Desde Otranto, nos dirigimos a nuestro hotel en Ostuni, pero en vez de ir por la autovía escogimos una carretera local paralela al mar, pensando que divisaríamos bonitos paisajes de costa, incluso pensábamos parar en algún pueblecito para dar una vuelta por algún pequeño paseo marítimo: fue una decepción por varios motivos. En primer lugar, la carretera va muy cerca del mar pero sin verse apenas nada a causa de la vegetación; además, ni hablar de hacer un alto, pues las playas estaban a tope y aparcar era tarea imposible, ni siquiera pagando. El único sitio donde pudimos, al fin, dejar el coche, junto a un faro del que no recuerdo el nombre, no nos gustó; así que seguimos directamente hacia Ostuni, cuyo perfil nos cautivó al momento.

Nos alojamos en el Hotel Monte Sarago, de cuatro estrellas, situado fuera del casco antiguo, pero apenas a diez minutos caminando del centro. Nos costó 170 euros una noche con desayuno y aparcamiento privado; fue uno de los más caros del viaje, pero al ser fin de semana no encontré nada más económico con nuestros requerimientos, pues al aire acondicionado no se podía considerar un lujo tal como estaban evolucionando las temperaturas; y en cuanto a dejar el coche, qué voy a contar. Por lo demás, la habitación era muy confortable, con unas vistas estupendas del casco histórico y de la costa. El desayuno fue también uno de los mejores del viaje, servido en un extenso bufet. En fin, lo menos que se podía pedir dado el precio.

Salí a dar una vuelta en cuanto nos instalamos, sin esperar a que decayera el imperio del sol. Para llegar al centro, seguí la calle del hotel, Corso Giuseppe Mazzini, con sus típicas casas, blancas en su mayoría, unas sumamente cuidadas y otras, no tanto, aunque sin desmerecer.



En el cruce con Vía G. Pisanelli, fui hacia la izquierda para tomar el Viale Oronzo Quaranta, un paseo perimetral paralelo a las Murallas Aragonesas, desde donde se divisan unas vistas preciosas del Valle d’Itria, con su mar de olivos que alcanzan la costa del Mar Adriático, formando un magnífico collage verde y azul.


Esta zona es realmente bonita tanto por las panorámicas como por las propias murallas aragonesas, los antiguos bastiones defensivos de piedra caliza, ahora encalados, que hacen bueno el lema de “Ciudad Blanca de Apulia” con que se promociona Ostuni. Entre los siglos V y III a.C., los mesapios colocaron aquí una línea defensiva de piedras sin mortero; posteriormente, del siglo XI al XIV, bizantinos, normandos y angevinos construyeron muros, torres y bastiones para detener las acometidas de los sarracenos. Muy dañadas por el terremoto de 1456, las murallas fueron reconstruidas por la Corona de Aragón para proteger la ciudad de la amenaza de los turcos y de los piratas. De ahí su apelativo actual.

A esa hora de la tarde, ofrecían un aspecto brillante por efecto de la luz del sol que resaltaba la belleza medieval de sus muros blancos, entre los que sobresalen varias torres cilíndricas o baluartes circulares, que servían como puntos destacados de vigilancia. Tras otro terremoto, en 1743, hubo partes que no se restauraron, quedando integradas en el entramado urbano, convertidas en cimientos o muros exteriores de nuevas casas y palacios, en algunos de los cuales se han instalado alojamientos turísticos.



En su origen, las murallas constaban de cuatro puertas, de las que únicamente se conservan dos, la Porta Nova y la Porta de San Demetrio, que constituyen el mejor punto de acceso al casco antiguo.



Tras pasar la Porta Nova, en lugar de iniciar mi recorrido dirigiéndome hacia las calles principales, me metí en los laberínticos callejones peatonales del Rione Terra, un conglomerado de casas blancas de estilo mediterráneo, interminables escalones que a menudo no llevan a ninguna parte, macetas con flores, rejas negras y puertas de diferentes colores. Me recordaron las estampas de algunos pueblos de las islas griegas.




Había lugares que mostraban mesas, sillas y cojines en las minúsculas aceras, pues eran bares y restaurantes donde cenar o tomar una copa; a esa hora, estaban vacías, pues no había nadie dispuesto a tostarse al sol. Sin multitudes, esta zona posee un gran encanto. Disfruté mucho paseando por allí.


No sé cómo ni por dónde, en un entorno ya bastante más concurrido, aparecí junto a la Catedral de Santa Maria Assunta, situada en el punto más alto de la ciudad antigua. Su fachada es de estilo gótico tardío y tiene un enorme rosetón con 24 rayos tallados en piedra. Pasé varias veces por la puerta sin verla abierta, así que no pude conocer el interior. En fin, tampoco lo lamenté mucho, tras el maratón de iglesias que había tenido el día anterior, en Lecce.

Enfrente se halla el Arco Scoppa (siglo XVIII y estilo barroco), construido en piedra y que servía para conectar mediante un pasadizo elevado el Palacio Episcopal con el Palacio del Seminario. Las malas lenguas dicen que se parece mucho al Puente de los Suspiros de Venecia. Con sus tonos tierra, tanto la Catedral como el Arco rompen el típico tono blanco de las fachadas de Ostuni. Los reflejos del sol hacían estragos a la hora de tomar fotos.


Caminando por aquí y por allá, entre casas encaladas, escaleras y macetas, bajé por la Vía Cattedrale, repleta de bares, heladerías y tiendas de artesanía, ropa y recuerdos. Todo muy chulo, formando estampas muy vistosas, si bien quizás demasiado peripuestas, al menos en mi opinión. Sin embargo, no faltaban rincones olvidados y capillas llenas de encanto en las que explayarse un ratito a solas.



Tras vagar un buen rato, llegué a la Piazza della Liberta, punto neurálgico y de encuentro en Ostuni, donde destaca otra Columna de San Oronzo, barroca y de 21 metros de altura, que fue dedicada al santo en 1771 para, cómo no, agradecerle que librara a la ciudad de una epidemia. Muy cerca, aparece el Ayuntamiento, ubicado en un antiguo monasterio franciscano del siglo XIV. Remodelado varias veces después, la fachada actual es neoclásica, del siglo XIX. En un edificio anexo, está la Iglesia de San Francisco de Asís, de origen medieval y estilo gótico, que fue reconvertida a barroca en el siglo XVII. Entré a verla, ya que la puerta estaba abierta de par en par, pero eso producía unos reflejos terribles del sol en el interior que me impidieron tomar fotos decentes; así que las omito.


Con el atardecer ya al acecho, regresé al laberinto de calles de Rione Terra: algunas seguían desiertas, pero otras ya empezaban a mostrarse muy concurridas, con las mesas de los principales restaurantes con vistas completamente ocupadas. Ya conocemos el atractivo que ejercen últimamente las puestas de sol.

Estando allí, me enteré por casualidad de un punto en Ostuni que las redes sociales han convertido en emblemático: la Puerta Azzurra (Puerta Blue o Puerta Azul), definida como una puerta encantadora donde tomar la foto perfecta por sus vibrantes tonos azules. Confieso que no tenía ni idea, así que busqué la ubicación y su imagen en Google Maps. Y, claro, un montón de gente allí, fotografiándose delante. La había visto en mi primer paseo, pero ni conocía su éxito viral ni me llamó la atención. Bueno, la puerta está bien, pero no deja de ser la entrada decorada de una casa particular. En fin, no sé, debo de estar "fuera de onda", lo confieso; ni siquiera tengo Instagram
.

Antes de anochecer, me acerqué a uno de los mejores miradores del casco antiguo, aunque tuve que caminar casi media hora, pues está algo alejado del centro, en la Piazzeta Martiri delle Foibi, donde los turistas ya escasean y abundan los jóvenes locales charlando de sus cosas. La panorámica desde allí era preciosa, pese al sol, empeñado en estropearme los mejores planos con sus reflejos.


Hay también buenas vistas generales más cerca de la Piazza della Libertá, pero suelen ser terrazas de restaurantes reservadas para sus clientes; a esa hora ya a tope. Me reuní con mi marido y nos sentamos a cenar en una de las terrazas con vistas a la plaza (no es la de la foto).No recuerdo qué tomamos, pero estuvimos muy a gusto y se nos hizo de noche disfrutando de nuestros aperol spritz.




Más tarde, fuimos a dar una vuelta por el casco antiguo iluminado, y con tanto acierto que lucía casi tan bonito de noche como de día, incluso la instagrameable Puerta Azzurra parecía menos azul pero más romántica. Los restaurantes con vistas a los olivares y al Adriático estaban abarrotados. Servían bandejas con bocadillos y raciones de embutidos muy aparentes, pero hubiera resultado imposible encontrar una mesa libre allí sin reserva.



También quedaba muy bonita la luz amarilla en las murallas. Y tampoco faltaron peldaños con poesías y el estupendo panorama desde la habitación de nuestro hotel. Nos gustó Ostuni. Al ser domingo, había zonas con mucho gentío, pero por otras se podía pasear y perderse en el laberinto de calles con tranquilidad; eso sí, escaleras no faltan, así que el calzado cómodo, otro imprescindible.



