No sin antes hacer escala en otra Boulangerie Feuillete —esta vez, nada menos que en el número 41 de la Rue Général Patton (!!), en Saint-Malo—, "orientamos la amura a estribor y tendimos velas" rumbo a Normandía. Sin embargo, antes de retomar travesía, nos aguardaba una cita pendiente: un paseo por la delicada villa bretona de Saint-Suliac, recientemente reconocida con toda justicia como “uno de los pueblos más bellos de Francia”. Y no exageran: de nuevo todo respira armonía, los jardines desbordados de color, las calles de piedra conservan el eco de pasos antiguos, las fachadas hablan sin palabras.

Descendimos hasta la ribera del Rance —el mismo río que acaricia también a Dinan— para después ascender hasta el Monte Gareau y su pequeño oratorio. Desde allí, el horizonte se abre en un espectáculo inigualable: el río serpenteando entre praderas, el antiguo asentamiento vikingo, la bahía inmensa y la playa extendida como una acuarela.
La idea inicial era dormir esa noche en Caen para dedicar el último día a Ruan y de allí al final de la tarde acabar en el aeropuerto de Beauvais. Pero, debido una negociación familiar pro-París que tuvo lugar sobre la marcha, estiré la ruta para dormir cerca de Ruan (Studios Le Medicis vue Seine, magníficos), pudiendo cancelar el Ibis de Caen que estaba previsto.
Y, en verdad, nos alegramos todos: este cambio nos dio la oportunidad de disfrutar la tarde del penúltimo día en Ruan con calma. Hice un montaje de la fachada de su catedral en cuatro colores, emulando de nuevo a Monet, nos perdimos entre sus callejuelas, visitamos la Iglesia de Juana de Arco, el Gros Horloge, y otros rincones emblemáticos. De este modo, reservamos nuestra última jornada para un paseo parisino tranquilo, algo que tiene pleno sentido cuando, como en nuestro caso, ya se ha visitado la ciudad un par de veces

Solo un apunte logístico ese día siguiente, y último: dadas las restricciones actuales al tráfico en Paris, opté por dejar el coche en la gare de Groslay (sin coste y a poca distancia de Beauvais) y, desde allí, tomamos el RER y el métro para movernos con comodidad por los lugares imprescindibles: paseamos por Notre-Dame, nos asombramos ante la majestuosidad de la Tour Eiffel y recorrimos los jardines del Trocadéro; luego nos perdimos entre la grandeza del Arc de Triomphe y la elegancia interminable de los Champs-Élysées. Un recorrido perfecto que puso un broche de oro a un viaje que, sin duda, superó con creces nuestras expectativas.
Pensando ya en el próximo viaje, espero que todo lo compartido pueda resultar útil para otros viajeros, sirviendo de guía, inspiración o simple compañía en sus propias aventuras. Ojalá que estas experiencias ayuden a descubrir rincones inesperados, a planificar con mayor facilidad y, sobre todo, a disfrutar cada instante del viaje con la misma curiosidad y entusiasmo con que nosotros lo vivimos.