Después de desayunar, iniciamos nuestra primera y única jornada completa en Nápoles, pues el día siguiente solamente estaríamos hasta la hora de almorzar. Cuando planteamos el viaje, pensamos que sería suficiente darle ese tiempo a la ciudad, pero una vez allí nos dimos cuenta de que había para ver más de lo que imaginábamos, así que se imponía priorizar.
Plaza del Plebiscito.
Al estar muy cerca de nuestro alojamiento, pasamos por allí a menudo, pero voy a contarlo todo de una vez para no repetirme. A primera hora de la mañana, a la luz del sol, mostraba todo su esplendor. A lo lejos, se apreciaba muy bien la estampa del Castillo de Sant’Elmo, fortaleza del siglo XIV situada sobre la colina del Vomero, con un diseño único en la arquitectura militar por su forma de estrella de seis puntas. Por otro de sus ángulos, aparecía la mole monumental de la Galería Umberto I.



Palacio Real.
Lo primero que hicimos fue visitar el Palacio Real. Quizás no hubiese hecho falta al haber ido antes al Palacio de Caserta, pero ya que estábamos allí, no quisimos desaprovechar la oportunidad.

Construido en 1600 por el arquitecto Domenico Fontana, a lo largo de tres siglos representó el centro del poder en Nápoles y el sur de Italia. Sucesivamente, fue residencia de los virreyes españoles, los Austrias, los Borbones y los Saboya. Su fachada principal mide más de 110 metros y tiene un estilo renacentista tardío con detalles barrocos. Combina ladrillos de terracota oscura con piedra volcánica gris. En 1888, el rey Humberto I de Saboya añadió ocho grandes estatuas de mármol de los dinastías que reinaron en Nápoles desde que se fundó el reino en el siglo XI: Roger II de Sicilia (normando), Federico II de Hohenstaufen (Suevo), Carlos I de Anjou (angevino), el Emperador Carlos V (Habsburgo), Carlos III de España (Borbón), Joaquín Murat (época napoleónica) y Victor Manuel II de Italia (Saboya).

Era temprano y había poca gente en las taquillas. Entramos sin colas. No me acuerdo cuánto nos costó la entrada, creo que unos 15 euros. La Biblioteca Nacional de Nápoles está ubicada en el mismo edificio. El acceso al Jardín Colgante se paga aparte, pero no estaba disponible durante nuestra visita.

La Gran Escalera de Honor impresiona bastante. Flanqueada por estucos y grandes ventanales, está construida con mármol blanco de Carrara y mármoles policromados.

Después recorrimos los Apartamentos Históricos, compuestos por una treintena de salas ricamente decoradas con pinturas, tapices, frescos y mobiliario de las diferentes épocas.



Algunos salones me parecieron demasiado recargados, casi agobiaba estar allí dentro, con esos colores tan oscuros e intensos y la exageración de dorados como contrapunto… Al fin y al cabo se hicieron para presumir de riquezas e impresionar a los invitados de los reyes y a los delegados de otros países. El Salón del Trono era el centro del poder real. Cuenta con el trono original del siglo XIX, dorado y bajo un dosel de terciopelo rojo flanqueado por figuras también doradas sobre fondo verde y techo a juego alabando a la monarquía.


La Capilla Real o Palatina tampoco anda falta de lujos y ornamentos desmedidos. El Altar Mayor está decorado con piedras semipreciosas y cuenta con un belén napolitano con figuras de los siglos XVIII y XIX. Y el Teatro de la Corte, pequeño y privado, integrado dentro del Palacio. Tiene estilo rococó con estatuas de papel maché y se restauró tras los daños que sufrió durante la II Guerra Mundial.



Pero como, sobre todo en este caso, una imagen vale más que mil palabras, pongo unas fotos que lo explicarán por sí mismas mucho mejor de lo que pudiera contarlo yo.



Basílica de San Francisco de Paula.
Situada justo enfrente del Palacio Real, su diseño circular está inspirado en el Panteón romano de Agripa, con una cúpula de 53 metros de altura. Su origen se remonta a la época de dominio napoleónico con Murat, si bien fue el rey Fernando I de las Dos Sicilias quien retomó las obras y mandó edificar un templo dedicado a San Francisco de Paula en cumplimiento de una promesa que le hizo al Santo si recuperaba el trono.

El interior destaca por la luz natural que recibe a través de un óculo situado en el centro de la cúpula. Su planta circular está rodeada de columnas corintias y el revestimiento es de mármol blanco. El acceso es gratuito.

Galería Umberto I.
A continuación, nos dirigimos a la imponente Galería Umberto I, un fantástico espacio comercial público situado enfrente del histórico Teatro de San Carlos. Construida entre 1887 y 1890, destaca por su cúpula de vidrio y hierro. Su estilo es neo-renacentista y el suelo está revestido de mosaicos de colores que, entre otras figuras, representan los signos del zodiaco.



En la mañana de un sábado de junio, estaba a tope de gente, pero el recinto interior es tan inmenso que, aparte de algún que otro empujón, la multitud no impide admirar su grandeza. Parece mentira la diferencia que existe entre la majestuosidad de este conjunto de edificios y su conservación impecable con el terrible mantenimiento de muchas casas de vecindad que se hallan apenas a cien metros. Pero ese contraste es el que define a Nápoles.

Barrios Españoles.
Por la famosa Vía Toledo (a la que me referiré después), llegamos a los Quartieri Spagnoli (Barrios Españoles), que se centran fundamentalmente en el barrio de Montecalvario y algunas zonas de San Ferdinando y Avvocata.



Hace unos años se consideraba un lugar peligroso para los turistas por su alto grado de delincuencia, pero ahora la situación ha cambiado por completo, siendo una visita obligada en cualquier itinerario por Nápoles. Suele estar muy concurrido, con multitud de terrazas, bares y tiendas de todo tipo. Me pareció bastante seguro de día, y también a primeras horas de la noche, que es cuando anduve por allí. No obstante, hay que ir con la lógica prudencia, llevar el bolso bien sujeto (cruzado a ser posible) y tener cuidado con las motos y las bicicletas que van a lo suyo, circulando a toda velocidad incluso entre las masas de gente y en los callejones estrechos y empinados.



Su historia se remonta al siglo XVI, cuando Don Pedro de Toledo, virrey español, los construyó a partir de 1536 para albergar a las guarniciones de la Corona de Aragón y contener posibles revueltas. Llama la atención la altura de los edificios en unas calles tan estrechas, teniendo en cuenta la época; pero había que ahorrar, pues el terreno era caro y se necesitaba favorecer la concentración de las tropas. Con el tiempo perdió su función militar y se convirtió en un masificado barrio popular y comercial.


Lo mejor es perderse por el laberinto de callejuelas con fachadas de colores, ropa tendida de lado a lado, vecinos gritando, vendedores que intentan atraer a los clientes con cualquier señuelo, insistentes captadores para mesas de restaurantes y, claro está, la presencia continua de todo tipo de recuerdos que aluden a Maradona.


Así que un destino inevitable es Largo Maradona, en la Vía Emanuele de Deo, donde se encuentra su famoso mural gigante, cuya localización figura incluso en Google Maps. Y, guste o no el futbol o el futbolista, merece la pena ir, pues mientras llegas, recorres una buena parte del barrio casi sin darte cuenta.



Sin embargo, tardé un poquito en localizarlo, pues el solar al que se asoma el muro donde está la pintura se halla en obras y tapado por unas lonas; pero no faltan agujeros en la tela por los que asomarse y mirar. Me decepcionó, la verdad. Esperaba algo más espectacular. De hecho, vi otros murales de Maradona bastante más llamativos.



Nápoles Subterránea.
La ciudad está recorrida en sus entrañas por una enorme red de túneles, galerías, acueductos y cisternas ocultas a 40 metros de profundidad bajo el centro histórico. Este laberinto invisible desde la superficie comenzó a trazarse hace más de dos mil cuatrocientos años, pues lo iniciaron los griegos, se amplió con los romanos y allí se refugiaron los napolitanos durante la II Guerra Mundial.

Me apetecía mucho visitar estos lugares, pero cuando consulté en internet para apuntarme a un tour guiado, supe que no hay un único recorrido, sino cinco diferentes: Napoli Sotterranea Official (túneles y acueducto), Galería Borbónica (túnel militar), San Lorenzo Maggiore (ruinas arqueológicas), Catacumbas de San Genaro (cementerio paleocristiano) y Barrio Español (cavidades y canteras). Cada cual escogerá lo que más le interese.


En esta ocasión, más que en el contenido de cada visita, me fijé en que las explicaciones se diesen en español y en que el horario se acoplase a mis necesidades, pues quería ver muchas cosas y disponía de poco tiempo. Al final, me apunté a la visita de las cavidades y canteras que están bajo el Barrio Español. Me costó 15 euros y reservé en GetYourGuide, pero no es uno de sus guías quien realiza la visita, sino la asociación que se ocupa de mantener estos sitios. Bueno, no voy a contar su historia porque me eternizaría y tampoco viene al caso.

Tras bajar a pie cuarenta metros por una escalera que se retorcía sobre sí misma, caminamos a través de túneles y cavidades, viendo canteras excavadas por los griegos, cisternas romanas, el acueducto de Carmignano, pozos desde donde los aguadores subían el agua a las casas, refugios de la II Guerra Mundial con tanques de agua secos, grafitis de la época, muebles, juguetes…


La guía, que hablaba un español perfecto, era joven, muy simpática y se le notaba que ama su trabajo y la historia de su tierra. El recorrido, de unos tres kilómetros, duró más de hora y media y fue bastante entretenido. Eso sí, hay que bajar y subir un montón escaleras, pasar incluso de perfil a través de túneles sumamente estrechos, en cuclillas en ciertos puntos. Tampoco requiere un especial poderío físico, pero es obligatorio calzado cómodo que no resbale y, sobre todo, no padecer claustrofobia.


Almuerzo napolitano.
Entre unas cosas y otras, eran más de las dos y había que comer. Me reuní con mi marido en la Plaza del Plebiscito y decidimos ir a Da María, una Trattoria del Barrio Español que nos había recomendado el encargado de nuestro alojamiento, situada en Vico Tiratorio, 7, con ambiente familiar y auténticos platos napolitanos. Hacía mucho calor, así que nos encantó que el camarero nos preguntase si preferíamos terraza o comedor con… ¡aire acondicionado!
Estuvimos de lujo en un local pequeñito, con un servicio estupendo y platos muy ricos, aunque a estas alturas no me acuerdo qué fue concretamente lo que tomamos (pasta, eso sí, pero cocinada de un modo muy especial). El precio fue comedido: menos de 60 euros, incluyendo postres y café.
Estuvimos de lujo en un local pequeñito, con un servicio estupendo y platos muy ricos, aunque a estas alturas no me acuerdo qué fue concretamente lo que tomamos (pasta, eso sí, pero cocinada de un modo muy especial). El precio fue comedido: menos de 60 euros, incluyendo postres y café.
