Hoy es el único día que tenemos para visitar Osaka, a parte de lo poco que ya vimos ayer por la noche, ¡hay que aprovecharlo!
A primera hora vamos al Castillo de Osaka. Se puede entrar al recinto externo de forma gratuita. El acceso al interior es de pago y parece ser que es tipo museo, y no nos llama la atención.
Paseamos por los jardines, admirando los muros y el profundo foso. El edificio actual no tiene ni 100 añitos, siendo una reconstrucción del original.
El laguito es el lugar ideal para la foto perfecta.
Como hoy tenemos que hacer la colada y la temperatura ambiental roza niveles infernales, decidimos pasar las horas centrales del día en el hotel.
Antes pasaremos a hacer una breve visita al templito Hozenji.
Escondido entre las callejuelas peatonales cercanas a Dotonbori, tiene la peculiaridad de que la estatua a la que se adora está totalmente cubierta de musgo.
Esto sucede porque el ritual que realizan los creyentes incluye echarle un cucharón de agua por encima. Es curioso de ver.
En las puertas de los diminutos restaurantes hay cola de gente esperando. ¡Es que son justo las 12:00!
Tras descansar un ratito y hacer la colada en la lavandería del hotel, vamos al cercano mercado Kuromon Ichiba con la esperanza de comer algo.
Está cubierto y refrigerado, se está a gusto.
Hay paraditas de todo tipo: desde souvenirs a productos electrónicos. También hay una zona de comida fresca. Elegimos unas pequeñas raciones de pescado que podemos consumir allí mismo.
El mercado no es muy grande y no estamos mucho rato.
Luego en transporte público vamos a ver el santuario Namba Yasaka Jinja.
Está en un barrio residencial desangelado pero recibe un montón de visitas porque uno de los edificios tiene forma de cabeza de monstruo. ¡Es super original!
Seguimos dirigiéndonos hacia el sur, siempre en transporte público, esta vez nuestro destino es el peculiar barrio Shinsekai.
Irónicamente, Shinsekai significa “nuevo mundo”, pero ahora es una reliquia del pasado.
La historia del barrio es interesante: el barrio se construyó en 1912 para ser un escaparate de los avances de la Revolución Industrial japonesa y un centro de atracción de turismo.
La zona sur estaba inspirada en Nueva York, y tenía su propio Luna Park, ahora desaparecido.
La zona norte debía recordar a París, con una torre similar a la Torre Eiffel.
La torre en cuestión fue demolida para aprovechar el acero durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente construyeron la actual, llamada Tsutenkaku.
En esta hay un mirador, un tobogán y algún entretenimiento más. Nosotros no entramos.
Si la historia del barrio es curiosa, la realidad actual es de locura. En las calles centrales se alinean uno tras otro bares y restaurantes cuyos letreros tridimensionales y luminosos y reclamos exteriores variopintos compiten en estridencia y originalidad para atraer la clientela.
Y no les falta clientela, ¡hoy hemos venido medio Japón a este barrio!
Un lugar oculto es el callejón Janjan Yokocho. Un pasaje cubierto con multitud de tabernitas aptas más para parroquianos que para turistas. No tiene nada de elegante ni de lujoso, pero sí de auténtico.
Nosotros merendamos algo en un bar cercano, acompañado con una cervecita fresca.
Paseamos por estas calles una y otra vez, sobreestimulados con tanta luz, color y sonido.
Y cuando decidimos irnos, vamos a un sitio donde la luz, color y sonido se transformará en una experiencia sensorial completamente distinta.
Y además, está a pocos pasos de aquí. Es el templo Shitennoji. Cuando llegamos ya es de noche.
Cada año, durante las noches de la semana Obon, los creyentes van a encender velas a sus antepasados. Estas velas se disponen alrededor del gran salón, la pagoda y el pasillo cubierto que rodea la plaza central.
Desde fuera ya lo vemos todo iluminado con lamparitas de papel.
Al entrar, miles de velas centellean, sus llamitas se mecen al son de una ligera brisa y el templo parece una visión mística.
Por si le faltara solemnidad al lugar, aparecen unas decenas de monjes ataviados con túnicas tradicionales que desfilan por el recinto murmurando unos cánticos espirituales. Presenciar este momento es emocionante.
Damos un par de vueltas al templo porque cada esquina es más fotogénica que la anterior.
Desde un lateral escuchamos una melodía rítmica de guitarra, proveniente del jardín posterior.
Accedemos al jardín y vemos cientos de feligreses danzando alrededor de los músicos, en un gran círculo. Los movimientos se repiten una y otra vez, casi de forma hipnótica. Hay un ambiente de júbilo.
Unas señoras ancianas nos saludan, probablemente les ha llamado la atención que seamos prácticamente los únicos extranjeros. Nos invitan a unirnos a la danza pero rehusamos amablemente.
Toda esta experiencia será para mí, lo mejor del viaje. Nada superará lo emocionante de este momento.
A lo espectacular del lugar hay que añadir que cuando planificaba la visita al templo, no me quedaba claro qué días exactos o qué horas podíamos ver las velas.
Para ahorrar al futuro viajero esta incertidumbre, hemos anotado los horarios de lo que creemos que son los cánticos de los monjes:
17:30, 18:05, 18:40, 19:15, 19:45.
Enamoradísimos de todos los contrastes de Osaka y agotados, regresamos al hotel.
Otras fotos del día: