Cuando fuimos a Sicilia se me quedó la espinita clavada de las Islas Eolias. Al confeccionar el itinerario, me fijé en que había excursiones en barco de un día desde Tropea. Hubiera preferido dedicarles más tiempo, pero por si acaso, no quise dejar pasar esta oportunidad, aunque me costó un poco cuadrarlo, pues no salen todos los días y no podía ser en sábado o festivo por las multitudes. Reservé el billete con bastante antelación, cancelación gratuita y sin pago adelantado en GetYourGuide. Me costó 65 euros por persona. La excursión era en italiano, inglés y alemán. Incluía visitas a las Islas de Lípari, Panarea y Stromboli, y una observación nocturna del volcán desde el barco para ver las erupciones, si las había, claro, que nadie te lo garantiza.

Esa mañana, desayunamos temprano, ya que nos habían citado en el puerto a las 9 de la mañana. Apenas tardamos diez minutos en llegar caminando. Mientras esperábamos el embarque, pudimos ver una preciosa cala, la Spiaga del Cannone. Las Islas Eolias no cuentan con aeropuerto, así que hay que llegar forzosamente por mar.

El barco, bastante grande, iba hasta los topes. No obstante, fuimos bien aposentados, a la sombra, y disfrutamos de una travesía larga, ya que tardamos dos horas hasta el primer punto de desembarco: Isla de Lípari. Entretanto pudimos contemplar primero la estampa de Tropea desde el mar y luego el perfil de la hermosa Costa degli Dei, con sus playas, sus calas y sus acantilados, enmarcando un paisaje con bastante vegetación. Unas imágenes de postal.


Algo más pesado se hizo el recorrido en mar abierto hasta que empezamos a divisar los primeros islotes de las Eolias. Por megafonía, daban explicaciones en italiano, inglés y alemán, pero las entendíamos bien.

Las Islas Eolias componen un archipiélago volcánico en el Mar Tirreno. Situado cerca de la costa noreste de Sicilia, en la provincia de Mesina, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000 en atención a la riqueza de sus ecosistemas y la belleza de sus parajes. Cuenta con siete islas principales (Lípari, Salina, Vulcano, Estrómboli, Filicudi, Alicudi y Panarea), diez islas menores y varios islotes. Su superficie total es de 126,1 km, estando el punto más elevado en la Isla de Salina, a 962 metros de altura sobre el nivel del mar. La población del archipiélago supera los 30.000 habitantes, aunque en verano se incrementa mucho.

El nombre del archipiélago se debe a la mitología, concretamente a Eolo, el dios griego del viento, quien regaló a Ulises un odre lleno de vientos favorables. Hace 6.000 años, la isla recibió a sus primeros pobladores: pastores, agricultores, comerciantes y, sobre todo, artesanos que usaron la obsidiana, un mineral de dura roca volcánica vitrificada, negra y reluciente, en la fabricación de cerámica, herramientas, raspadores o puntas de flecha. Para construir sus casas, utilizaban lava en los cimientos, piedra pómez en las paredes y los suelos eran de roca de toba. Las islas quedaron desiertas durante algunos siglos hasta que entre 580 y 576 a.C. los griegos colonizaron Líparo, que cayó posteriormente en manos de los cartagineses hasta que fueron expulsados por los romanos en 252 a.C.

Ya en la era cristiana, Lípari fue sede episcopal y recibió en su Catedral las reliquias del apóstol San Bartolomé, que según algunos escritores bizantinos llegaron milagrosamente a la isla, procedentes de Armenia. Sin embargo, en 839, los musulmanes asaltaron la ciudad, esclavizaron a su población y profanaron las reliquias del santo, que fueron trasladadas a Salerno y luego a Benevento. En 1083, tras la conquista de Sicilia, los normandos ocuparon Lípari y fundaron un monasterio benedictino, del que quedan algunos restos cerca de la Catedral. En 1331, se reconstruyó la sede episcopal unida a la de Patti; en 1340, Roberto I de Nápoles ocupó Lípari. Tras diversas vicisitudes, fue atacada varias veces por los piratas durante el siglo XVI, hasta que, tras numerosos enfrentamientos cruentos, Carlos V la reconstruyó.

Antes de llegar a Lípari, donde había una parada de tres horas, nos ofrecieron un tour opcional para observar la costa occidental de Lípari y de Vulcano. Costaba 10 euros. Yo me apunté; mi marido, no. Así que él se bajó en el puerto, en tanto yo permanecí en el barco, que inició una navegación lenta para que pudiésemos ver las grutas, las calas, los escollos y los farallones de ambas islas.



Al ser un barco grande, no se aproximaba tanto a los acantilados como las lanchas en las que he ido otras veces para actividades semejantes, pero la excursión estuvo bastante bien, con rincones e hitos espectaculares (La Roca del Papa Giovani o La Momia), algunos relacionados con la mitología, como el paso entre dos farallones mencionado en la Odisea.

Me gustó mucho también el perfil de la Isla de Vulcano, en la que se distinguían perfectamente las estampas de sus volcanes. Durante la Edad Media, su cráter principal era considerado la boca del infierno, en la que ardían las almas de los impíos que eran arrojados a su interior.

Con una superficie de 21 km2, su mayor altura alcanza los 499 metros y cuenta con uno de los cuatro volcanes no submarinos activos en Italia, si bien la última gran erupción se produjo en 1890. Se hacen paseos guiados hasta la cima del Gran Cráter para contemplar las fumarolas, la ceniza y las manchas amarillas de azufre bordeando el cono. Pero esa era otra excursión, así que me conformé con divisar grutas y calas escondidas en cuevas, como “la Gruta del Caballo” y “las Piscinas de Venus”.

Isla de Lípari.
Terminado el recorrido, llegamos a la Isla de Lípari, la mayor del archipiélago (37,29 km2) y la más poblada (10.000 habitantes). Desde el mar, se tiene una vista muy pintoresca de su capital, presidida desde lo alto de un peñasco por el castillo y la Catedral, mientras que una llamativa hilera de casas de colores se extendían a nivel del agua.


Marina Corta, el puerto pequeño, comunica directamente con la Piazza Ugo di Sant'Onofrio, el centro neurálgico de la capital, presidida por la estatua del santo. La mañana era calurosa y soleada, así que Lípari estaba llena de turistas, aunque sin perder el encanto que le otorgan las barcas y las casas marineras, con multitud de tiendecitas y terrazas.

Dos horas (comida incluida) no era tiempo suficiente para recorrer todo el centro histórico, pero intenté sacarle el mayor partido posible. Así que me dirigí a la Iglesia de las Almas del Purgatorio, que estaba a mi izquierda, subiendo una escalinata decorada con motivos marineros. Fue construida a mediados del siglo XVI para honrar a las víctimas del saqueo del pirata Barbarroja. Pequeña, pero bonita.


Por Via Giuseppe Garibaldi, una calle principal, estrecha pero muy cuidada, me dirigí hacia la parte alta. Desde una bocacalle pude divisar la Catedral, coronando una tremenda escalera que pasé por alto, ya que sabía que se puede subir siguiendo la propia calle mucho más cómodamente.



De la fortaleza de 1560 apenas quedan los muros que se yerguen en un promontorio a 50 metros de altura, junto con algunas puertas medievales. El acceso a las murallas es gratuito y ofrece unas bellas panorámicas de las calas y la costa.

Más interesante resulta el Museo Arqueológico “Luigi Bernabó Brea”, el más importante del archipiélago, está en el recinto del castillo. Solo me dio tiempo a visitar los restos arqueológicos que se hallan al aire libre.

La Concatedral de San Bartolomé, cuyo origen se remonta aproximadamente al año 1080, fue reconstruida tras el ataque de Barbarroja con una mezcla de elementos medievales y estilo barroco. El interior está decorado con frescos y conserva la estatua en plata del santo. Junto a la Catedral, se halla un claustro normando del siglo XI.




No me pude entretener todo el tiempo que me hubiese gustado, así que bajé por la escalinata, di un paseo entre las callejuelas que rodean el puerto pequeño y me reuní con mi marido para comer. Naturalmente, no podíamos aspirar a un almuerzo opíparo, así que fuimos a un bar donde preparaban unos estupendos bocadillos de estilo tradicional.



