Nuestro viaje estuvo muy lejos de ser un viaje de cooperación, pero nuestro interés por las necesidades del pueblo etíope, especialmente de su infancia, nos llevó a visitar varios orfanatos de las Misioneras de la Caridad de la Orden de Santa Teresa de Calcuta, el de Sidist Kilo en Addís, en Debre Markos y en Gondar. Desde mi más profundo ateísmo, no he podido dejar de admirar el trabajo que hacen estas mujeres en pro de los más desfavorecidos del país. Las sisters nos recibieron amablemente, y una de ellas, Sister S. nos mostró todas las estancias: la zona de los niños más pequeños, con los bebés en sus cunas, muchos enfermos; el pabellón de los hombres y ancianos, donde los más viejos agradecen la más mínima caricia o muestra de cariño apretando tu mano con fuerza; la zona de las mujeres, algunas con sus bebés al pecho, otras esperando ser atendidas y recibidas por las Hermanas; la reservada a los enfermos más graves, con enfermedades tanto físicas como mentales. A pesar de sus duras circunstancias los son todo lo felices que se puede ser en un centro, juegan, corren y ríen despreocupados y en el fondo son unos privilegiados, pues disponen de una cama y comida caliente que los niños de la calle no tienen a su alcance.
En el pabellón infantil de Gondar había un niño de unos 8 ó 9 años, no más, sentado en una cama. Sister S. le pidió que nos mostrara lo bien que escribía. Así lo hizo, y fue entonces cuando comprobamos que el pequeño estaba mutilado: no tenía brazos, sólo dos muñones en los hombros. Con pasmosa facilidad cogió el cuaderno con sus pies y lo abrió. Agarró un lápiz con sus dedos sorprendentemente ágiles y escribió para nosotros, tímido pero orgulloso, su nombre en amárico. Fue conmovedor verle escribir, saber que iba a la escuela a diario, aunque lo más probable es que le espere un futuro duro e incierto. Sister S. nos contó que vivía allí desde pequeño, abandonado tal vez por su condición de lisiado. Nos dijo que era un niño vivo e inteligente que quería estudiar. Le hubiera gustado ser médico. No iba a tener la más minima oportunidad de serlo.
A veces no quieres llorar, pero la rabia y la impotencia inundan tus ojos y las lágrimas resbalan imparables por tus mejillas.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
Fotografía:
-Dos jóvenes nos saludan alegres desde su carro, Gondar.
En el pabellón infantil de Gondar había un niño de unos 8 ó 9 años, no más, sentado en una cama. Sister S. le pidió que nos mostrara lo bien que escribía. Así lo hizo, y fue entonces cuando comprobamos que el pequeño estaba mutilado: no tenía brazos, sólo dos muñones en los hombros. Con pasmosa facilidad cogió el cuaderno con sus pies y lo abrió. Agarró un lápiz con sus dedos sorprendentemente ágiles y escribió para nosotros, tímido pero orgulloso, su nombre en amárico. Fue conmovedor verle escribir, saber que iba a la escuela a diario, aunque lo más probable es que le espere un futuro duro e incierto. Sister S. nos contó que vivía allí desde pequeño, abandonado tal vez por su condición de lisiado. Nos dijo que era un niño vivo e inteligente que quería estudiar. Le hubiera gustado ser médico. No iba a tener la más minima oportunidad de serlo.
A veces no quieres llorar, pero la rabia y la impotencia inundan tus ojos y las lágrimas resbalan imparables por tus mejillas.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
Fotografía:
-Dos jóvenes nos saludan alegres desde su carro, Gondar.