14 junio de 2025

14 de junio. A las 6:00 ya estábamos en pie. Preparamos café en la cabaña y, con desayuno ligero, emprendimos el camino hacia el Gran Cañón del Colorado. A las 7:15 ya estábamos en ruta y a las 8:15 aparcamos frente a la entrada. Llevábamos ya pagado nuestro pase de 35$ en el móvil.

Cogimos el autobús azul, luego el rojo, para recorrer los miradores. Una familia murciana se unió a nuestra conversación tras escuchar que hablábamos de la situación en Los Ángeles, donde había tensión por temas migratorios. Nos tranquilizaron. Ellos vivían en San Francisco y acababan de pasar unos días allí. Que a lo mejor la zona centro tenía algunas restricciones pero que, en general, se podían visitar el resto de sitios sin ningún problema.
Nos despedimos de ellos al bajarnos en el primer mirador (aunque nos los acabamos encontrando en varias ocasiones más). el tiempo de ir al mirador y volver era más o menos lo que tardaba el siguiente autobús en llegar, pero también existía la posibilidad de ir andando y nosotros elegimos hacer gran parte del recorrido a pie, bordeando el cañón. Caminamos unos 8 km entre vistas majestuosas.









A las 11:30, tomamos el bus de vuelta al coche. Las paradas de los autobuses son diferentes a la subida y a la bajada (donde se saltan algunos miradores). Íbamos bien de tiempo y desde este punto, conectábamos con la parte final de la Ruta 66 por lo menos para poder decir que habíamos pasado por allí.
Comimos en Cruisers Cafe 66, lleno de decoración vintage, y después fuimos al supermercado a por hielo (ya que en nuestro alojamiento no había máquina) y gasolina a precio de chollo (2.929$ el galón).




Nos detuvimos en la tienda de Angel Delgadillo, símbolo de la ruta, y más adelante en la pintoresca Hackberry General Store.





En un tramo de 90 km, no cruzamos con un solo coche. Solo nosotros, la recta infinita, y el espíritu de la carretera americana, como si el mundo se hubiera detenido solo para dejarnos avanzar. En un punto, el camino se estiró hasta formar una recta de más de 22 kilómetros. No había ruido, ni urgencia, ni destino que no fuera el de seguir adelante.

Habíamos pensado parar a cenar en el Mr. D’z, uno de esos lugares clásicos de la Ruta 66, todo neones y estética retro, pero llegamos sin demasiada hambre y aún con el sol alto. Lo dejamos pasar. Justo enfrente, un espacio perfecto para una foto con el coche y el logo de la Ruta 66. La postal estaba servida.


Nuestro siguiente objetivo era Sitgreaves Pass, un punto que teníamos marcado en el mapa aunque, para ser sinceros, no recordábamos muy bien por qué. Ana volvió al volante, pero un despiste en la salida nos obligó a dar un pequeño rodeo.

Lo que no esperábamos era que, de pronto, desapareciera el asfalto. La carretera se convirtió en un camino de tierra, y el paisaje se volvió algo más salvaje: pasamos cerca de vacas y otros animales con cuernos intimidantes, y cruzamos junto a un cartel que advertía sobre la cercanía de la prisión de Kingman. La tensión se mascaba. Estábamos, literalmente, a una sacudida más de tener que cambiarnos de ropa interior.


Cansados pero contentos, continuamos hacia Needles, donde pasaríamos la noche en un Econo Lodge. Intentaron cobrar un depósito de mi tarjeta de crédito, pero fue denegado. Supuse que al introducir el número a mano, mi banco activó las alarmas. Ana tuvo que usar la suya para que nos dieran la habitación. Sin lujos, pero limpia y funcional: justo lo que necesitábamos.


Cerramos el día con 18.766 pasos a nuestras espaldas y otro puñado de kilómetros al volante.
