En principio, no teníamos previsto visitar Arnedillo, pero vimos fotos en una revista y nos gustó el sitio, así que como íbamos bien de tiempo, decidimos acercarnos, pues pilla relativamente cerca de Arnedo, donde nos alojábamos esa noche. Así que el itinerario de la jornada quedó con el siguiente perfil según Google Maps: unos 75 kilómetros con hora y media en el coche.

Dejando atrás paulatinamente los preciosos paisajes otoñales de viñedos ocre y rojos, desde Logroño nos dirigimos a Arnedo, adonde llegamos tras recorrer 50 kilómetros y que, de momento, pasamos de largo.

Arnedillo solo dista unos 13 kilómetros de Arnedo, pero la orografía es bastante complicada y hay que conducir con precaución; para postre, un tramo de la carretera LR-115 estaba cortado por un desprendimiento, con lo cual debimos tomar un desvío que nos ralentizó todavía más. Bueno, tampoco voy a exagerar, que tardamos menos de media hora en llegar, y contemplando un paisaje de lo más sugerente. De haber ido con más tiempo, no me hubiese importado subir al Mirador del Castillo de Herce, que vimos anunciado en la carretera. En realidad, todo el conjunto de rocas rojas que rodean el pueblo con sus cuevas excavadas tiene un aspecto increíble e invitaba a echar un detenido vistazo . Sin embargo, no podíamos entretenernos. Queda para otra ocasión.

Para compensar, lo que hallamos en Arnedillo nos encantó. ¡Qué sitio tan bonito! Aparcamos sin problemas (en fin de semana y festivos debe ser un cantar muy distinto) y nos dispusimos a dar una vuelta rápida por el pueblo, con intención de volver a Arnedo para comer. Leyendo uno de los varios paneles informativos que hay distribuidos por el entorno, supimos que este pintoresco pueblo está situado a orillas del río Cidacos, en el cámino viejo a Préjano y sus orígenes se remontan al siglo X. Rodeado por las sierras de Hez y Peñalmonte, sus calles estrechas siguen las curvas de nivel (del desnivel, diría yo más bien) bajando en dirección al río o subiendo desde sus orillas hasta la carretera, según se vaya en una dirección u otra.

Dispuestos a seguir el itinerario sugerido en un panel municipal, tuvimos que emplearnos a fondo para no bajar rodando, pero caserío y paisaje forman un conjunto tan atractivo que lo compensaba con creces; así que mi máquina de fotos se puso inmediatamente a funcionar.



Tras pasar el antiguo lavadero, llegamos a la Iglesia de San Servando y San Germán, del siglo XVI, que visitamos por dentro, pues estaba abierta. El Retablo Mayor es renacentista, los laterales son barrocos y atesora también la talla de una Virgen románica del siglo XI de otra iglesia a la que le faltaba la cabeza, que fue sustituida por una nueva en el siglo XVIII. Otra curiosidad es que el suelo actual está tres metros por encima del primitivo para evitar inundaciones por filtraciones de agua.




Seguimos por una bonita plaza porticada, donde está el ayuntamiento, y nos acercamos a la orilla del río, por la que hay un sendero muy agradable que recorre sus orillas. Pese a la época del año, no faltaban dos o tres bañistas que disfrutaban de la temperatura del agua minero medicinal, que brota a 53 grados, y cuyo manantial ya era conocido en tiempos de los romanos.

Tocamos el agua y efectivamaente salía caliente. Actualmente, hay un Balneario muy concurrido que se asoma al río y consta de instalaciones apropiadas para tomar las aguas, tal como pudimos comprobar.

Volvimos a la calle principal y nos quedamos un tanto sorprendidos al ver hasta cuatro restaurantes con muy buena pinta y tres de ellos abiertos, lo que no suele ser habitual en los pueblos pequeños en esta época del año los días de diario. Al final, cambiamos de opinión sobre regresar enseguida a Arnedo y decidimos quedarnos en el restaurante La Vinoteca, que tenía un muy apetecible menú del día que costaba 18 euros. Tomamos alcachofas con jamón, judías blancas con almejas (yo soy muy de pedir dos primeros), tallarines con marisco, caldereta de cordero, tiramisú y flan casero.

Teníamos una visita guiada en Arnedo a las cuatro y media, pero nos pareció que nos daba tiempo de hacer un pequeño itinerario senderista llamado “la ruta de las ermitas”, cruzando al otro lado del río.


No podíamos seguirlo entero, pero sí recorrimos un buen tramo en el que pudimos contemplar un paisaje espléndido, los restos de la única torre que queda del castillo y unas espectaculares vistas del pueblo desde algunas de las ermitas, sobre todo junto a la de San Andrés y San Blas.




Mientras caminábamos, acordamos regresar en otra ocasión para recorrer la zona más tranquilamente. Además de lo bonito que es, el pueblo se halla ubicado en una auténtica maravilla natural, donde tampoco faltaban los buitres acechando en lo alto de los roquedales. Eso sí, no sé cómo estará de concurrido el lugar en festivos, fines de semana y verano.


