Por la mañana después de desayunar propongo ir al Ghat de los crematorios que no habíamos podido ver el día anterior. A la proposición sólo se apunta mi hijo, así que nos cogemos un tuctuc y luego andamos lo nuestro hasta llegar al Ghat. Una vez allí nos atrapa un indio que nos va dando explicaciones de la ceremonia de cremación mientras al lado hay dos muertos esperando a ser incinerados. Nos cuenta la historia de lo que cuesta la madera para la incineración y que le hagamos un donativo para la gente que no puede pagársela. Total que por cinco minutos suyos le damos 5 euros de donación, que en la India es mucha pasta. Pues nada, él superindignado porque eso se le hace poquísimo. Así que todos cabreados decidimos largarnos del lugar. Luego viene detrás nuestro diciendo que nos quiere enseñar el fuego eterno de Shiva, a lo que declinamos su oferta ya muy molestos. Estas son maneras de los indios, que te hacen dejar de ver cosas por su forma tan desagradable de ser. Y lo irritado que te dejan.

A las 15 y 20 cogemos el avión hacia Delhi. Allí nos volvemos a alojar en el Pride Plaza Hotel, nos damos un baño en la maravillosa piscina que tienen y nos vamos a cenar al centro comercial que hay al lado.