Hoy es nuestro último día completo en Japón y las piernas todavía aguantan, después de 16 días de trote.
Acostumbrados a madrugar, a las seis y media ya abrimos los ojos.
A las siete y media de un sábado las calles de Akihabara están solitarias.
Nuestro primer destino del día es el barrio de Asakusa. Llegamos en metro y son las 8 de la mañana.
El templo Sensoji es el más antiguo de Japón y está dedicado a Kannon, el mismo bodhisattva de las 1.000 estatuas doradas del templo Sanjusangendo en Kyoto.
La leyenda que cuenta el orígen del templo dice que en el siglo XVII dos pescadores se encontraron en el río una estatua de Kannon. El jefe del pueblo hizo un templo para venerar la imagen y atrajo visitantes, peregrinos y habitantes a la zona.
Nuestro querido shogun Tokugawa Ieyasu hizo de este templo el receptor de sus plegarias y la popularidad del sitio fue creciendo hasta ser hoy uno de los más visitados de Tokyo
A parte de tener una historia bonita, estéticamente el templo es muy bonito. Lo que vemos hoy en día son reconstrucciones porque en un momento u otro todo se quemó o fue bombardeado.
Contemplamos la enorme lámpara de papel que cuelga de la magnífica puerta Kaminarimon, flanqueada por dos estatuas gigantes de dioses que protegen al templo de desastres naturales.
Los puestos de la calle comercial que da acceso al famoso templo Sensoji todavía están cerrados cuando llegamos. Luego estarán llenos de turistas buscando el souvenir más adecuado para llevarse a casa.
Entre la segunda puerta y el Salón Principal hay una decoradísima pagoda roja y blanca de cinco pisos.
El Salón Principal destaca por tener un tejado enorme. Mucho más alto que un templo habitual.
Todas las edificaciones del templo se hallan en medio de un jardín, con estanque con carpas incluído.
Las calles cercanas, en pleno barrio de Asakusa, son de las más antiguas de la ciudad y muy pintorescas.
Llegamos caminando a la orilla del río Sumida, donde vemos el moderno paisaje con la torre Tokyo Sky Tree y el edificio de la cervecera Asahi destacando por sus formas peculiares.
A un paseo de distancia se encuentra la calle Kappabashi, en la que todos los negocios se especializan en la venta de utensilios de cocina. Más que tiendas, muchos son almacenes que simplemente suben la verja y tienen la mercancía a la vista.
Hay tiendas especializadas en cuchillos de altísima calidad. Otras especializadas en reproducciones de platos cocinados para los escaparates de los restaurantes. Estas piezas son super realistas y cuestan un dineral.
El barrio en sí es bastante austero, sin los famosos rascacielos que caracterizan a Tokyo.
Nuestro siguiente destino es otro templo, hacia el sur.
Al salir del metro paramos a comer.
Vamos a un restaurante de reducidas dimensiones donde hay dos chicas de aspecto oriental esperando fuera. Nos unimos a la espera. Pasan unos minutos y salen un par de comensales y el camarero da paso a las dos chicas.
El camarero se dirige a nosotros y con cara de pena y gestos de negación, nos viene a decir que no hay sitio. Son las doce del mediodía. No nos ofrece la opción de esperar.
Intento comunicarme con él en inglés: “All full?” “No more?” y él va negando con la cabeza. El podcast que hablaba de una situación similar decía que en ciertos restaurantes rechazan a clientes que no hablan japonés para evitar cualquier tipo de situación incómoda.
Suerte que conocíamos la posibilidad de encontrarnos con esta situación y no nos ofendimos.
Buscamos una alternativa y comemos un delicioso pollo con curry japonés en un restaurantito sencillo y económico. Lo único que tienen en el menú es curry, por lo que la especialidad de la casa se les da de maravilla.
Bien comidos entramos en el recinto del templo Zojo-ji.
Este templo tiene de peculiar dos cosas:
Detrás del Salón Principal asoma la Torre de Tokyo y crea una panorámica muy curiosa.
Y en un lateral hay un sendero con estatuas de niñitos ataviados con su babero y su gorrito de ganchillo rojos.
El paseo está decorado con molinillos de viento de colores que giran con la suave brisa y crean una estampa preciosa. Es un caminito corto pero nos ha gustado mucho verlo. Además está escondido y no hay gente.
El resto del templo no destaca por nada, siendo el templo (o santuario) número 26 de nuestro viaje, ya poco nos sorprende.
Son las dos de la tarde y estamos cansados y hace un calor abrasador, decidimos montar en un autobús público que nos lleve a otra zona donde hay otros templos.
El conductor de autobús nos hace bajar a todos unas paradas antes de lo que pensaba que sería el fin de la ruta.
Casualmente estamos en el sótano del rascacielos Roppongi Hills Mori Tower.
Resulta que este edificio tiene un mirador en la planta 52, se llama Tokyo City View. Ofrece buenas vistas y aire acondicionado ¿Qué más podemos pedir?
El precio de la entrada va de 1.800¥ hasta 2.200¥ según el día de la semana o si se compra online o in-situ.
Mi marido tiene un momento de lucidez genial y se le ocurre mirar en la web de Klook. Con un crédito que tenemos acumulado, nos sale por menos de 13€ la entrada
El ascensor sube tan rápido que se nos taponan los oídos.
Las vistas 360º desde el mirador Tokyo City View son espectaculares. Destaca la colorada Tokyo Tower en un paisaje predominantemente gris.
Vemos la ciudad extenderse hasta el horizonte.
También se ve el mar y el puerto y la isla artificial de Odaiba, que no visitaremos.
Vemos el gran jardín del santuario Meiji Jingu, donde estuvimos hace más de dos semanas, parece que ha pasado una eternidad de tiempo, y a la vez, ha pasado volando.
Estamos una hora aquí en la cima del mundo, contemplando como la ciudad se mueve incesantemente.
Nos queda por visitar las calles de Ameyoko (también conocido como Ameya Yokocho), una zona que se caracteriza por un mercadillo callejero y mucho ambiente. Venimos de un barrio pijo y esto es todo lo contrario.
Los locales son sencillos, las tiendas de lujo se han sustituido por paraditas de mercancía barata, y los viandantes son menos elegantes y formales.
Es sábado por la tarde y está a reventar.
Tomamos unas cervecitas en un puesto callejero, que aunque es un antro de mala muerte, el pedido se hace a través de una máquina expendedora de tickets
Pero el día no acaba aquí porque todavía nos queda visitar Akihabara de noche. Es cuando este barrio cobra vida.
Todos los centros comerciales de electrónica, manga y anime encienden los carteles de sus fachadas. Se combina con una multitud más de luces que salen de todas partes.
Por la calle hay mayormente gente joven. Chicas disfrazadas de “criadas sexys” invitan a entrar a los Maid Cafés.
A mí la cultura de videojuegos, manga y anime me la repanpinfla,
Tienen una planta entera de máquinas de videojuegos retro. El ambiente es muy cutre, sólo hay chicos o señores concentradísimos que ni hablan ni parpadean y van dándole a los botoncitos.
Están los videojuegos más clásicos, desde Tetris hasta Street Fighter. El precio de la partida son 100 míseros yenes. Pero si las partidas duran tan poco como las de mi marido, que lo matan en menos de un minuto, una velada puede salir cara.
Entramos también a curiosear en Akihabara Radio Kaikan, un centro comercial de 10 plantas especializado en muñequitos manga. Debe ser el paraíso del coleccionista. A mí, me suena Son Goku y cuatro más.
Como es tradición, para cenar, compramos unos onigiris y un ramen en una tienda de conveniencia y nos lo llevamos al hotel a cenar.
Otras fotos del día: