El itinerario por Puglia (o Apulia) quedó recortado por mi deseo de incluir Tropea, ya en Calabria, para hacer el mini crucero de las Islas Eolias. Así que disponíamos de tres días para esa zona, pues dormir en Matera (que pertenece a Basilicata) era otra prioridad para mí, lo que supuso sacrificar destinos como Bari, una ciudad grande que requiere su tiempo; y tampoco se trataba de ir corriendo a todas partes. Al final quedamos contentos con los lugares en los que paramos, que aparecen resumidos en el siguiente plano de Google Maps.

Me gustan mucho las cuevas, así que no dudé en añadir la de Castellana Grotte cuando encontré el Hotel Autostello Grotte, de tres estrellas, sencillo pero con muy buen precio (65,20 euros), aire acondicionado, aparcamiento gratuito y desayuno incluido. No salimos por la noche. Llovía y, aparte de la cueva, tampoco había mucho qué visitar.

Grotte di Castellana.
Amaneció un día soleado, aunque ventoso. Para no perder tiempo en Castellana Grotte, saqué online las entradas de la Cueva para el primer pase, a las 10 de la mañana, con visita guiada en italiano. Hay dos tipos de entrada según el recorrido, corto (1 km, 50 minutos) y largo (3 km, 2 horas). Escogí el largo, el único que llega a la Gruta Blanca. Me costó 25 euros por persona (adultos mayores de 15 años, hay descuentos para niños y familias) No obstante, al intentar confirmarlo ahora en la web, he visto que los precios han subido, quizás por ser temporada alta.

Teníamos el hotel al lado, así que después de desayunar hicimos el check out, pero dejamos el coche en el parking del hotel sin problemas. Aunque pensábamos que estaría poco concurrida, a la hora de entrar nos encontramos con mucha gente; nos distribuyeron en distintos grupos. El nuestro entró con dos guías, que fueron explicando todas las características de la Gruta haciendo diferentes paradas. En fin, como en todas las cuevas. Se entendía bastante bien lo que explicaban en italiano.



La guía comentó que estaba permitido tomar fotos (sin flash) mientras estuviésemos parados pero no al movernos. Luego la gente fue haciendo lo que le dio la gana por el camino. Sin embargo, una vigilante no me dejó utilizar la cámara porque se disparaba el infrarrojo; nunca me habían dicho nada en ningún otro sitio. Así que casi todas las que pongo están tomadas con el teléfono.



En el interior, la temperatura varía entre 14 y 18 grados; con una chaqueta ligera se va bien. Se trata de uno de los complejos cársticos subterráneos más importantes y bellos de Italia, con tres kilómetros de longitud y 122 metros de profundidad máxima.


Empezamos bajando un montón de escaleras hasta llegar a una enorme cavidad con un agujero en la parte superior por el que penetra la luz con un efecto muy bonito.

Continuamos visitando numerosas salas comunicadas por pasadizos, túneles y pasarelas, algunos muy estrechos. Sobre todo me llamó la atención la gran altura que alcanzan las salas y el colorido de las formaciones. Por fortuna, la iluminación no es demasiado estridente. En algunas zonas hay que tener cuidado; hubo una persona que se dio un golpe y se abrió (literalmente) la cabeza. Tuvieron que vendársela y luego avisar al servicio de urgencias. Así que mejor no distraerse.



Aunque hay varias zonas muy chulas, el punto culminante es la llamada Gruta Blanca (Grotta Bianca), considerada una de las cuevas de carbonato cálcico más brillantes y puras del mundo. Se observa desde una pasarela. El blanco es sorprende e inmaculado. Las fotos no le hacen justicia, pues el color presenta un tono rosado que no es el real.


Al final, se vuelve a la superficie por un ascensor. El recorrido estuvo bastante bien, aunque el grupo me pareció demasiado grande. En cuanto a si vale la pena considerando que el precio es bastante alto, no me atrevo a decirlo. Me encantan las cuevas y esta no fue una excepción, pero no soy tan osada como para recomendársela a otras personas cuyos gustos no conozco y menos con el lío de precios que se traen ahora.

