23 de julio de 2025
Hoy hemos dicho adiós a nuestra preciosa casita de madera en el bosque de Upa, cerca de Kuressaare. La calma y el silencia que se respiraba allí quedará grabada para siempre, un gran recuerdo. Pero hoy tocaba emprender el tramo más largo del viaje: nos esperaba una jornada de carretera, ferris y cambios de país.
Primero, rumbo a Kuivastu para coger el ferry de regreso al continente. Esta vez, por fin, hemos podido ver el famoso tramo de puente que conecta Saaremaa con Muhu, una obra sobre el mar que parece flotar entre islas. Ya en Muhu hemos hecho una parada rápida para visitar una pequeña iglesia encantadora, conocida en la isla por su historia y arquitectura rural.


El ferry ha ido como la seda. Llegamos 5 minutos antes de que saliera, compramos los e-tickets online literalmente a 20 metros del embarque, y al ser digitales, tuvimos preferencia de entrada y salida. Un lujo.

Una vez en Virtsu, hemos puesto rumbo a Pärnu, la famosa ciudad costera conocida como “la capital del verano” en Estonia. Allí nos esperaba la playa más popular del país y un ambiente de vacaciones total. Hemos comido en un italiano llamado Steffani: ¡precios escandalosamente bajos, raciones gigantes y calidad brutal!

Tras llenar el estómago, dimos un paseo por el centro de Pärnu, muy cuidado, con detalles por todas partes, parques y calles que invitan a quedarse.


Tocaba seguir ruta: casi tres horas de carretera hacia Riga. El trayecto, aunque largo, nos ha regalado paisajes de campos infinitos, bosques espesos, cigüeñas sobre postes eléctricos y hasta alguna rapaz sobrevolando las llanuras. Nos cayeron un par de chaparrones sorpresa, que ya vamos viendo que son marca de la casa en el Báltico.
Al llegar a Riga, hicimos un pequeño tour improvisado en coche por los barrios menos turísticos: zonas industriales, arquitectura soviética desgastada… fue como viajar atrás en el tiempo, a los años 40. Crudo pero auténtico. La Riga real, la Riga no turística.
Nuestro apartamento, en cambio, está en pleno centro histórico. Meter el coche allí ha sido una aventura caótica entre calles peatonales llenas de turistas, giros imposibles y un policía que incluso nos llamó la atención. Finalmente pudimos aparcar en un parking de pago a 500 metros, pero el mal rato nos lo llevamos.

Ya instalados, dimos un paseo al atardecer, tomamos contacto con la ciudad, buscamos referencias, cenamos en casa y salimos a por un helado nocturno. La primera impresión: Riga es muchísimo más grande, bulliciosa y masificada que Tallin. Tiene otro ritmo, otras sensaciones.
Mañana nos espera el free tour y más exploración. Ya os contaremos con cuál de las dos capitales bálticas nos quedamos... 😉

