Después de pasar varios días en Katmandú, estábamos deseosas de salir del caos, ver verde y respirar aire limpio. Así que nos embarcamos en una aventura de 3 días junto a una mujer alemana de las que nos hicimos amigas y a un guía autóctono.
Cogimos algunas de nuestras cosas y el resto del equipaje lo dejamos en el hotel de Katmandú porque volveríamos allí después de esos días. Si hay algo que merezca la pena de este país son sus vistas, y no hay mejor manera de conocerlas que ponerte a andar por las montañas y olvidarte de todo. Y eso es lo que hicimos. Caminamos y caminamos hasta que me dolían músculos que ni conocía. Solos nosotros 4, sin más turistas, sin más vendedores, sin más “Take a look”.
Laderas de miles de montañas cubiertas por completo de un verde cegador del que nunca te cansabas. Caminar por las aldeas y recibir sonrisas en cada segundo.


Tuvimos la suerte de quedarnos en un hotel genial en Nagarkot, en lo alto de la montaña, y apenas sin comunicación, lo cual me ayudaba a no pensar en las incertidumbres que había dejado atrás en España.
Los niños corrían cuando nos veían aparecer para decirnos “Hello” o pedirnos un “Sweet” , y los señores nos preguntaban si estábamos casadas. El School Bus recogía a los chavales completamente uniformados e ilusionados con sus mochilas.

