Después de desayunar, salimos hacia Matera, donde nos alojábamos esa noche, aunque previamente hicimos una parada en Locorotondo, un pueblo en la lista de más bellos de Italia, hasta donde solo tuvimos que recorrer 23 km desde Ostuni. También está muy cerca de Alberobello, por lo que mucha gente visita ambos en una misma jornada; sin embargo, pero en nuestro itinerario ajustaba mejor así. El perfil del día suponía hacer unos 100 kilómetros, con una hora y cincuenta minutos en el coche según Google Maps.

Locorotondo.
Todo su casco antiguo es peatonal y el acceso de vehículos está restringido a residentes, una idea excelente, que hace que la visita se disfrute mucho. Hay aparcamientos en las afueras, pero nosotros dejamos el coche un poco más lejos, en una calle donde había varios huecos libres. Una señora muy amable nos confirmó que no había problema en aparcar gratis allí, a unos 800 metros del centro, adonde apenas tardamos unos doce minutos en llegar a pie hasta la Piazza Antonio Mitrano, que cuenta con un gran aparcamiento, si bien muchas de sus plazas está reservadas para los propios residentes. Allí vimos un mapa turístico muy chulo que nos facilitó información sobre el lugar además de ayudarnos en nuestro recorrido.

Locorotondo es una pequeña ciudad situada en lo alto de una colina del Valle de Itria, a 410 metros sobre el nivel del mar. Su nombre proviene del latín “locus rotondus” y se refiere a la forma circular de su casco antiguo, al que se refiere un primer documento escrito que se remonta al siglo XII. A diferencia de su vecino Alberobello y sus trulli, aquí reinan las cummerse, unas casas tradicionales blancas con techos a dos aguas, inclinados y puntiagudos de mampostería gris.


Casas típicas de Locorotondo: cummerse.


Antes de entrar al casco antiguo, decidimos recrearnos paseando por Via Nardelli, conocida curiosamente también como Lungomare aunque esté lejos del mar.


Además de contemplar la parte alta de los edificios que asoman sobre las antiguas murallas, ahora integradas en el casco urbano a modo de pintorescas casas blancas, esta ruta es imprescindible por las maravillosas vistas que ofrece del Valle de Itria, con un mar verde de viñedos y olivos (lo que explica el nombre de este paseo panorámico), entre los que también aparecen algunos trulli aislados. Nos encantó. El paisaje tenía una luz intensa esa mañana.


Tras caminar un rato, llegamos a un pequeño parque público, la Villa Comunale Giuseppe Garibaldi, donde una escultura rinde homenaje a los caídos italianos en todas las guerras. Allí también se encuentran una fuente y el que ejerce como Belvedere o Mirador oficial. No obstante, las vistas son preciosas desde cualquier parte de Via Nardelli.

Justo enfrente, vimos la Porta Vechia, también conocida como Porta Napoli, uno de los dos puntos de acceso a la ciudad antigua junto a la Porta Nova, que se halla en el extremo opuesto. Antes de entrar, eché un vistazo al interior de la pequeña Iglesia Rectora de Nuestra Señora de los Dolores, que data de 1885.

La Porta Napoli no presenta la forma del típico arco medieval, pues tras ser reubicada y modificada en el siglo XIX, consiste en dos columnas cuadradas paralelas que señalan el límite de las antiguas murallas. Lleva directamente a la Piazza Vittorio Enmanuele II (el “salón del pueblo” para los lugareños), donde empieza el casco histórico peatonal con terrazas y tiendas, algo habitual en todos los pueblos turísticos, pero aquí me llamó la atención el buen gusto con que están expuestos los artículos a la venta tanto en escaleras y portales como en plena calle.



Dejando a un lado el Palazzo Aprile Ximenes, por una calle muy estrecha, divisé el Palazzo Comunale con la Torre del Reloj, cuya maquinaria se trasladó desde la Iglesia de San Jorge Mártir en 1819 para que todos los vecinos pudieran ver la hora. En la planta baja, se halla la Oficina de Turismo municipal.




A la izquierda, sale una bonita calle, en la que destaca el Palazzo Morelli, un imponente ejemplo de residencia barroca cuyo origen se remonta al siglo XVII, si bien se modificó sustancialmente a principios del XIX. El portal goza de una suntuosa decoración, presidida por una sonriente máscara, y los balcones cuentan con llamativas barandillas y rejas de hierro forjado de forma curva. Una biblioteca pública ocupa una parte y la otra es de propiedad particular. Debido a lo estrecha que es la calle, resulta difícil hacer una foto completa del edificio, que es realmente bonito.


No tuve que andar mucho más para llegar a una plaza donde se encuentra la Chiesa Madre di San Giorgio Martire, la iglesia más importante del pueblo. Su fachada es neoclásica y la cúpula barroca se eleva 35 metros. Fue construida entre 1790 y 1825. El campanario alcanza los 47 metros de altura. La visita es libre y gratuita.


En adelante, tocaba perderse por el laberinto de callejuelas que me mostraron un sinfín de rincones encantadores, algunos concurridos y otros solitarios, pero nunca abarrotados. Un pueblo de lo más apropiado para captar esas estampas de postal para las guías turísticas, que a menudo no son auténticas; pero aquí sí.



Aparte de las callejuelas, las flores, las fachadas blancas, los arcos encalados y las rejas negras, me fui topando con pequeñas iglesias que me depararon más de una grata sorpresa, como la pequeña capilla de Nuestra Señora del Socorro (1632).

Pero la mejor me la llevé con la Chiesa di San Nicola di Myra (Iglesia de San Nicolás de Bari), cuyo origen se remonta al siglo XVII y cuya arquitectura aúna las construcciones típicas del territorio regional, con la estructura de una “cummersa” y la cúpula de un trullo. No obstante, la fachada es bonita pero muy sencilla, pudiendo pasar desapercibida la joya que contiene su interior: unos frescos que me sedujeron en cuanto los vi.

Las pinturas datan de principios del siglo XVII, pero se han restaurado recientemente, con lo cual lucían magníficas. Muestran una procesión de ángeles tocando diversos instrumentos musicales, rodeando al Padre Eterno, y diez paneles con los milagros de San Nicolás de Myra (o de Bari).



También conserva bajorrelieves de piedra policromada, así como una cruz muy antigua hallada en una cueva que había cerca de la iglesia, antes de que fuese construida. Una iglesia pequeñita pero preciosa. Estuve bastante rato allí; además, solo coincidí con dos o tres personas.

Además de dar varias vueltas por el casco antiguo, antes de irme todavía visité la Chiesa Madona della Greca (Iglesia de la Virgen de la Griega), considera la iglesia más antigua de la localidad. En origen, data de los siglos VII y VIII, si bien el edificio actual fue erigido en 1481. Su nombre se refiere a la influencia greco-ortodoxa en la zona. El exterior es muy sencillo, con esculturas de San Pedro y San Pablo en los laterales y un rosetón central calado en piedra.

El interior es de planta basilical con tres naves separadas por pilares con capiteles esculpidos con sirenas, animales, motivos vegetales y querubines. En el Altar Mayor, se conserva un políptico renacentista de la Virgen de las Rosas y una escultura de San Jorge del siglo XVI. También quedan restos de frescos medievales. Muy interesante la visita de esta iglesia para los interesados en el arte. Es gratuita.

Para resumir, quedamos muy contentos tras la visita de Locorotondo, un pueblo con un centro histórico pequeño u compacto pero muy bonito, incluso especial en cuanto a las tiendecitas de ropa y recuerdos que hay en su interior, pues están dispuestas de un modo bastante artístico.

En cualquier caso, lo mejor de todo es perderse por sus laberínticas callejuelas y contemplar las fantásticas vistas sobre el Valle de Itria. También cuenta con buena gastronomía y un vino blanco muy famoso, aunque no pudimos comprobarlo porque teníamos que llegar cuanto antes a Matera.
