Nos dirigimos directamente a nuestro alojamiento, La Picola Corte, una antigua casa rural con parcela y jardín propio que alquila habitaciones y apartamentos, a unos diez minutos caminando del centro histórico. Nuestra habitación disponía de aire acondicionado y nevera. El parking y el desayuno estaban incluidos en el precio, 126 euros.

En cuanto nos instalamos, salí a conocer esta localidad, de casi 11.000 habitantes, famosa por ser la capital de los Trulli (trullos), declarados por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1996. Se calcula que en Alberobello hay unos 1.500 exhibiendo al viento sus característicos tejados cónicos. Para recorrer el pueblo se puede utilizar un mapa impreso o escanear un QR en los planos turísticos municipales.


La historia de los trullos se remonta al propio nacimiento del burgo, en el siglo XVI, cuando la zona era un pequeño feudo dominado por los condes de Conversano. Atraídos por la fértil tierra, empezaron a llegar campesinos que obtuvieron el permiso del conde para instalarse a condición de que edificasen sus casas a la piedra seca, o sea, sin mortero, pues así podían ser demolidas rápidamente en caso una inspección de los agentes del rey, lo que evitaría el pago de tributos, obligatorios para todo núcleo urbano desde el siglo XV.



Con tal exigencia, los campesinos hicieron los techos de forma redonda, mediante círculos de piedra superpuestos; una fórmula sencilla pero muy sólida. La bóveda exterior se coronaba con pináculos decorativos con elementos simbólicos, místicos y religiosos, cuya temática, calidad artesanal y suntuosidad servían igualmente para identificar tanto actividad como la posición económica y social del dueño.

Trullo Sovrano.
Es el más grande y el único que cuenta con dos plantas. Edificado a mediados del siglo XVIII por la familia Perla, actualmente es un museo; así que me dirigí allí en primer lugar, antes de que cerraran. Creo recordar que la entrada me costó 3 euros.


Reconstruido de acuerdo con los gustos, decoración de la época y mobiliario original, tiene la apariencia de pequeño museo etnográfico. El interior es interesante y bonito, sobre todo el fotogénico jardín, pero tampoco me resultó imprescindible, quizás porque ya he visto bastantes casas de este estilo, aunque no fuesen trullos.

No muy lejos está la Casa Pezzola, un complejo de 15 trullos interconectados que alberga el Museo del Territorio, donde se explica su historia y sus técnicas de construcción; no era un objetivo para mí. Así que, ya sin preocuparme de horarios, fui recorriendo tranquilamente el pueblo y sus dos barrios históricos: Rione Monti y Rione Aia Piccola, que están muy cerca el uno del otro.

Pasé por la Piazza Curri, donde está la Basílica Menor de los Santos Cosme y Damián. De fachada neoclásica con dos torres gemelas coronadas por cúpulas piramidales, se erigió en 1882 en el mismo lugar donde se situaba una iglesia del siglo XVII dedicada a los santos patrones de la localidad. Con una sola nave y capillas laterales, su interior contiene esculturas del siglo XVIII y pinturas de artistas locales.


A continuación, me dirigí a Rione Aia Piccola, que cuenta con más de 400 trullos. Sin tiendas de recuerdos, bares o restaurantes, es un barrio auténtico, donde la gente del pueblo vive en su día a día. Además, apenas había turistas y procurando no molestar, tomé algunas fotos chulas.





Luego fui al Belvedere de Santa Lucía, que ofrece la estampa más conocida de Alberobello: una preciosa panorámica de Rione Monti con un mar de trullos. Al lado está la Iglesia de Santa Lucía, que entré a visitar. También pilla cerca el Ayuntamiento y una fuente, cuyo color beige llama la atención en contraste con el predominante color blanco del caserío.


En vez de por la escalinata, bajé a Rione Monti a través del Jardín Botánico, que ofrece sombras y unas bonitas vistas, aunque el reflejo del sol era terrible a esa hora para tomar fotos.


En Largo Martellota, se forma una amplísima plaza donde confluyen varias calles que suben hacia los trulli de Rione Monti, muchos de ellos convertidos en tiendas de recuerdos, bares y restaurantes. Algunos se pueden visitar por dentro pagando, comprando o consumiendo; unos pocos son gratuitos.

Esta zona está muy concurrida y se localiza en pendiente, así que hay que afrontar buenas cuestas: para no perderse nada, conviene alternar calles de subida y bajada, primando también las perpendiculares, pues mientras en algunas se acumula la gente, otras aparecen casi desiertas. Cierto es que empezaba a caer la tarde.

Hay trullos de todo tipo y condición, algunos muy curiosos como el Trullo Iglesia y el Trullo Siamés, una construcción doble unida por una única base con leyenda incluida. Aparte de su peculiaridad, no me llamó demasiado la atención.

En la parte alta de Rione Monti, se localiza la Iglesia de San Antonio. Construida en los años veinte del siglo pasado con forma de trullo, queda perfectamente integrada en el entorno. No pude ver el interior porque había Misa; en el exterior, un señor me dijo que regresara más tarde, pero no me apetecía volver a subir semejante cuesta. Y no volví.

Alberobello tiene su encanto y me gustó, pero la tarde se me hizo muy larga y antes de las ocho ya no sabía a donde ir; además, se levantó un viento bastante frío. Personalmente, con tres horas y media tuve suficiente para ver lo que me interesaba y tomar una “granita” con una empanadilla típica; también es cierto que no me entusiasma vagar de tienda en tienda en busca de recuerdos. Por la noche, no me apeteció pasear de nuevo por el centro, algo raro en mí.
