A continuación, nos dirigimos a Polignano a Mare, un recorrido de 16 kilómetros, en el que tardamos una media hora. Logramos dejar el coche en un hueco gratuito, a unos diez minutos caminando del casco antiguo. Todo un hito. Se estaba haciendo tarde y decidimos comer en la terraza de un restaurante de la Plaza Garibaldi. Nos arrepentimos de no habernos sentado dentro: pese a estar pegados a la pared, fuera hacia mucho viento. Incluso pasé frío.


Después fuimos a recorrer el casco antiguo de una de las localidades más bonitas de toda Puglia. Y de verdad que lo es. A toro pasado, hubiera preferido hacer noche aquí en vez de en Alberobello. Los paisajes cambiando de color con la luz deben ser imponentes. En fin, para otra vez.

Actualmente, Polignano cuenta con unos diecisiete mil habitantes, si bien en verano registra una población mucho mayor. En la época romana, era una aldea de pescadores; ahora, aparte del turismo, sigue basando sus ingresos en la pesca, la agricultura y la industria agroalimentaria.
Comenzamos paseando por las calles que se dirigen a las ruinas del castillo, en sentido contrario al casco viejo donde se apiña la mayor parte de los visitantes. Sin estar vacía ni mucho menos, es una zona más tranquila, con casas blancas, tiendecitas y macetas de flores en aceras y balcones.


Salimos al paseo marítimo (Lungomare) y fuimos hacia la derecha, divisando la costa, los acantilados y algunas de las cuevas contra las que batía un mar muy bravío por el fuerte viento. Normalmente, son muchos los barcos que ofrecen excursiones para visitarlas: ese día no había ninguno. Supongo que estaría incluso prohibido.


Retrocedimos para ver los miradores urbanos sobre los acantilados, a los que se llega perdiéndose por pequeñas y laberínticas callejuelas, que permiten contemplar las cuevas y las casas suspendidas sobre las rocas, si bien esa tarde no resultaba fácil, pues el aire te arrastraba literalmente.



Fuimos al casco antiguo, adonde se entra habitualmente a través del Arco Marchesale, aunque nosotros lo hicimos por la más tranquila Piazza de San Benedetto y sus alrededores.





Pero da igual, ya que acabas en el mismo lugar, repleto de una trama de casas y callejuelas que no tienen salida o no la encuentras. Ni que decir tiene que estaba abarrotado de gente, en terrazas, bares, tiendas… Todo alrededor de la Chiesa Madre di Santa Maria Assunta (estaba cerrada) y la Fontana de San Vito. Sin embargo, había rincones perdidos donde reinaba la calma.



A pesar del tumulto de gente, no podía perderme el Puente Borbónico, desde el que se tienen unas panorámicas maravillosas de Lama Monachile, una pequeña pero espectacular playa de guijarros entre acantilados, llena hasta los topes en ese viernes por la tarde de junio. Como no pretendía bañarme, me dio igual que apenas lograse acercarme a la orilla cuando bajé a la playa. La vista por la tarde con la luz del sol iluminando las casas y el color azul del mar resulta fantástica.


Me acerqué después a otro de los imprescindibles que señalan las guías, el Monumento al cantante local Doménico Modugno (el de “Volare”), haciendo ademán de volar de espaldas el mar. La escultura es más simbólica que bonita, pero sí que lo son, y mucho, las vistas desde el mirador, con una perspectiva diferente de Lama Monachile.


Y aún volví otra vez al centro histórico para intentar encontrar el belvedere desde donde vi que se asomaba la gente justo enfrente, obteniendo la panorámica de Lama Monachiles desde el lado opuesto. Me costó un ratito, porque el laberinto de calles es de órdago. Al final, lo conseguí. Y mereció la pena. Muy bonito Polignano a Mare. Me hubiera gustado pasar más tiempo allí, aunque hubiese sido mejor en otra época del año con menos gentío.


A continuación fuimos a Monopoli, pero nos equivocamos aparcando en un lugar demasiado alejado del centro y perdimos mucho tiempo. Ya con el coche, atravesamos el casco histórico, llegando al puerto. Al final, decidimos no parar y seguir hacia Alberobello, donde pernoctamos esa noche.