Alojarse en Tropea requiere considerarlo bien previamente, pues las playas y el puerto están (lógicamente) a nivel del mar, mientras que el pueblo se halla en lo alto de un acantilado. Arriba, están los restaurantes, los monumentos, las callejuelas típicas, los miradores, las tiendecitas de recuerdos… Abajo, resulta más cómodo para ir a las playas, lo que no era nuestro caso, pero también para llevar coche y aparcarlo, algo fundamental para nosotros. Tuve la suerte de encontrar un alojamiento en la parte baja, muy cerca del puerto, lo cual nos venía muy bien para el crucero que íbamos a hacer a las Islas Eolias. Además de aire acondicionado, incluía desayuno y parking para el coche en el precio de 228 euros para dos noches. Está en una urbanización privada y se llama “Dreams Tropea Mare “Parking Private”.
Aquí me sucedió con la reserva en booking.com el único incidente de todo el viaje. Pese a ser cancelable gratuitamente, unos días antes de la llegada requría garantizar el pago con tarjeta de crédito. Ok. Sin embargo, desde booking me empezaron a entrar mensajes de que la reserva se iba a cancelar porque la tarjeta no era válida, aunque en el extracto bancario el dinero figuraba como retenido. Estuve hablando por WhatsApp con el encargado del alojamiento, quien me aseguró que todo estaba correcto. Así se lo comuniqué a booking a través de la mensajería de la web. Pero a pocas horas de salir para Italia, me apareció cancelada la reserva por falta de pago. El dinero seguía retenido. Entonces me puse en contacto con booking, pero no mediante atención al cliente, sino pinchando el enlace de quejas y litigios. Aunque era sábado por la tarde, tras un preámbulo de diálogo inútil con un robot, me pasaron a un operador, a quien le expliqué el asunto. El chico, muy majo, buscó a un compañero que hablara italiano, llamó al alojamiento y comprobó que la retención del dinero era correcta. Pero la reserva estaba cancelada por el sistema y no se podía revertir a través de booking al no quedar habitaciones disponibles para esas fechas. De modo que pactamos entre todos una solución: cancelación en booking sin gastos y el alojamiento nos mantenía la reserva en las mismas condiciones a nivel privado. Sin problemas una vez allí. Moraleja: mejor utilizar el enlace de incidencias y quejas que el de atención al cliente, donde no me hicieron ningún caso. Ya en el alojamiento, todo fueron facilidades: la habitación, bonita y confortable, el parking, perfecto y un anfitrión muy amable, que incluso prepara personalmente el desayuno. Además, nos recomendó un buen restaurante para cenar.

Tropea.
En realidad, elegí visitar este lugar porque desde allí salen los barcos que realizan cruceros por las Islas Eolias, pero no tenía ni idea de que se tratase del que está considerado como el pueblo más bonito y pintoresco de Calabria, cuyo sobrenombre es la Perla del Tirreno. Y, a toro pasado, no sé si será el más bonito, pero bonito, lo es.

Tropea pertenece a la provincia de Vibo Valentia, en Costa Bella o Costa degli Dei (Costa de los Dioses). Habitada desde la época romana, fue sede obispal en el siglo VIII, y prosperó mucho durante el dominio de los normandos y la Casa Anjou-Sicilia. Frente al mar, con playas de arena, su paisaje lo marcan cítricos, viñas y olivos. Actualmente cuenta con una población residente de unos 6.000 habitantes, que naturalmente se multiplica por varios dígitos en verano.

Visitando Tropea.
No tardé mucho en salir a patear. Más que las playas, me interesaba el pueblo, pese a la cara que se me quedó al ver las casas encaramadas sobre el acantilado, sesenta metros por encima de mi cabeza, con dos únicos medios para acceder: la carretera o una tremenda escalera que trepaba casi en picado. Pues, venga: arriba. Afortunadamente, tampoco fue tan terrible porque paré varias veces a ver el paisaje y hacer fotos del estupendo panorama que ofrecía el entorno de peñascos y el puerto.



Una vez arriba, comencé el recorrido por el núcleo histórico con ayuda de un mapa turístico municipal. Ya ubicada en el alto, en las calles, estrechas y empedradas, empecé a ver antiguos palacios (como el que alberga el ayuntamiento) y varias iglesias, como la Chiesa del Gesu, que entré a visitar ya que estaba abierta.


Según llegaba al centro, fui encontrándome con más gente en las calles, hasta que llegué a Affaccio del Corso, uno de los miradores más visitados, al final de Corso Vittorio Emanuele, que me deparó unas vistas maravillosas hacia la derecha, con Grotta delle Sirene y Spiaggia de la Rotonda, la más icónica y concurrida, con sus sombrillas de colores y sus aguas azul turquesa; y la Grotta del Palombaro y la Spiaggia Mare Picolo, hacia la izquierda.



Perdiéndome por las callejuelas, algunas a rebosar y otras vacías, llegué a la Piazza del Cannone, cuyo fantástico mirador depara unas vistas más amplias que el anterior, tanto de la costa, hacia el sur, como del Santuario de Santa Maria d’Isola, uno de los símbolos de la ciudad. También divisé la intrigante estampa del volcán Stromboli apareciendo enmarcado por el sol y con una leve estela de humo sobrevolando su cráter.



Quería ir al Santuario antes de que cerrasen, así que afronté (hacia abajo esta vez) la imponente escalera que llega al Lungomare, desde donde no puedes si no levantar la mirada para divisar las casas y los antiguos palacios sobre un acantilado salpicado de vegetación mientras las minúsculas formas de las personas se asoman a los miradores.


El origen de la Chiesa di Santa Maria d’Isola de Tropea se remonta a los siglos VII y VIII, cuando se convirtió en lugar de retiro para monjes y ermitaños. Dañada y reconstruida a lo largo de los siglos, su imagen actual es fruto de una restauración llevada a cabo en 1908 después de un terremoto que le causo profundos daños en 1905. Se sube a través de una escalera, surcando la cual se van obteniendo vistas cada vez más impresionantes del pueblo y la costa. Hay que pagar para acceder al interior del templo benedictino, donde el altar conserva algunas esculturas del siglo XVIII.

Pero lo que más me gustó fue el jardín panorámico al que se accede desde el templo, desde donde se contemplan unas panorámicas realmente espectaculares.



A continuación, bajé hasta las inmediaciones de la Grotta del Palombaro, una cueva marina escondida bajo el peñón del santuario, que cuenta con una pequeña playa en su interior.

Luego subí la escalera que me devolvió a la Piazza del Canone, desde donde inicié mi paseo por el centro histórico. Pasé por la Piazza Ercole, con multitud de terrazas de bares y restaurantes, llegué al Sedile dei Nobile, de 1703, y di varias vueltas por el entorno.

Catedralle de Maria Santissima di Romania.
Caminando por la Via Roma, aparecí frente a la Catedral, que fue construida por los normandos entre los siglos XII y XIII utilizando piedra de toba y volcánica. A lo largo del siglo XVII fue modificada de acuerdo con los gustos barrocos. Resultó muy dañada en los terremotos de 1783 y 1905, y recuperó su apariencia medieval tras la profunda restauración llevada a cabo entre 1926 y 1931 que eliminó los añadidos barrocos y medievales anteriores.

La fachada está incrustada en un pórtico ojival y tiene una bella decoración escultórica en los laterales. El interior (de acceso gratuito) presenta planta basilical con tres naves separadas por pilares octogonales. En el Altar Mayor se conserva un icono bizantino del siglo XIV con la imagen de la Madonna di Romania, Patrona de Tropea. Destacan también un crucifijo negro de madera de origen francés y las tumbas de familias nobiliarias del siglo XVI. Igualmente, se exponen dos bombas de la II Guerra Mundial que cayeron en los alrededores sin llegar a explotar, hecho que los lugareños atribuyeron a la intervención milagrosa de su patrona.

Por la noche, me reuní con mi marido y fuimos a echar un vistazo al restaurante que nos había recomendado el encargado del alojamiento, llamado Incipit (Largo Gallupi, 17), un establecimiento entre elegante y romántico. Nos gustó lo que vimos y nos quedamos a cenar en la terraza. Estaban muy ricos la calamarata, el risotto y otro plato con remolacha, que ahora no recuerdo cómo se llama. El servicio fue excelente y la calidad de la comida muy buena (mucho mejor de lo que aparenta la foto), así que no nos pareció demasiado caro que nos cobraran 74 euros por tres platos, copas de vino y postre. De todas formas, a mí no me gusta recomendar restaurantes ni hoteles porque en cuestión de gustos y bolsillos no hay nada escrito.

Tropea de noche.
Después de cenar, fuimos a dar una vuelta por las calles de Tropea, menos concurridas que durante la tarde. Y sus miradores seguían deparando vistas espectaculares, aunque faltaba el fantástico color del mar.



El encanto de Tropea nos conquistó. El pueblo es muy bonito y ofrece unas panorámicas de postal, aunque hay que prepararse para subir y bajar escaleras; muchas escaleras. Así que quien desee tenerlo como un destino de playa, mejor que se piense bien dónde alojarse. Además, supongo que en pleno verano debe estar hasta los topes. En mi opinión, es de esos lugares que se disfrutan más en temporada baja, paseando tranquilamente, y no tanto en la playa.

