Dejamos Paestum pasadas las dos. Queríamos llegar lo antes posible a Nápoles, así que para ahorrar tiempo decidimos comer en alguna estación de servicio de la autoestrada A-3, que une Salerno con Nápoles. Fueron varias veces las que la utilizamos y pronto aprendimos que los 2,60 euros que cuesta se haga el trayecto que se haga hay que abonarlos en metálico en la máquina, porque aunque hay filas de “pago con tarjeta”, era imposible hacerlo así una vez frente al cajero.
Era viernes por la tarde y en dirección contraria a la nuestra vimos unos atascos considerables de napolitanos que se dirigían hacia las playas del sur. Para llegar a nuestro alojamiento, tuvimos que cruzar la ciudad, lo que, a pesar de sus innegables peculiaridades en cuanto al tráfico, tampoco fue para echarse a temblar. Desde luego, lo mejor es no llevar coche. Y eso hace la mayor parte de los visitantes con toda la razón, pues allí el coche no hace falta para nada. Pero nuestro caso era diferente al traerlo puesto desde casa, así que el alojamiento estuvo condicionado por esa circunstancia. Pese a su mala fama, muchos visitantes suelen alojarse en las inmediaciones de la Plaza Garibaldi, con buenos precios y cerca de la estación de los trenes que se utilizan para visitar otros lugares turísticos. Tampoco era nuestro caso. Así que me esforcé en buscar un establecimiento céntrico desde donde movernos a pie, con aire acondicionado y parking. Algo así no es barato en Nápoles, y más aún en fin de semana, pero era un peaje que teníamos que pagar; y lo sabíamos. Al fin, encontré "Re Lazzarone Suite", con buena ubicación, en la calle Monte di Dio, muy cerca de la Plaza del Plebiscito, y que disponía de garaje vigilado en el mismo edificio avisándolo con tiempo; y así lo hicimos. También incluía desayuno. Nos costó 297,84 euros para dos noches, un importe que dimos por bien empleado teniendo en cuenta que no utilizamos el trasporte público para nada y la tranquilidad que nos dio dejar el coche en un lugar seguro.
La habitación era moderna, cómoda y tranquila. El aire acondicionado funcionaba perfectamente. Insisto mucho sobre esto, pero es que hacía bastante calor. Disponía de nevera, cafetera y también podíamos utilizar un cuarto común para los huéspedes, con mesas, sillas y máquina de bebidas. El dueño fue muy amable: nos facilitó todo tipo de información de la ciudad, un mapa turístico y hasta nos recomendó un par de restaurantes. Además, nos dejó una botella de vino espumoso italiano en la nevera, del que dimos debida cuenta en su momento
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Primer paseo por Nápoles.
Como tengo por costumbre y pese al calor, salí a turistear en cuanto nos instalamos. Habíamos estado en Nápoles unos treinta años antes, pero fue de paso y sin entretenernos mucho. Como estaba muy cerca, se me ocurrió que podía aprovechar la tarde para visitar el Palacio Real, pero estaba cerrado por un evento y quedó para el día siguiente. Entonces me propuse dejarme llevar y no ceñirme a un itinerario preconcebido, aunque sin perder de vista el plano que me había facilitado el encargado del alojamiento y teniendo la Catedral como objetivo final.

Desde el hotel, pasé por la boca de metro de Chiaia, bajé por la Vía Genaro Serra y llegué a la Plaza del Plebiscito, a la que encontré tal como aparecía en mis fotos de hace tres décadas. Situada entre el Paseo Marítimo (Lungomare) y la calle Toledo, está entre las más grandes de Italia con una superficie de 25.000 m2. Debe su nombre al plebiscito del 21 de octubre de 1860 que decretó la anexión del Reino de las Dos Sicilias al Reino de Italia.
La Plaza es enorme. Cuesta captarla entera incluso con panorámica.


Muy fotogénica, la rodean varios edificios históricos: el Palacio Real, la Basílica de San Francisco de Paula, la Prefectura y el Palacio de Salerno. Cuenta con un pórtico semielíptico que recuerda al de la Basílica de San Pedro de Roma. En el centro se pueden ver las estatuas ecuestres de Carlos III de España y Fernando I de Borbón. Le dedicaré más tiempo en otro momento.

Giré a la derecha por la Vía Cesario Console y bajé hasta un mirador que está frente al Porticciolo Molosiglio (el puerto deportivo), desde donde hay una vista muy chula de la ciudad, escoltada por la imponente figura del Vesubio iluminado por el sol a esa hora de la tarde.


Retrocedí por el Jardín del Molosiglio, con sus fuentes históricas e interesantes esculturas y monolitos. Continué en paralelo al mar por la Vía Ammiraglio Ferdinando Acton hasta superar la parte posterior del Castel Nuovo, que me brindó varias vistas por la parte posterior. Había leído que está en obras. Y parecía ser verdad, a juzgar por el lío de tráfico, vallas y suelo levantado que había por todas partes.



Pasé cerca del Puerto de Cruceros, divisé el Teatro Mercadante y tras meterme por no sé dónde, aparecí en Corso Umberto I, una avenida de 1,3 kilómetros de longitud, también conocida como “Rettifilo” por su trazado completamente recto. Conecta el centro histórico con la Piazza Garibaldi y la estación de trenes. Construida a finales del siglo XIX, durante el periodo de saneamiento de la ciudad (Risanamento) tras una epidemia de cólera, cuenta con elegantes edificios de estilo neoclásico. Durante mi recorrido, incluso entré en una iglesia (no sé cuál era), haciendo buena mi idea de que, por si acaso, en Italia hay que entrar sí o sí en todos los templos que estén abiertos y sean gratuitos.



Sin embargo, esta calle tampoco me pareció un lugar cómodo para pasear, pues tiene mucho tráfico, mucha gente y mucho ruido. Como no era mi propósito llegar a la Piazza Garibaldi, donde no se me había perdido nada, giré a la izquierda para tomar la Vía Duomo en la Piazza Nicola Amore, de forma circular, tambien conocida como la de los cuatro palacios por los imponentes edificios simétricos, de estilo neorrenacentista, que flanquean sus esquinas. Aquí está la estación de metro "Duomo", en cuyo subsuelo, durante la excavaciones para su contrucción, se hallaron los restos del Santuario de los Juegos Isolímpicos, un complejo imperial del siglo I d.C., que incluía un templo dedicado a Augusto. Para no variar, la zona estaba en obras.



Surcar la Vía Duomo es comenzar a disfrutar del Nápoles tradicional, cruzando calles estrechas atestadas de personas y terrazas, fachadas desconchadas con grafitis, iglesias verdaderas o falsas y alusiones continuas a Diego Armando Maradona, convertido en héroe local. Aunque soy aficionada al fútbol, se me escapa una devoción tan exagerada; quizás debería ser napolitana para entenderlo. Claro que no hay que olvidar el beneficio económico que obtienen los tenderos lugareños vendiendo todo tipo de productos (camisetas, vasos, tazas, imanes, fotos...) relacionados con el astro argentino, cuyo trágico fallecimiento sin duda ha incrementado el mito. En fin, lo único cierto es que Maradona está omnipresente en Nápoles, especialmente en las zonas populares más visitadas por los turistas.





Tras un buen rato de vagar de un lado a otro, llegué frente a la Catedral, pero estaba cerrada, con lo cual no me entretuve demasiado: ya volvería en otro momento.

Así que emprendí un lento regreso hacia mi alojamiento, siguiendo las instrucciones de Google Maps. Sin saber por dónde, salí a la Vía Medina, en pleno centro, donde se halla el Hotel NH Panorama, que con sus 30 plantas es el edifico con más altura del centro de la ciudad y uno de los hoteles más altos de Italia (al menos, eso he leído). No dudo que las vistas sean fantásticas desde los pisos superiores, pero el impacto visual de tal mazacote de hormigón no deja de serlo también, mientras a la vuelta de cualquier esquina surgía la sorpresa. La luz empezaba a escasear y las fotos quedaban cada vez peor, así que en adelante hice muy pocas.



Pasé por la Piazza del Muncipio, donde está el ayuntamiento, situado en el Palazzo San Giacomo, frente al cual aparece la bonita Fontana de Neptuno. Enseguida salí a la Vía Vitorio Emanuele III, convertida en un maremágnum por las obras. Tras un auténtico caos de tráfico y rodeada de vallas y andamios, se adivinaba la estampa del Castel Nuovo, una imponente fortaleza medieval y renacentista cuyo origen se remonta al siglo XIII, pues fue construida bajo el reinado de Carlos I de Anjou. Se utiliza como sala de exposiciones y se puede visitar, aunque debido a la restauración tiene muchas dependencias cerradas, así que preferí visitarlo en otra ocasión.


Para finalizar mi primer paseo por Nápoles, di una vuelta rápida por la Galería Umberto I y volví a la Plaza del Plebiscito, que estaba empezando a iluminarse.
