Me introduzco en un dédalo de calles y retrocedo a la zona de Kirschgarten para llegar al siguiente punto de visita: la Augustinerkirche, en Augustinerstrasse, 42.
La Augustinerkirche fue construida en la segunda mitad del siglo XVIII como parte del antiguo monasterio de los Agustinos. Su fachada barroca exterior, con una coronación de la Virgen, da acceso a un interior de estilo rococó muy recargado porque se dice que el príncipe elector de la época ordenó que el templo se construyera con gran lujo porque no quería una «iglesia de campesinos» en su calle principal. Los grandes frescos luminosos en el techo representan la vida del padre de la Iglesia, San Agustín de Hipona. El órgano fue construido en 1773 por Johann Heinrich Stumm y es uno de los pocos instrumentos que se conservan de esta renombrada familia de organeros. Tiene la peculiaridad de que está dividido en dos partes para dejar en el centro una ventana por la que entra luz natural. Entre los altares laterales de la parte sur del templo se encuentra en un nicho una escultura de madera de tilo del año 1420: María en actitud sonriente con el Niño Jesús jugando. Se considera un ejemplo sobresaliente del arte gótico del llamado «estilo suave», poco común en aquella época.
La iglesia es de acceso gratuito y el horario de visitas turísticas es de 8:00 a 17:00 horas.

Cuando entro en la iglesia contemplo una clara muestra de “horror vacui” en la medida en que cualquier zona está ricamente decorada y forma un conjunto recargado pero armonioso. El suelo de madera es de los que cruje al mirarlo por lo que me desplazo con el máximo cuidado posible para no molestar a los que por allí se encuentran, ya sea como visitantes o como practicantes. Procedo a sentarme y a empaparme de la decoración del recinto y no me puedo quejar porque estoy tocando todos los estilos arquitectónicos en lo que llevo de viaje.
El restaurante está al lado de la Iglesia y ha llegado la hora de la reserva por lo que tranquilamente me marcho para comer.
Hoy también he reservado restaurante y el criterio ha sido comida alemana y próximo a los últimos puntos de visita. Preseleccioné los siguientes:
. Augustinerkeller - Augustinerstraße 26
. Das Glöckle - Prost & Mahlzeit - Schusterstraße 18 - 20
. Hof Ehrenfels - Grebenstraße 5-7
Al final me decidí por el Augustinerkeller. Espero haber acertado y en un rato lo comprobaré.
Al entrar al sitio apenas hay gente (son las 12:30), me dan mi mesa reservada y la comanda va a ser a base de codillo asado, cerveza Augustiner Lagerbier hell y de postre Rote Grütze (compota de frutos rojos) con helado. El restaurante tiene un ambiente tradicional con mucha madera, grabados antiguos y utensilios caseros de época.
En plato hondo reposa bien ahumado,
el tierno y suculento codillo tierno,
con corteza dorada como un cuerno
y el jugo en su sazón bien coronado.
Del fuego germano llegó abrigado,
rompiendo con su peso cualquier invierno,
con puré y chucrut de sabor eterno,
del buen comer augusto y consagrado.
¡Oh, gema porcina de fiel textura!
El cuchillo se hunde con gran mesura
buscando la carne que se deshace;
y al darle el primer bocado caliente,
la gloria bendita inunda la frente,
y el alma con tanto gusto se place.
Mientras llega la comida creo que es buen momento para rememorar las andanzas del Ogro Corso, Bonaparte, por esta ciudad de Maguncia.
En 1804, Napoleón fue coronado Emperador y ese mismo año visitó Maguncia por primera vez. La ciudad tenía un gran valor para Napoleón, especialmente como fortaleza militar y durante sus diez años de reinado, el emperador se alojó nueve veces en la ciudad. En sus visitas, siempre residía en la Casa Alemana, que era particularmente apreciada por la emperatriz María Luisa. Posteriormente, Napoleón la acondicionó como palacio imperial e incluso planeó conectarla con el palacio electoral mediante ampliaciones. Pero este no era el único proyecto de construcción que el emperador tenía en mente para Maguncia pues no solo debía tener un uso militar, sino también un carácter representativo y demostrar el progreso del Gran Imperio francés. Se construyó un bulevar, la Grande Rue Napoléon, para desfiles y otros fines representativos (esta calle aún existe hoy con el nombre de Ludwigsstraße). En 1809, Napoleón también se inmortalizó en la Catedral de Maguncia a través de la gran campana que donó a la ciudad y que mandó marcar con la inscripción “Napoleón el Grande”.
Llega la cerveza en primer lugar y posteriormente el codillo con sus kartoffel y su chucrut. Es un buen troncho y está delicioso: por fuera crujiente, por dentro jugoso. Lo degusto con fruición mientras el "subenestrujenbajen" de los comensales de alrededor que han ido apareciendo en este rato mece mi conciencia.

Tras el principal solicito el postre y echo cálculos del tiempo que tengo disponible. Mi intención es regresar a la estación para coger el tren de las 14:30 con destino a Wiesbaden y, de camino, visitar el museo de Isis Heiligtum, que pilla de paso.
Cuando se estaba construyendo el centro comercial Römerpassage, al empezar a excavar, se toparon con ruinas romanas de la época Flavia (finales del siglo I d.C). Se descubrió que era un templo dedicado a Isis y a la Magna Mater ("La Gran Madre"). Para no afectar estas ruinas se decidió proseguir la obra construyendo encima de las mismas de manera que el museo que las recopila se encuentra en el sótano del centro comercial. El museo tiene un pasillo elevado transparente que permite caminar sobre y alrededor de los restos arqueológicos y cuenta con más de 300 lámparas de aceite, ofrendas votivas, estatuillas de bronce y tablillas de maldición o plegaria. La entrada es gratuita y abre de 11:00-18:00. Más información en www.roemisches-mainz.de/.
El postre tarda en llegar y ya empiezo a ir descontando minutos. La verdad es que está realmente bueno pero tampoco me puedo dormir en los laureles y solicito la dolorosa (no llega a 33 euros entre principal, bebida y postre). Hay un único camarero y se lo toma con calma. A la hora de pagar pruebo a hacerlo con la tarjeta de débito por dos motivos: para que no me hagan la jugarreta del redondeo como ayer y para conservar el efectivo tras el incidente de la tarjeta de crédito. No hay incidencias.
Salgo rapidito, echo cuentas sobre la marcha y llego a la conclusión de que voy a ir muy pegado de tiempo si me paso por el museo por lo que desisto de intentarlo y tiro para la estación directamente alargando la palada. Si algún día regreso a Mainz ya tengo un sitio al que visitar....
De camino me topo con estampas curiosas:

En una calle una cartera del servicio postal alemán está distribuyendo correspondencia y paquetes. El tema es que lleva un carrito motorizado lo cual me parece una idea genial y de gran ayuda para facilitar el trabajo. Creo que aquí en España de eso no hay llevando aún los carteros el carro "analógico " de toda la vida.
Se divisa un edificio con una peculiar perspectiva que no sé si es que se hunde su parte superior o que la misma es así. A saber y como tampoco me puedo parar para hacer una contemplación más exhaustiva pues me quedaré con la duda.

Antes de llegar a la estación me topo con una estatua curiosa. Se trata del Schoppestecher, que fue esculpida y donada a la ciudad en 1962 por Heinz Schaubach, un fabricante de porcelana local, con motivo de la celebración del 2.000 aniversario de Maguncia. Representa la figura de un bebedor de vino típico de la región metiendo la nariz en una copa cilíndrica tradicional (conocida localmente como Mainzer Stange). El término coloquial alemán Schoppestecher describe precisamente a un amante del vino aficionado a frecuentar las tabernas locales y disfrutar de una copa tras otra. Es un símbolo tan arraigado en la identidad local que su figura forma parte de los tradicionales colgantes de carnaval (Zugplakettcher) y de la pirámide del mercado de Navidad de la ciudad.

A paso ligero arribo a la estación central de Mainz. Como al final he llegado con algo de margen busque en el panel informativo la vía por donde pasa el tren a Wiesbaden y la misma se encuentra en la vía 1a. Subo a la zona de andenes y desde allí sólo hay acceso a las vías 2 en delante. ¿Y dónde hay que ir para llegar a la vía 1? Doy vueltas y revueltas y me empiezo a embolicar porque no veo señal alguna que me pueda ayudar. Al final opto por coger un ascensor para bajar a nivel de andenes pensando que desde allí habrá conexión interna para llegar al que debo utilizar y después de esperar a que llegue y cogerlo, desciendo y me encuentro con que estoy en la vía correcta 1a.

Faltan unos minutos para que llegue el tren y aprovecho el momento para no quedarme con la duda por lo que investigo por el andén y al final encuentro el acceso al mismo. Resulta que está a nivel de calle por lo que a la vía 1 se llega directamente desde la entrada a la estación y no es necesario subir escalera alguna. Claro, eso lo sabrán los de allí porque para alguien de fuera esta información es totalmente ignota.
Para seguir con la dinámica del viaje el tren llega con retraso y esto se veía venir al haber metido el acelerón para llegar a tiempo. Como dicen por aquí: “Lange Rede, kurzer Sinn” (larga historia corta o algo así).
Lentamente, Mainz va quedando en la lejanía.
Maguncia se alza a la orilla del gran río,
cuna de imprenta y luz del viejo Rin,
donde la historia guarda su confín
bajo la sombra de un templo vacío.
Mide el compás de su noble gentío
el viejo vino de sabor latín,
mientras la torre marca su patín
frente al latido del tiempo rocío.
¡Oh, bella urbe de fe y monumento,
que vio a Gutenberg dar alma al saber,
dejando el arte impreso en el viento!
Brilla tu piedra al atardecer,
y en cada calle resuena el acento
del gran pasado que vuelve a nacer.
El tren llega a la Estación Central de Wiesbaden (Wiesbaden HBF) y aquí comienza la visita a esta ciudad lo cual será convenientemente expuesto en la próxima y artística etapa.