Logroño tiene su origen en asentamientos celtas y romanos, si bien adquirió importancia durante la Edad Media gracias a su situación a orillas del río Ebro. El fuero que le otorgó Alfonso VI en 1095 fue fundamental para hacer crecer su economía y su población, al igual que haberse convertido en un importante punto de paso en el Camino de Santiago. Anualmente, el 11 de junio se conmemora la resistencia de la ciudad frente al sitio a que la sometieron las tropas francesas en 1521. A finales de 2025, la capital contaba con algo más de 152.000 habitantes censados.

Esa noche teníamos alojamiento en el Hotel Murrieta, de tres estrellas y muy bien situado para visitar el casco antiguo a pie. Nos costó 60 euros, sin desayuno. Una buena opción. Era día laborable. No sé lo que costará en fin de semana.

Dejamos el coche a pocos metros, en un aparcamiento gratuito muy grande que hay frente al Cubo del Revelín. Tiene varias zonas y vimos que estaban cambiando la señalización y una parte pasaría a ser de pago. Aunque no sé cómo habrá quedado el tema, es un buen sitio para estacionar el coche y visitar el centro a pie.

En cuanto dejamos la mochila en el hotel, salí a dar mi primer paseo. Apenas tuve que dar unos pasos para llegar a la Plaza de la Fuente de Murrieta, muy cerca de la cual está la Oficina de Turismo, y desde allí solo unos metros hasta la Plaza de la Diversidad, donde comienza la calle Portales, la verdadera arteria comercial de la capital, que conduce al centro histórico.


A la izquierda, llama la atención la chimenea de la antigua Tabacalera, que funcionó en este lugar de 1890 a 1978, cuando se traslado al Polígono Industrial del Secadero. La fábrica ocupó el edificio del que fue Convento de la Merced hasta principios del siglo XIX, siendo también cuartel de las tropas napoleónicas y centro penitenciario. Actualmente, la sede del Parlamento de la Rioja está situada en la nave y el antiguo claustro; se accede por la calle Marqués de San Nicolás, paralela a la calle Portales, a través de una magnífica puerta barroca del siglo XVII.

Me asomé para echarle un vistazo y, a la izquierda, divisé también los restos de la antigua Muralla del Revellín, que rodeaba la ciudad en el medievo. Entre los tramos mejor conservados, está el Cubo del Revellín, del primer cuarto del siglo XVI y la Puerta del Revellín, la única puerta original que se mantiene en pie.


De nuevo en la calle Portales, continué hasta la plaza de San Agustín, que sale a la derecha, donde se encuentra el Museo de la Rioja, instalado en el Palacio de Espartero, del siglo XVIII y estilo barroco. No dudé en entrar a visitarlo aprovechando su amplio horario de apertura (10:00 a 21:00, excepto lunes, que está cerrado, y domingos y festivos, de 10:00 a 14:00). Además, es gratuito.

En tres plantas, se puede ver la evolución artística y cultural de La Rioja desde la prehistoria hasta la actualidad, destacando especialmente las Tablas de San Millán, procedentes del Monasterio de Yuso. Una auténtica joya.


El Museo me pareció muy interesante y, salvo que se esté muy ajustado de tiempo disponible, creo que merece la pena dedicarle un rato.

A la salida, seguí disfrutando del ambiente de la calle Portales, con mucha gente paseando, haciendo compras, tomando algo en las cafeterías y bares de la zona o aposentados en la multitud de terrazas dispuestas al abrigo de los numerosos soportales que ofrecen una buena pista acerca del motivo del nombre de la calle.

Estaba cayendo la tarde muy deprisa y la luz se iba por momentos. Antes de que se hiciera de noche, llegué a la Plaza del Mercado, a la que se asoman las dos torres de la Catedral de Santa María la Redonda. Como el horario de la visita turística es de 10:00 a 13:00 y de 17:00 a 20:00, preferí dejarlo para la mañana siguiente.



Cuando llegué al final de la calle Portales, me dediqué a callejear por aquí y por allá. Ya de noche, salí a la calle de San Bartolomé, donde me encontré con la Iglesia de San Bartolomé, la más antigua de Logroño. Data del siglo XII, se inició en estilo románico y se continuó en gótico, formando una combinación muy armoniosa. Destacan la torre campanario, románica, y la portada gótica, que cuenta con 19 relieves historiados, representando el martirio de San Bartolomé y el encuentro de sus restos. Estaba abierta, así que entré a visitar el interior, que también merece mucho la pena.

Al salir, ya era totalmente de noche y me encontré con la grata sorpresa de ver la fachada iluminada de un modo realmente espectacular.


Rodeando el edificio, en la misma plaza, se han decorado algunas paredes con murales que pretenden fusionar lo tradicional con lo urbano en un espacio denominado “Muros de hablan en Logroño”, que ha levantado cierta controversia entre los vecinos, pues algunos rechazan esta “invasión” contemporánea frente al templo más antiguo de la ciudad; a mí, personalmente, no me disgustó.


Seguí caminando sin rumbo por calles estrechas, que me condujeron a la Iglesia de Santa María del Palacio. Debe su nombre a la donación que realizó Alfonso VII de su palacio en 1130 para la construcción de la sede de la Orden del Santo Sepulcro en el Reino de Castilla.

Se pueden apreciar dos etapas constructivas, la primera de los siglos XII y XIII (naves, cabecero y crucero) en estilo tardorrománico. Algo posteriores, de estilo románico, son las bóvedas y la aguja, su elemento más distintivo, aunque resulta complicado de fotografiar de cerca. Lucía bonita con su iluminación nocturna.

En el interior, destaca el Retablo Mayor, la talla románica de Nuestra Señora de la Antigua, la imagen gótica de la Virgen del Ebro, una Inmaculada de origen flamenco y el Coro del siglo XVII. Estaba cerrada cuando la vi por la noche, así que la visité a la mañana siguiente, pero incluyó aquí algunas fotos que saqué para no dispersar la información.



Otro templo que hay que ver es la Iglesia de Santiago el Real, del siglo XVI, situada en la calle Barriocepo, en el lugar que ocupó otra anterior destruida en el año 1500 por un incendio. La portada es del siglo XVII y cuenta con una única nave de gran altura y anchura. Tanto es así que la leyenda cuenta que su constructor huyó del lugar temeroso de que el edificio colapsara a causa de su peso. La torre está en restauración, cubierta por un gran andamio; así que la estampa de la fachada no queda demasiado lustrosa.

Pasé a ver el interior, donde destacan el Retablo Mayor, del siglo XVII y con abundantes detalles de la vida del Santo, la imagen de la Virgen de la Esperanza, Patrona de la ciudad y la cripta. Como dato curioso, en esta Iglesia celebró el emperador Carlos V la festividad del Corpus Christi en 1542.


En la Plaza y su entorno, están la Fuente del Peregrino, un curioso Juego de la Oca gigante y un mural con “consejos” para un perfecto Camino de Santiago. Pasé también por varias calles interesantes, como la de San Pablo y la de Ruavieja, me asomé al Puente de Piedra, eché un rápido vistazo al Paseo del Espolón, presidido por la estatua ecuestre del General Esparteros y me di una vuelta por otros puntos del centro, aunque no tuve tiempo de acercarme al Parque del Ebro, que también recomiendan visitar.


Más tarde, me reuní con mi marido para cenar, deseando conocer las famosas zonas de pinchos y tapas de Logroño, que giran sobre todo en torno a la conocida Calle del Laurel. Cuando fui por la tarde, había poca gente e hice algunas fotos, que son las que pongo aquí, ya que después fue imposible con tanto gentío.

Y es que por la noche, toda la zona era un hervidero de personas, con los bares abarrotados. Cenamos de pinchos, como es menester, pero las recomendaciones de sitios concretos las dejo para los habituales y entendidos, porque cada cual tiene sus gustos y los nuestros quizás no cuadren con la mayoría. Por nuestra parte, fuimos probando algunos de los que tenían en los locales donde buenamente podíamos acercarnos a la barra. Y es que somos poco entusiastas de las multitudes.

Logroño por la mañana.
Al día siguiente, dedicamos un rato a terminar de ver algunas sitios que nos interesaban. Por mi parte, aproveché para entrar en la Concatedral y subir a la torre. La entrada al templo es gratuita, pero tuve que abonar un ticket de tres euros para llegar a lo alto de la torre de la izquierda según se mira a la fachada desde el exterior, la única que está abierta, pues la otra se encontraba en proceso de restauración.

Concatedral de Santa María la Redonda.
La iglesia gótica actual se construyó sobre una románica anterior de planta redonda o poligonal, a la que debe su nombre. En 1435, se convirtió en Colegiata por su fusión con la Iglesia Colegial de San Martín de Albelda. Las obras se iniciaron a principios del siglo XVI. Cuenta con tres naves de igual altura, separadas por ocho columnas que forman bóvedas de crucería.


Las capillas laterales se fueron completando a lo largo de los siglos XVI y XVII con pinturas, esculturas, retablos, rejas e imágenes procedentes de otros templos. Destacan la Capilla barroca de Nuestra Señora de los Ángeles, de mediados del siglo XVIII, y el retablo de piedra de la fachada principal, flanqueado por dos esbeltas torres gemelas.


En el interior, alberga un pequeño cuadro de la Crucifixión atribuido a Miguel Ángel. Intenté fotografiarlo y de hecho lo hice, pero no me salió nada bien por los reflejos de los cristales protectores que tenía delante. De todas formas, pongo la foto: es la de abajo, en el centro. Para la visita, me descargué la audioguía mediante un código QR.

Panorámica desde la torre.
Después de subir unos cuantos escalones, contemplé las vistas, que no me acabaron de convencer del todo, quizás porque esperaba ver más de la calle Portales; tal vez se divise mejor desde la otra torre, a la que no se podía acceder. Además, las enormes campanas impedían asomarse en condiciones. De todas formas, tomé varias fotos, algunas de las cuales las he ido situando en párrafos anteriores de esta etapa.



A continuación, proseguimos nuestra ruta de la jornada.