Me despierto antes de la hora del desayuno. Salgo a la calle, cruzo la calzada y voy directa al mirador para dar los buenos días a Lisboa. La luz de la mañana inunda todo el paisaje, que casi parece desaparecer quemado por el sol.

Doy un paseo por allí, hago algunas fotos, y voy a una cafetería que vi la tarde anterior, de la que no hablé. Vuelvo a subir hacia Príncipe Real, paso de largo las casitas bajas de colores y llego hasta la esquina donde está la pastelería Sao Roque, de planta circular y ornamentada como si fuera un palacio, con columnas de mármol, capiteles dorados, azulejos de inspiración modernista... De hecho fue parte de uno que ya no existe, así que se la considera edificio histórico. Apenas hay espacio para unas pocas mesas, aunque tiene un par más en la terraza. Las pastas tienen un aspecto excelente, pero yo solo he venido a tomar el primer café de la mañana. El café con leche dentro de un palacio de Principe Real me sale por 1,30€. Increíble.

Parece que este viaje me lleva a saltar de un palacio a otro, todos reconvertidos en establecimientos públicos. Vuelvo al hotel a desayunar y me sorprende lo completo que es el desayuno teniendo en cuenta lo barata que me ha salido la habitación. Lo tomo en la terraza rodeada de plantas y subo para preparar mis cosas y abandonar la habitación. Mi hermana llega por la tarde y no le gustan las habitaciones compartidas, así que nos alojaremos en otro hotel en el Baixa.

Voy en dirección a las escaleras de la Calçada do Duque para acortar camino. La primavera se deja ver aquí también, y ha cubierto de flores lilas las paredes del paseo que conecta el barrio con la parte baja de la ciudad. Cuando llego al último tramo de escaleras, vuelvo a fijarme, como la vez anterior, en la superposición de edificios y, por un momento, me quedo ensimismada mirándolos. No sé si la gente de mi alrededor es consciente del alcance de la belleza de cualquier rincón de esta ciudad, pero quiero pensar que sí. Cruzo algunas calles de la Baixa hasta la Rua dos Douradores y dejo la maleta en el hotel.

Una de las cosas buenas que tiene viajar sola es que no hay que llevar a consenso ningún plan. Abro el mapa el móvil y voy en dirección a los dos parques que apunté el día anterior.
Voy hacia el norte, cruzo la Praça da Figueira, paso frente a la Igreja de São Domingos, así que aprovecho para entrar un momento y volver a ver su estructura quemada, y tomo la calzada superior, el Largo de São Domingos.
En cuanto me adentro en este barrio, el ambiente cambia por completo. Hay ropa tendida en las ventanas y vuelven las casas desconchadas y los restaurantes de comida casera. Otra vez, tengo que subir una cuesta durante unos 15 minutos, que, con el calor que hace, parece que no se acabe. Cuando llego al final, todo cambia de repente. El barrio modesto de antes ha dado paso a uno mucho más elegante. Los árboles de la calle me dan un respiro hasta llegar al parque.
Examinando los alrededores, me doy cuenta de que este no es el parque que buscaba, pero aun así me parece que merece la pena quedarse y dar un paseo. He llegado al Campo dos Mártires da Pátria. En una esquina hay edificios pastel cortados sobre el cielo, que tiene un color azul apacible, uno de ellos está revestido con piedra y tiene una cafetería debajo, y otro, tiene azulejos que parecen modernistas. Aquí estoy en el punto más alto de la zona.
Justo delante, hay un parque con estanques, patos y, para mi sorpresa, gallos y gallinas que campan a sus anchas.

Hay bastantes elementos interesantes y empiezo a buscar. Destrás mío, está el bonito edificio de la Facultad de Ciencias Médicas. Se construyó sobre el terreno que ocupaba una plaza de toros. El parque, del siglo XIX, era el lugar donde se mataba el ganado que abastecía a la ciudad. De plaza de toros y matadero a vergel para el esparcimiento de los animales. Muy bien, Lisboa.
Los caminos empedrados y ondulantes me llevan de un estanque al otro, donde hay un perrito bañándose porque, al igual que yo, debe estar un poco harto de este calor, y una pata con un montón de patitos que la siguen. Los gallos están por todas partes y, cuando uno de ellos canta, el siguente le contesta, y así sucesivamente. La frondosidad de los árboles llama a descansar bajo sus copas en el prado que está salpicado por pétalos de flores rosas. En el camino hay algunos bancos y algún quiosco de bebidas. Creo que es un buen lugar para visitar, tanto si se viaja con niños como sin ellos.

Y, ¿qué es lo que le da nombre al parque? Pues que aquí fueron ahorcados los compañeros del general Gomes Freire de Andrade, acusados de conspiración. “Por defender la libertad”, según reza la inscripción en la que se encuentran todos sus nombres.
Me alegro de haber llegado por error hasta aquí y me apetece explorar un poco más el barrio, que según parece, se trata de Arroios. Escojo una calle cualquiera y camino un rato cuesta arriba. Algunos de los edificos de esta parte de la calle son de esos que se pueden encontrar en cualquier ciudad, pero han sido pintados con los colores pastel tan típicos de Lisboa. Paso delante de un hospital, llego a una placita con un parque y encuentro una placa en memoria de Maria de Lourdes Pintasilgo. No sé nada sobre ella y me guardo su nombre para buscar información. Camino por el parquecillo y veo una carpa al fondo que parece ser un restaurante. Efectivamente, es un restaurante y salón de té oriental y vegetariano, se llama PSI y sus pareces acristaladas hacen que parezca que está en medio de la naturaleza. El parque en el que se ubica es otro pequeño espacio de paz, con charcas, una mesa bajo los árboles, puentecitos... Tanto si se viene a comer como si no, merece la pena acercarse a este punto.

Al final de la calle, la Alameda Santo António dos Capuchos, hay un muro con un grafiti en el que aparecen varios cuerpos apilados con cabezas de animales, sobre el que no encuentro ninguna información.
Voy a volver hacia atrás para ir al que tiene que ser el parque que vi ayer desde el mirador. Vuelvo a cruzar el parque de los gallos, paso por el bar que hay justo debajo del edificio empedrado para comprar una bebida para llevar, y entro en la Rua Júlio de Andrade. De todas las calles por las que he paseado en Lisboa, esta, de momento, me parece la más elegante y exclusiva. Todo son árboles y mansiones. Me fijo en dos: en la primera por su estilo y en la segunda porque es en Centro Gallego de Lisboa y tiene un restaurante muy elegante.
Veo la entrada al parque pasada la esquina, pero primero hago un parada frente al edificio rehabilitado del número 2, en el que han usado los balcones como elementos decorativos añadiendo plantas que parecen enmarcadas por su estructura.

Ahora sí, entro al parque y me encuentro con una fuente coronada por una escultura que se llama La Egipcia. Desde aquí, ya puedo ver la ciudad al fondo. Este sí es el parque que vi desde el Barrio Alto.

Es el Jardim do Torel, está rodeado de vegetación y tiene un césped en el que descansar, tanto al sol como a la sombra. Tengo mi bebida fresca y me quedo aquí un rato.

Pienso que se habla demasiado poco de este parque y mirador. Tiene buenas vistas hacia el centro de la ciudad, y se puede ver perfectamente el Arco de Rua Augusta, el mirador del elevador de Santa Justa y el Convento Do Carmo, entre tejados de color anaranjado suave. Además, hoy el cielo está de un azul pastel que acompaña muy bien. Pienso que debe ser menos popular por no ser tan alto, estar un poco alejado y no tener un bar. Ahora mismo es un descanso del mundo.

Me acabo la bebida y bajo en dirección al ascensor da Lavra, que está muy cerca de aquí. Me cruzo con uno de ellos mientras bajo por el trazado de las vías, y con otro justo al final de la calle. Su color mostaza combina muy bien con los azulejos que hay en la pared de un lado de la calle e incluso con los andamios que hay al otro lado.

La calle conecta con la Avenida Liberdade, así que tengo la oportunidad de pasear un rato por la calle comercial con las tiendas más exclusivas de la ciudad. El pavimento de mosaicos es realmente bonito y puedo distinguir algunos palacios de colores entre las ramas de los árboles. El paseo por aquí, en verano, se agradece mucho. La Praça dos Restauradores, con su obelisco en el centro, merece la pena ser vista, tanto por su pavimento como por la arquitectura que la rodea. Me gusta especialmente el edificio del Teatro Eden, de estilo Art Déco, con terraza en la azotea. Más adelante, me encuentro con la estación de Rossio, que tiene una de las fachadas más bonitas de todo lo que hay por los alrededores.

El calor me ha dejado sin mucha hambre pero me apetece comer algo fresco o algo oriental. Hago una búsqueda rápida por la zona y me decanto por el Poke House de la Baixa. De bajada casi no encuentro sombra, así que me arrastro como puedo hasta la Rua dos Douradores. Allí, pido un bowl mediano con arroz, salmón y otras cosas, y limonada casera. Subo al piso superior, pintado en rosa pastel, y me siento al lado del ventanal con vistas a los tranvías que no dejan de pasar. El bowl está correcto, sin dejar de ser comida rápida, pero está fresco y entra bien. Cuando pruebo la limonada, el mundo se para. Lleva un toque de menta y está tan rica que no puedo parar de beber. Sólo me ha costado 80 céntimos (además de los 9,5€ del bowl). Me traslada por un momento a Sostiene Pereira y pienso que podría haber estado bien ir a comer una “omelette a las finas hierbas”.

Desde estas calles, si se mira en dirección a Alfama, aparece una de las composiciones más representativas de Lisboa, con la Igreja da Madalena al fondo y tranvías antiguos circulando siempre.
Cuando acabo de comer, voy al hotel, el Vistas de Lisboa, para hacer el check in. Recojo la maleta que me habían guardado en recepción y me quedo un rato porque necesito una ducha y un descanso. Antes, me asomo al balcón para comprobar que, tal y como indica el nombre, lo mejor de este hotel son las vistas, hacia el Convento do Carmo.
Vuelvo a salir sobre las seis para tomar un café. Justo debajo del hotel, tenemos una plaza arbolada y alguna cafetería con terrazas rodeadas de plantas. Al final de la calle, sobresale la figura del Elevador de Santa Justa, y al otro lado, se puede ver el cartel de los almacenes Pollux. Subo el tramo de escaleras que hay al lado de los almacenes y al cruzar la calle, sigo subiendo escaleras cuesta arriba.
Por el camino encuentro algunos grafitis, unos hechos con mejor gusto que otros, y muchos bares y restaurantes. Hay mucho ambiente, local y forastero. Al final de la calle Beco das Farinhas llego a una plaza muy bonita y me quedo a tomar el café. Si tuviera que describirla, diría que aquí se puede ver la Lisboa que una se imagina cuando lee una descripción sobre la ciudad. La plaza está a dos alturas, tiene rincones acogedores, una tienda de artesanía, algunos restaurantes en un callejón, una fuente, una cabina telefónica roja, árboles y plantas y azulejos bonitos. La terraza pertenece al Café O Corvo, que parece un poco turístico pero del que me encanta el diseño e incluso el logo. Me tomo un cortado y sigo calle arriba, entre cuestas y escaleras.

Sin darme cuenta, estoy bajo el mirador da Graça. Hago un último esfuerzo y subo hasta allí. Aquí siempre hay gente, tanto enfebrero como ahora que estamos casi en junio.

Casi no me da tiempo a asomarse cuando me llama mi hermana porque su vuelo ha aterrizado y está a punto de coger el metro. Le digo que nos veremos en la Praça da Figueira en unos 45 minutos. Antes de bajar, me acerco a un restaurente al que fui unos años atrás, el Botequím da Graça. La carta ha cambiado bastante, supongo que por estar tan bien ubicado, en la plaza que queda justo al lado del mirador, bajo un edificio con azulejos turquesa. Antes, era un restaurante vegetariano de raciones enormes y riquísimas a precios de risa y se podía fumar dentro del local, que era diminuto. Y no hace muchos años de esto, puede que cinco.

Bajo sin mirar demasiado por dónde porque pienso que casi todos los caminos me conduciran a Martim Moniz o a la Baixa, y todos pasan por el mirador de Santa Luzia. Más o menos es así. Espero a mi hermana, que no tarda en llegar y lo primero que menciona es el calor que está haciendo. Dejamos sus cosas en el hotel, que está a 5 minutos de allí, y me dice que quiere ir a tomar algo, ver la plaza del comercio y cenar una hamburguesa.
La Rua Agusta está abarrotada de gente cenando, como de costumbre. Cuando llegamos a la plaza, nos sentamos en la terraza del Martinho do Arcada y pedimos unas cervezas. Buscamos una hamburguesería en el mapa y encontramos algunas por Cais de Sodré. Es un buen sitio para cenar por si después nos apetece tomar algo. Nos acercamos a Cais das Colunas. El sol ya se ha puesto y el cielo se ha quedado del color violeta que le queda tan bien a este punto de la ciudad.
Paseamos por la Ribeira das Naus y nos detenemos frente a las pequeñas esculturas hechas con piedras que siempre están en la arena de la playa que hay justo allí. Son casi las nueve de la noche pero hace calor, y en las escaleras del paseo, hay gente que se atreve a mojarse los pies en el “mar”.

Pasamos el quiosco de bebidas de la esquina, con vistas al mar, que está lleno de gente, y seguimos por la Rua dos Remolares, por la parte trasera del Mercado da Ribeira. Vamos al The Good Burguer, que está un poco alejado de todo el jaleo. Lo que el nombre promete se cumple porque, por 10€ cada una,nos comemos una hamburguesa con patatas y bebida que no está mal. Cenamos en la terraza, que tiene un jardincito con flores y vistas al Barrio Alto y a unos edificos modernos de cristal y hormigón. Es una zona de contrastes.

A la vuelta, nos empezamos a agobiar por el exceso de gente y de ruido. Nos parece que la zona de fietsa está bastante turistizada y no hay mucho donde elegir. Todos los pubs nos parecen iguales. Pasamos por la calle rosa, que sí puede tener algún bar de copas interesante como la Pensao Amor, que anteriormente era un burdel, pero encontramos la calle igual de abarrotada e igual de impersonal que las otras. Necesitamos irnos de aquí porque no tenemos el ánimo que hace falta para salir, y puede que sea eso y no los locales lo que no está bien.
La Rua do Arsenal nos da pequeño respiro. Lisboa es una ciudad mágica en la que todo parece ser posible, y cuando llegamos a la Praça do Municipio, encontramos algo que nos arregla la noche. Hay un saxofonista tocando en el centro, sobre las escaleras de la escultura central, sin público. Está tocando para sí mismo y lo hace realmente bien. Nos quedamos un rato a escuchar mientras nos vuelve a cambiar la energía. Le ha pasado lo mismo a la única pareja que hay en la plaza, porque el chico se ha levantado y le ha dejado un billete de 5€. Este momento, por pequeño que parezca, será recordado como uno de los mejores del viaje.

La música del saxo sigue sonando, cada vez más atenuada a medida que nos alejamos de allí. El paseo final hasta el hotel se hace un poco largo, pero se hace en calma y en silencio.

