13 de junio de 2025

13 de junio. A las 5:00 ya estábamos despiertos. Nos esperaba un largo trayecto hasta el Lower Antelope Canyon. Lo que debían ser 4.5 horas, según el GPS, se convirtió en un lío de zonas horarias y rutas alternativas. Entre nervios y revisiones de Waze y Google Maps, salimos preparados con café y sándwiches.



Algo nos llamó la atención en la carretera: ruedas reventadas por todas partes. Empezamos a contarlas por diversión. A medio camino, llevábamos 111. Increíble.

Paramos a poner gasolina, a por un par de cafés y a estirar las piernas a mitad del recorrido.
Cuando ya estábamos más cerca, el móvil empezó a jugar con los cambios de hora y nos estaba volviendo un poco locos, aunque íbamos bien de tiempo.

Cerca del destino, decidimos desviarnos para ver Horseshoe Bend. Una caminata corta, 10-15 minutos, y el espectáculo natural fue impresionante. La hora de visita fue perfecta y apenas había gente.

A las 13:15 llegamos al punto de encuentro de Ken's Tours… y nos dijeron que eran las 12:15, no las 13:15. ¡Habíamos ganado una hora!


Nos unimos a un grupo que salía a las 12:30. Nos fueron llamando en 4 grupos de 6 personas cada uno y bajamos andando. Nuestro guía fue fantástico, pero la que venía con el grupo de detrás se debía de haber levantado con el pie izquierdo, porque le iba poniendo pegas a todo.

Creo que los tours solo los hacen en inglés, pero no son excesivamente difíciles de seguir. Y el cañón, una obra de arte natural. No se podían hacer vídeos, y un par de turistas tuvieron que quitarse sus Ray-Ban Meta, pero las fotos estaban permitidas y no paramos de disparar.






Tras el tour, comimos en el coche los sándwiches tostados por el calor del desierto. Aún quedaba energía para una última locura: visitar Forrest Gump Point. Ana tomó el volante con soltura y, tras tres horas de más, llegamos al lugar. Solo por la foto mereció la pena. Existen un par de zonas donde se puede dejar el coche sin problemas y luego todo es esperar que la carretera quede vacía para las fotos de rigor. ¿Una pérdida de tiempo? En nuestro caso, no nos lo pareció. Además de la foto, también disfrutamos del paisaje de esta zona.




Y con los deberes hechos, completamos el último tramo en busca de nuestro alojamiento. Tomamos una salida de la carretera que nos dejó junto a una zona de camping para caravanas, pero el GPS nos mandaba más adelante. Como no éramos capaces de dar con el sitio, acabamos preguntando a un guardia de seguridad que nos mandó de vuelta al principio y allí, tras hablar con la chica de la recepción, finalmente dimos con nuestra cabaña. La ubicación era poco prometedora desde fuera, pero al entrar, la sorpresa fue mayúscula: madera nueva, microondas, nevera, cafetera. Un pequeño paraíso rústico.





Tras más de 900 km en coche, dormimos como piedras. Solo 7.293 pasos, pero más que merecidos.

