29 de noviembre de 2024
Las 7:30 de la mañana no parece la hora más adecuada para salir pitando de hotel si el objetivo de unas pequeñas vacaciones es descansar, pero las circunstancias nos obligan a ello. Tras una ducha rápida, ponemos rumbo a pie hasta la cercana estación de Milano Centrale para, cruzando los dedos, conseguir subir a bordo de un tren que nos lleve hasta la cercana ciudad de Bérgamo. ¿El motivo del madrugón? Que hoy hay convocada una Huelga General en toda Italia y se espera una interrupción del servicio ferroviario entre las 9:00 y las 13:00 horas.
La estación, ahora que podemos verla con algo más de calma que a nuestra apresurada llegada hace dos días, es inmensa y presenta la curiosidad de que sus dos plantas más bajas están ocupadas por locales comerciales, no siendo hasta el tercer nivel cuando el techo curvado, los paneles anunciando salidas y el constante ajetreo de gente ataviada con maletas, maletines y mochilas te confirman que te encuentras en un punto neurálgico para los desplazamientos desde y hasta la ciudad. Tenemos suerte, y a través de las máquinas automáticas conseguimos sendos billetes de segunda clase por 6€ en el tren de las 8:05 a Bérgamo. El tren, esperando en el andén desde unos minutos antes, sale puntualmente de la estación mientras observamos por la ventana cómo a través de esas vías podríamos plantearnos ir a otros lugares como Verona, Turín o incluso Venecia. La ubicación de Milán es envidiable para hacer una tour por el norte del país.


Tan puntual como abandonó la Estación Central, el tren alcanza poco antes de las 9:00 la estación de Bérgamo, que nos recibe con un frío que justifica haber traído guantes y braga de cuello. Aún a sabiendas de que no será la experiencia más inmersiva, vamos directos al McDonald’s junto a la estación en busca de un desayuno que ya se echa de menos a estas horas. Sin embargo el destino quería que buscáramos otro plan, y es que la pobre organización y largas esperas que atisbamos en el local nos hacen dar la vuelta y buscar otro sitio en el que dar nuestro primer bocado del día.
Lo encontramos tras caminar unos diez minutos en dirección a una Città Alta que ya asoma varios metros por encima nuestro anticipando la parte más atractiva de la visita. Tras pasar de largo un par de mercados navideños que todavía tienen la persiana cerrada decidimos entrar en T-Bakery, un restaurante y cafetería que sin pretenderlo se convertiría en parada doble para el día de hoy. Antes de llegar, me confunden por segunda vez con un local de la zona al que poder pedir indicaciones para llegar a la estación.


Hacemos nuestro pedido lamentando por enésima vez que aunque ambas partes dominemos idiomas tan cercanos entre sí como el italiano y el español, en según qué momento no quede más remedio que recurrir al inglés para confirmar algunos conceptos. Todo está bueno: el cappucino, el latte macchiato, el cannoli de crema de pistacho… pero el premio gordo se lo lleva la tortilla con jamón y queso de L, que se pone al nivel de alguna de las mejores que hemos probado.


Salimos de nuevo al frío exterior y continuamos nuestro avance hasta la Ciudad Alta. Podríamos aquí desviarnos hasta la estación del teleférico que conecta las dos mitades de Bérgamo, pero la distancia y desnivel nos parecen asequibles para nuestro estado de forma y, a una hora tan temprana y con la baja temperatura, nos vendrá bien el paseo. Tras 15 minutos ganando altura alcanzamos la Porta San Giacomo, considerado el más vistoso de los varios accesos que permiten atravesar la muralla de la ciudad antigua. El arco en sí no nos entusiasma, pero sí las vistas desde él pese a estar deslucidas ahora mismo por la niebla y el reflejo del sol. Queda bajo nuestros pies toda la mitad moderna de Bérgamo, siendo claramente identificable ese Viale Roma que hemos transitado de extremo a extremo a nuestra llegada.





Iniciamos nuestro recorrido caminando junto a la muralla en dirección al noroeste, con la intención de empezar la visita llegando a la estación de otro teleférico más que nos llevará hasta el Castillo de San Virgilio y sus prometidas vistas tanto al sur como al norte, donde con algo de meteorología favorable podrían divisarse incluso los lejanos Alpes Suizos. Sin embargo cada vez que giramos el cuello a nuestra izquierda y Bérgamo sigue cubierta por la niebla, vemos más y más claro que lo prudente es esperar un tiempo a que el día decida si va a despejarse o no. Por eso damos un giro a la derecha y nos metemos de lleno en la Città Alta, teniendo como primera parada la Capilla Colleoni. Una bonita fachada y un coqueto interior en el que la toma de fotografías está prohibida… pero esas prohibiciones, en una época en la que todos llevamos una cámara medio decente de tamaño reducido en el bolsillo de la chaqueta, parecen propias de otro tiempo.




Tal cual salimos de la capilla tenemos de frente una zona abovedada que da acceso a la Piazza del Duomo, claramente el punto central desde el que ir saltando a todos los puntos de interés turístico de la Città Alta. Nos recibe aquí un coro escolar ensayando varias piezas, lo cual junto a los primeros adornos navideños le dan a la escena un aire de película para domingo por la tarde. Pasamos un buen rato en la plaza, tanto a pie de calle como en una de las pasarelas elevadas que permiten una perspectiva más amplia tanto de la propia plaza a un lado como a la visitada capilla al otro.





Estos primeros minutos paseando por la Città Alta nos dejan claro sus encantos pero también sus trampas: es bonita y agradable… y cara, muy cara. Las pizarras en la puerta de los locales anunciando menús de pocas palabras a 20 y 30 euros nos hacen replantear nuestro plan inicial de comer a lo largo de la Via Gambito, calle en la que se concentran la mayoría de restaurantes. Por ahora lo que hacemos es recorrer en un santiamén los sitios que teníamos señalados en el mapa y, a continuación, marchar esta vez sí hacia la estación del Funicolare de San Virgilio. Estación que nos encontramos cerrada porque, al igual que ocurría con los trenes, el servicio está interrumpido durante varias horas con motivo de la Huelga General. Echamos un vistazo a los datos de Google Maps y Maps.me para concluir que los 100 metros de ascenso a lo largo de un kilómetro es algo que podemos permitirnos, especialmente con todo el día por delante.
Tras un pequeño descanso iniciamos el ascenso por la pronunciada cuesta, solo interrumpida a medio camino para disfrutar de las vistas mientras nos adelanta un numeroso, numerosísimo grupo de jóvenes que a tenor de sus impecables camisas blancas y sus pequeños libritos asomando por el bolsillo de éstas apostaría a que son mormones en busca de retiro espiritual. Un tirón más y alcanzamos San Virgilio y una cosa habitual en las zonas turísticas de la zona: mesas de la terraza de un restaurante ocupadas por gigantescos peluches simulando estar en plena sobremesa.



Unos pocos metros más y alcanzamos el Castelo de San Vigilio, de acceso libre. Tomamos la escalera interior de una torre de observación y nos plantamos en la explanada superior, desde la cual disfrutar de generosas vistas a todos los pueblos cercanos así como a toda la extensión de Bérgamo. Por desgracia la luz del sol en el sur sigue siendo muy intensa dificultando la nitidez, pero es suficiente para distinguir por ejemplo el Atleti Azurri, estadio de fútbol en el que disputa sus partidos como local el Atalanta.



El sol hace estragos también girando la vista al norte, donde el paisaje está mucho más libre de edificaciones cediendo el protagonismo a largas extensiones de naturaleza. Por desgracia confirmarnos que las las cumbres de los Alpes hoy no nos acompañarán en las vistas. A nuestra espalda, los mormones ya han iniciado su evento de compartir sus vivencias, comentarios y observaciones de la Biblia. Todo impecablemente registrado con cámaras. A mí me recuerda más a una reunión de Alcohólicos Anónimos que a una misa, la verdad.
Damos por concluida la visita y empezamos el descenso sin ninguna prisa, primero desde el Castillo hasta la Ciudad Alta y luego de regreso a la Ciudad Baja. Desde luego, esta parte de la ciudad es totalmente diferente, mucho más moderna y planificada con el urbanismo actual en mente. La Città Alta es básicamente el típico y encantador casco antiguo que encuentras en las ciudades europeas, con la peculiaridad en este caso de estar separada del resto por una muralla y unos cuantos metros de altura.



Nuestro cambio de planes a la hora de comer ha venido motivado por los altos precios en la Città Alta pero también por el buen regusto que nos ha dejado el desayuno en T-Bakery, así que nos dirigimos directamente de nuevo hacia él para el turno de mediodía. Encontramos su interior mucho más lleno y ajetreado que horas antes, con la mayoría de mesas ocupadas y el personal no dejando de sacar platos de la cocina. A esta hora solo se ofrece el menú del día, así que nos quedamos con ganas de pedir algunas cosas a la carta. De nuevo, el agua con gas va a cuenta de la casa y me parece maravilloso. La comida no está a la altura de esa fantástica tortilla del desayuno pero nos deja satisfechos.



Nuestros últimos instantes en Bérgamo no tienen mucho que contar. Los dos mercados navideños que vimos por la mañana, ahora ya completamente operativos, no tienen nada particularmente reseñable. El McDonald’s junto a la estación vuelve a no ser una opción esta vez para el postre, ya que en su interior la cola de gente esperando a su turno es apabullante. Así que 25 minutos antes de su salida, estamos ya sentados en el tren que nos llevará de nuevo hasta Milano Centrale. Tras haber madrugado y todo lo caminado durante la mañana, no es fácil mantenerse despierto durante el trayecto.



Estamos de vuelta en la Estación Central y no demoramos más un capricho que lleva pendiente desde que el día anterior vimos algo en las máquinas de pedido automático de McDonald’s: el McFlurry de crema de pistacho. Lo tachamos de la lista en el local de la propia estación y nos deja sabor agridulce: está rico, pero son 3,90€ por un vaso de McFlurry rellenado apenas hasta la mitad. Cumplido el trámite, regresamos al hotel en el que disfrutar de tres horas de relax antes de echarse a la calle para cenar.

Nuestro plan inicial de cenar en la Pizzeria San Mina convenientemente situada frente al hotel se desbarata cuando vemos que está al máximo de su capacidad, así que volvemos a la misma Pizzeria San Giorgio a la que recurrimos hace dos noches. La estrella para hoy, esta vez cenando en el local, es una generosa bandeja de almejas y mejillones por 10€ que acompañamos con una correcta milanesa y unos notables tagliatella al salmón. Y aún quedaba lo mejor: una tarta de queso con crema de pistacho de la que si por nosotros fuera comeríamos seis porciones más. Salimos con el deber cumplido y 56€ menos en la cuenta.




El día termina de nuevo en la habitación, con la satisfacción de haber cubierto lo planificado y con Abdón Prats marcando el gol de la victoria del Mallorca en la portería junto a la que se encuentra mi butaca de socio y en la que, por supuesto, cuando estoy presente en el estadio casi nunca entra un balón. En este momento no lo sabía, pero mañana iba a ver goles en directo.