
Y me despierto y mañana ya es hoy. Ahora, todo es distinto que cuando salía del hotel con mis botas y mi mochila para abrazarme a la ciudad. Salgo a la calle, pero arrastrando mi gran maleta. Mi destino no será cualquier punto de la ciudad para encadenar con otro punto y seguir, sino aquel que me espera para salir de ella. Siento como si ya no estuviera en ella, como si todo lo que me rodea, toda esa gran urbe con toneladas y toneladas de peso sobre la isla no fuera más que una masa etérea difuminándose, descomponiéndose. Pero no, soy yo el que, en mi despedida, se descompone poco a poco en mitad de aquel hervidero, desapareciendo paulatinamente entre esas calles sólidas, que para mí ya se convierten en pasado pero que, en realidad, seguían, siguen y seguirán ahí, sin mí, cambiando, pero firmes, mientras yo desaparezco y vienen otros. Me sobreviven. Es una de las muchas muertes que siente uno en vida.
Penn Station bulle de gente, pero estoy sólo en mi corta espera hasta tomar el último metro. Ahí vivo un último instante sólido y real, emocionante en la ciudad. Es cuando a través de los altavoces suena el Canon in D de Pachelbel. Nunca hasta entonces había sido consciente de que existiera un hilo musical en el subsuelo de la ciudad, puede que fuera la primera vez que lo oía. No lo sé. El caso es que, ahí estaba, instantes antes de abandonar la ciudad. En la despedida, recordaba con nostalgia todo lo vivido intensamente los últimos diez días y llegaba la melancolía. Me esperaba todo un viaje por delante, pero me había enamorado de Nueva York y, al son de esta pieza, las lágrimas pugnaban por salir. Jamás había vivido un momento tan íntimo y rodeado de tanta gente. Tanta gente alrededor y yo tan sólo en aquella estación, esperando mi último metro de Nueva York, con el Canon in D, precisamente el Canon in D, sonando sin remedio. Y esas lágrimas a duras penas retenidas. Nueva York me ha envuelto de tal manera que me siento confortable, protegido. Sé que ahí fuera me espera un gran viaje y un sinfín de descubrimientos. Hay que romper el cascarón y abrir bien los ojos. Otro viaje dentro de este viaje. Cruzar la frontera y dirigirme en dirección al horizonte. Allá voy.