Nuestro siguiente destino es el castillo de Larnach, uno de los pocos existentes en Nueva Zelanda y en perfecto estado. Hay que tener en cuenta la corta vida histórica del país por lo que en cuanto a arte no son muchas ni antiguas sus edificaciones.
El castillo está situado en lo alto de una colina de la península de Otago y se trata de una mansión de finales del XIX. Una vez recorrido el castillo no hay que perderse las espectaculares vistas que nos ofrece de la península de Otago:

www.larnachcastle.co.nz/index.pasp
Volvemos a Dunedin y recorremos su conocida plaza Octagon y alrededores donde encontramos un restaurante que anuncia carnes a la piedra. Nueva Zelanda tiene un montón de cosas buenas pero la comida no lo es especialmente. Salvo los kiwis, no hay un plato típico que pueda destacar por eso la mayor parte de las comidas las realizamos en la caravana y los camping.
Lo malo del invierno es que las horas de luz no son demasiadas así que nos dirigimos hasta nuestro siguiente destino, las Parakaunui Falls. Damos alguna pequeña vuelta para dar con el sitio porque la noche se nos echa encima y cuando lo conseguimos ya es noche cerrada. No hay absolutamente nadie. De hecho no se a cuántos kilómetros puede estar la vivienda más cercana. Hemos encontrado unos baños públicos y una explanada suficiente para aparcar las dos caravanas y con el sonido de las cascadas que podemos oir pero aún no ver y una pequeña lluvia que empieza a caer pasamos otra noche de ensueño en un mar de tranquilidad. Metido en mi saco esta vez cierro los ojos para olvidarme del ruido de coches, sirenas, gatos o vecinos discutiendo; solo escucho el ruido de una cascada cercana y sin atisbos de más civilización alrededor. Esto no tiene precio.