cansada y no le apetece estar dando vueltas durante lo que queda de jornada. Volvemos dando un paseo por la Baixa hasta la entrada de metro con las escaleras mecánicas que nos dejarán en el Chiado.
Está bien que nos recojamos pronto porque, he sido tan insistente explicando lo bonito que es el mirador de Santa Luzia por la mañana, que he contagiado al resto las ganas de madrugar.
