Isla de Panarea.
Navegando entre farallones y con la sobrecogedora imagen del Estrómboli de fondo, llegamos al puerto de Panarea, la segunda isla más pequeña de las Eolias con 3,4 km2 y 280 residentes, que aumentan muchísimo en verano, pues se han construido últimamente muchas casas y urbanizaciones para el turismo.



El sol azotaba con fuerza y hacía mucho calor. El entorno del puerto estaba abarrotado de gente y no le vi mucho sentido quedarme allí, así que me dirigí a un punto panorámico que había visto en un mapa. Íbamos a estar hora y media allí, así que me daba tiempo para recorrer la media hora de ida y la media de vuelta.

El camino era sencillo, ya que consistía en seguir una calle que serpentea a través de las casas y urbanizaciones que se extienden formando terrazas por la ladera de la colina, cuyo punto más elevado es la Punta del Corvo, con 421 metros de altitud sobre el nivel del mar.

No tuve que subir tanto, pero sí bastante hasta el punto panorámico. De paso pude contemplar vistas espectaculares y las típicas casas blancas de estilo mediterráneo, decoradas con flores, que contrastan con el azul intenso del mar. Bonito, pero demasiado turístico. En pleno verano, debe estar masificado. Eso sí, el tono del agua era precioso.


Tras pasar junto a la hornacina de la Virgen Negra, llegué al mirador, que se encuentra algo escondido en una zona con densa vegetación. Desde allí pude divisar la capital, el puerto y los islotes y farallones que surgen como afiladas agujas sobre el mar, algunos de los cuales tienen nombre, como Dattilo y Panarelli.


Isla de Estrómboli.
Volvimos a navegar cruzando entre farallones y rocas, a veces muy cerca de ellos, demasiado incluso teniendo en cuenta el tamaño del barco. Bueno, supongo que lo tienen todo controlado. En las zonas más espectaculares, la nave se paraba y daba la vuelta para que todo el mundo pudiera ver y fotografiar las mejores perspectivas. Buen detalle.

Finalmente, nos dirigimos hacia la mole del enorme y famoso volcán que dio origen y nombre a la Isla de Estrómboli, escenario de novelas (Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne) y películas (Stromboli, Terra di Dio, de Roberto Rosselini).

La isla no dispone de puerto como tal, sino de un embarcadero; de modo que los barcos en vez de atracar, llegan, dejan en tierra a los pasajeros y se marchan hasta la hora de volver a recogerlos. Su superficie es de 12,19 km2 y cuenta con unos 500 residentes.



Al lado del embarcadero hay una playa de grava negra. Disponíamos de tres horas allí, con lo cual mucha gente aprovechó para darse un baño.

Nosotros, de momento, preferimos dirigirnos al pueblo de San Vincenzo, el núcleo urbano principal de la isla, adonde llegamos tras caminar cuesta arriba por la Vía Roma hasta la Piazza de San Vincenzo, que cuenta con un fantástico mirador hacia el mar, cuyo punto culminante fotogénicamente hablando es el Islote Strombolichio y su faro blanco, junto al que pasaríamos con el barco más tarde.


Aquí también se encuentra la Catedral de San Vicente Ferrer, construida a mediados del siglo XIX y que entramos a visitar. El pórtico está coronado por un rosetón y en el interior hay frescos realizados entre 1979 y 1987 por el artista Giampaolo Talani.



Estuvimos también dando una vuelta por los campos adyacentes y sus pequeñas urbanizaciones, obteniendo vistas resultonas del volcán, cuya estampa negra contrasta con las casas blancas de estilo mediterráneo, las flores, el verde de la espesa vegetación y el intenso color azul del mar.



Estábamos algo cansados y acabamos en la playa, metiendo los pies en el agua. Estaba calentita, pero la grava hacía daño en los pies. No me gustó.

Rodeando Estrómboli.
A la hora indicada, regresamos al barco, que zarpó hacia la zona de la isla más cercana al volcán, donde mejor se ve el cráter y las bombas y cenizas que arroja, cuando las arroja. Antes rebasamos algunos picachos, siendo el más espectacular el que habíamos divisado desde la Catedral de San Vicente, denominado Strombolicchio, con su faro blanco en lo más alto. El barco le dio la vuelta completa y tener aquellas agujas de piedra apenas a pocos metros fue todo un plus. Realmente impresiona.


Sciara del fuoco.
Llegamos a este icónico lugar donde el verde se acaba, desgajado y negro por sus legendarios ríos de lava. El cráter aparecía rodeado por unas cuantas nubes a modo de corona. ¡Vaya por Dios!

El sol empezaba a ponerse, pero todavía faltaban muchos minutos para que la oscuridad fuese completa. De todas formas, el atardecer fue muy bonito, con el volcán iluminado por los últimos rayos de sol. El barco se detuvo frente al coloso, esperando que el fuego prendiese el cráter. Pasaban los minutos y nada ocurría, así que creímos que nada iba a suceder.

De pronto, una nube de humo negro manchó el cielo. Y se escuchó algo parecido a un trueno lejano. Exclamamos y aplaudimos, pero no resultaba tarea fácil hacer fotos al cráter con la dichosa nube delante, aunque su color blanco contrastaba perfectamente con el humo negro de la erupción (si se le puede llamar así).

Otra vez sonó el estruendo, aunque estábamos con la cámara preparada, nos pilló por sorpresa. A la tercera, logré enfocar un poco y apareció el fuego. Impactante, aunque seguramente lo hubiese sido mucho más de haber sido noche cerrada, como sucede en otras épocas del año. Y se repitió otra vez. Pero, claro, te cansabas de estar cámara en mano esperando que sucediese y luego a toda prisa, pues las fotos no salieron bien. En fin, un recuerdo.


Tras estar más de media hora allí, dando vueltas sobre sí mismo para que todo el mundo pudiese contemplar el espectáculo desde su asiento (nadie estaba sentado), el barco inició la travesía de regreso. Todavía tardaríamos más de dos horas en llegar a Tropea. Aprovechamos para tomarlos los restos de bocadillo que nos habían sobrado de la comida. En un momento dado, vimos un grupo de delfines saltando alegremente a nuestro lado. No pude hacerles ni una foto decente. El sol se ponía y dejaba unas imágenes muy bonitas, con la silueta del Strombolicchio.


Llegamos casi a las once de la noche y nos fuimos directamente a dormir. La mayoría de los pasajeros aún tenían que llegar a sus destinos en coche o autobús. Nos sentimos afortunados de tener el alojamiento solo a tres minutos caminando desde el puerto. La excursión dura un montón de horas y abarca demasiado en poco tiempo, pero nos gustó mucho. Lo pasamos muy bien.

