Evidentemente, Italia es Italia y visitar estas ciudades, en especial Florencia y Siena y la parte más típica de Pisa, es todo un placer para los sentidos.
Florencia

Ya conocíamos Florencia de viajes anteriores, y nuestro viaje de una semana no nos daba para dedicarle mucho tiempo, por eso no recorrimos la ciudad en plan agonía museo tras museo e iglesia tras iglesia, nos dedicamos simplemente a andar, escoger lo que nos parecía más divertido para los niños y acercarnos a algo que recordábamos especialmente hermoso.
Pasamos día y medio en la ciudad. El primer día fuimos en tren desde Pistoia, tarda algo menos de una hora y deja en la estación de Santa María Novella. Los trenes pasan con mucha frecuencia desde primeras horas de la mañana hasta las nueve de la noche. El tren cuesta 9,2 € i/v, los niños no pagan. Entre peaje, gasolina y, sobre todo, parking urbano, el precio es el mismo que ir en coche, pero claro se tarda un poco más. El segundo día si que fuimos en el coche, era domingo y apenas había tráfico (y el parking era gratis).
Paseamos por Strozzi, con sus tiendas de lujo (hay una de Ferrari chulísima) y su ambiete sofisticado. Deambulamos por estrechas calles hasta llegar a la Catedral. A los niños les encantó la preciosa tienda de juguetes de madera de Bartolucci en la vía della Condotta.
Pasamos día y medio en la ciudad. El primer día fuimos en tren desde Pistoia, tarda algo menos de una hora y deja en la estación de Santa María Novella. Los trenes pasan con mucha frecuencia desde primeras horas de la mañana hasta las nueve de la noche. El tren cuesta 9,2 € i/v, los niños no pagan. Entre peaje, gasolina y, sobre todo, parking urbano, el precio es el mismo que ir en coche, pero claro se tarda un poco más. El segundo día si que fuimos en el coche, era domingo y apenas había tráfico (y el parking era gratis).
Paseamos por Strozzi, con sus tiendas de lujo (hay una de Ferrari chulísima) y su ambiete sofisticado. Deambulamos por estrechas calles hasta llegar a la Catedral. A los niños les encantó la preciosa tienda de juguetes de madera de Bartolucci en la vía della Condotta.

Llegamos al Duomo, y, al igual que otras veces, nos encandiló con sus geométricos juegos de color con el mármol. La rodeamos, admirando el trabajo de los maestros que trabajaron la piedra y la prodigiosa destreza de Bruneleschi. La esbelta torre hace un extraño contraste con el redondeado baptisterio, con sus magníficas puertas. Disfrutamos de todo esto, intentado abstraernos de las oleadas de gente, los coches de caballos, las chinas vendiendo pañuelos para entrar en la catedral, los guías con sus paraguas de colores y las filas de personas delante de cualquier trocito fotografiable. Es por eso que, a pesar de esperar pacientemente a las Puertas del Infierno (digo... del Paraíso) del baptisterio, sólo nos pudimos acercar con el zoom de la cámara de fotos. El escaso espacio lo copaba un enorme grupo con guía que sustituía a otro en un ciclo inacabable.

Decidimos entrar al interior de la catedral. Sorprendentemente había poca gente dentro. Es verdad que es un interior desnudo (comparado con otros interiores italianos), como si estuviera inacabado, pero resulta grandioso. Tiene bellos mosaicos en el suelo. El reloj de una de las puertas es muy curioso. Y sobre todo, la pintura que adorna la famosa cúpula es espectacular.

A pesar de la cola, nos subimos a la cúpula de la catedral. Es una subida divertida, agotadora y curiosa porque se va andando por dentro de la doble cúpula en una empinada espiral. Y se consigue ver la pintura de la cúpula casi rozándola, claro que para eso hay que andar por un pequeño balcón que rodea su arranque, que permite admirar el maravilloso mosaico que forma el suelo y ver a la gente como hormiguitas. Desde luego, e esta subida abstenerse claustrofóbicos y personas con vértigo. Arriba las vistas son preciosas, de la torre de la catedral y de toda la ciudad.

Después de comer (sí, sólo lo anterior fue toda la mañana), dimos el típico paseo por la Piazza della Signoria, puro arte en la calle, la Galería Uffizi y el Ponte Vecchio, con sus tiendecillas de oro de verdad (¿alguien comprará algo en ellas?).


Para terminar el día se nos ocurrió ir hasta el Palazzo Pitti para ver los famosos Jardines Boboli. La verdad, aparte de bonitas vistas en un cierto ángulo de la cúpula de la catedral, lo único que encontramos fue mucha tierra, mucho calor y grandes árboles que no llegaban a crear ni la más mínima sensación de frescor. La entrada a las grutas artificiales (que no conseguíamos encontrar porque están bastante mal indicadas) se cerraron justo cuando conseguimos llegar (18:00), cosa que no nos advirtieron en la taquilla.


Esto fue un día, no apurado, pero tampoco hubiera dado tiempo para mucho más sin entrar en maratón.
El segundo día entramo en algunas iglesias: la de Orsanmichelle, con sus hermosas pinturas y su aire de recogimiento, cerca de la catedral; la de Santa Croce que, a pesar de lo que diga la Lonely Planet según Forster, es una de mis iglesias favoritas, estaba en restauración, al menos podemos ver las hermosas tumbas de Galileo Galilei, Miguel Ángel y Dante; entramos en las Capillas Médicis de San Lorenzo, también en restauración e intentamos ver la famosa Escalera de la Biblioteca Laurenziana (cerrada por ser domingo).
El segundo día entramo en algunas iglesias: la de Orsanmichelle, con sus hermosas pinturas y su aire de recogimiento, cerca de la catedral; la de Santa Croce que, a pesar de lo que diga la Lonely Planet según Forster, es una de mis iglesias favoritas, estaba en restauración, al menos podemos ver las hermosas tumbas de Galileo Galilei, Miguel Ángel y Dante; entramos en las Capillas Médicis de San Lorenzo, también en restauración e intentamos ver la famosa Escalera de la Biblioteca Laurenziana (cerrada por ser domingo).


Terminamos este medio día paseando hasta uno de los mercadillos más conocidos de la ciudad para comprar los últimos regalos y permitir que los niños metan los dedos en el Porcellino (aunque mi hija asegura que jamás de los jamases volverá a Florencia en verano).
Al volver, encontramos una tienda curiosa en una estrecha vía Borgo Santa Croce, es una perfumería (Perfumería Flor) y en ella misma hacen los perfumes. Se encuentra en un hermoso edificio con un bonito claustro. Entramos mi hija y yo como si estuviésemos haciendo algo malo porque tiene la atmósfera del recogimiento de una extraña capilla. No me atrevo a pedir permiso para hacer una foto porque una elegante pareja copa la atención del vendedor con aire de comprar alguno de esos carísimos perfumes.
En fin, una hermosa visita, que ganó puntos el segundo día al hacer menos calor.
Al volver, encontramos una tienda curiosa en una estrecha vía Borgo Santa Croce, es una perfumería (Perfumería Flor) y en ella misma hacen los perfumes. Se encuentra en un hermoso edificio con un bonito claustro. Entramos mi hija y yo como si estuviésemos haciendo algo malo porque tiene la atmósfera del recogimiento de una extraña capilla. No me atrevo a pedir permiso para hacer una foto porque una elegante pareja copa la atención del vendedor con aire de comprar alguno de esos carísimos perfumes.
En fin, una hermosa visita, que ganó puntos el segundo día al hacer menos calor.
Siena

A Siena llegamos en unos 20 minutos desde nuestro agriturismo del Chianti.
Aparcamos bajo la gran muralla, lo que nos permitió entrar por la Puerta de Roma, con bonitas vistas sobre todo el campo toscano. Así, damos un paseo por la ciudad mientras llegamos a la conocida Piazza del Campo. Es una ciudad con edificios históricos de cuatro o cinco plantas. Salpican los edificios bellas iglesias y rincones agradables.
Resulta una ciudad bonita, sin más, hasta que por una estrecha calle vemos levantarse la Torre del Mangia. Altísima, la más alta de este tipo en Italia, y majestuosa. La plaza llama la atención por su tamaño y su belleza. Los turistas (no muchos aún) se quedan en la alargada sombra de la torre porque, aunque es temprano, el sol ya pica.
Aparcamos bajo la gran muralla, lo que nos permitió entrar por la Puerta de Roma, con bonitas vistas sobre todo el campo toscano. Así, damos un paseo por la ciudad mientras llegamos a la conocida Piazza del Campo. Es una ciudad con edificios históricos de cuatro o cinco plantas. Salpican los edificios bellas iglesias y rincones agradables.
Resulta una ciudad bonita, sin más, hasta que por una estrecha calle vemos levantarse la Torre del Mangia. Altísima, la más alta de este tipo en Italia, y majestuosa. La plaza llama la atención por su tamaño y su belleza. Los turistas (no muchos aún) se quedan en la alargada sombra de la torre porque, aunque es temprano, el sol ya pica.

En la Piazza del Campo, todo es hermoso. Lo primero que llama la atención es la logia del Palazzo Comunale, con unos relieves y esculturas admirables. Se trata de una plaza totalmente civil, no parece que haya ningún edificio religioso en ella. Es en esta piazza donde se corre la famosa carrera del Palio, en la que los equipos, vestidos a la usanza medieval, compiten para ganar con sus caballos. Toda la ciudad está llena de banderolas y escudos alusivos a esta fiesta, tiene que ser realmente espectacular ver la carrera, aunque imaginamos que lo de ver será un decir.
Entramos en el patio del Palazzo Comunale para subir a la Torre del Mangia y, cómo no, hay una buena cola ya que en la torre no puede entrar mucha gente a la vez, sólo grupos de 25. La entrada se paga arriba (cuidado con llevar en efectivo). Puede comprarse una conjunta de la torre con el museo, pero nosotros optamos sólo por la de la torre.
La subida se hace bien porque estamos muy acostumbrados, pero hay tramos muy estrechos, y de escalones muy empinados. Arriba se ve toda Siena, de color tremendamente siena, y el campo toscano. La plaza sólo se ve al completo si desde arriba subes hasta la campanas (para los que buscan la foto, la mejor perspectiva de la plaza se encuentra en las ventanas intermedias). Se ve bien la catedral (de cebra, dicen los niños) y lo que iba a ser la ampliación de la misma (lo que corresponde a la portada de esa gigantesca extensión afortunadamente es lo único que llegaron a hacer, y ahora es la Torre Panorama).
Entramos en el patio del Palazzo Comunale para subir a la Torre del Mangia y, cómo no, hay una buena cola ya que en la torre no puede entrar mucha gente a la vez, sólo grupos de 25. La entrada se paga arriba (cuidado con llevar en efectivo). Puede comprarse una conjunta de la torre con el museo, pero nosotros optamos sólo por la de la torre.
La subida se hace bien porque estamos muy acostumbrados, pero hay tramos muy estrechos, y de escalones muy empinados. Arriba se ve toda Siena, de color tremendamente siena, y el campo toscano. La plaza sólo se ve al completo si desde arriba subes hasta la campanas (para los que buscan la foto, la mejor perspectiva de la plaza se encuentra en las ventanas intermedias). Se ve bien la catedral (de cebra, dicen los niños) y lo que iba a ser la ampliación de la misma (lo que corresponde a la portada de esa gigantesca extensión afortunadamente es lo único que llegaron a hacer, y ahora es la Torre Panorama).


Al bajar, bebemos en la fuente renacentista que adorna un extremo de la plaza, el agua es la más rica de toda la Toscana.
Los niños se entretienen buscando por todos los edificios la loba de Rómulo y Remo, que simboliza la ciudad, al contar la leyenda que Remo la fundó. No sé cuántas llegaron a contar, pero fueron muchas.
Los niños se entretienen buscando por todos los edificios la loba de Rómulo y Remo, que simboliza la ciudad, al contar la leyenda que Remo la fundó. No sé cuántas llegaron a contar, pero fueron muchas.

Y vamos a la catedral de rayitas.
Después de la consabida cola para comprar la entrada (se compra la entrada conjunta catedral + baptisterio + torre panorama + museo sacro, vale 10 €, los niños no pagan).
La catedral es maravillosa, con las rayas de mármol blanco y negro repitiéndose en el interior. Los techos están profusamente pintados y adornados con esculturas y medallones (los papas arriba, los emperadores abajo). Los mosaicos del suelo son una auténtica joya, tanto la impresión que causa en conjunto, como los miles de detalles en los que merece la pena pararse, nos llama especialmente la atención el mosaico con la representación de las ciudades toscanas y del Lazio. Vemos las tumbas de Pío II y Pío III, omnipresentes en la zona. Es perfecto el San Juan Bautista de Donatello, aunque pasa un poco desapercibido entre tanta belleza. Terminamos en la biblioteca Piccolimini (otra vez Pío), que resulta deslumbrante, con sus preciosos códices y techos. Y la fachada principal de la catedral, una auténtica maravilla para recrearse horas.
Después de la consabida cola para comprar la entrada (se compra la entrada conjunta catedral + baptisterio + torre panorama + museo sacro, vale 10 €, los niños no pagan).
La catedral es maravillosa, con las rayas de mármol blanco y negro repitiéndose en el interior. Los techos están profusamente pintados y adornados con esculturas y medallones (los papas arriba, los emperadores abajo). Los mosaicos del suelo son una auténtica joya, tanto la impresión que causa en conjunto, como los miles de detalles en los que merece la pena pararse, nos llama especialmente la atención el mosaico con la representación de las ciudades toscanas y del Lazio. Vemos las tumbas de Pío II y Pío III, omnipresentes en la zona. Es perfecto el San Juan Bautista de Donatello, aunque pasa un poco desapercibido entre tanta belleza. Terminamos en la biblioteca Piccolimini (otra vez Pío), que resulta deslumbrante, con sus preciosos códices y techos. Y la fachada principal de la catedral, una auténtica maravilla para recrearse horas.



Después de comer frente a ella, entre una familia italiana y unos alemanes que también se rebelaban contra los menús turísticos, nos metemos en el Museo de Arte Sacro. Tiene piezas muy interesantes, se está muy fresquito y hay muchos retablos catequéticos preciosos que entretienen bastante a los niños. La gente sube con bastante prisa para ponerse en la cola de la Torre Panorama, que está en el cuarto o quinto piso del museo. La verdad, no nos apetece ponernos a pleno sol a las tres de la tarde y, mucho menos, ponernos en otra cola, así que nada.
Después de un delicioso gelatto, visitamos el baptisterio, muy llamativo por su profusa decoración.
Después de un delicioso gelatto, visitamos el baptisterio, muy llamativo por su profusa decoración.

Y vuelta atrás: Piazza del Campo, fuente, torre, callejuelas, bonitos edificios, Puerta de Roma, coche y bañito en la piscina.
Preciosa Siena. Da para un tranquilo bonito día.
Preciosa Siena. Da para un tranquilo bonito día.
Lucca
El camino desde Pistoia a Luca lo hacemos a la ida por la carretera nacional en vez de por la autopista, con idea de irnos parando en lugares tan atractivos como Collodi (con el Parque de Pinocho), Montecatini y alguna de las famosas villas de por aquí. ¡Gran error! No llegamos a pararnos porque es poco menos que imposible, pasamos entre un sinfín de edificaciones modernas, todo caótico y feo, con muchos polígonos industriales y muchíííííísimo tráfico. Los centros de los pueblos se ven rodeados de edificios con poco encanto, así que no nos aventuramos a perder más tiempo buscando lo atractivo. Tardamos hora y media en hacer 35 km., frente a los 20 minutos que echamos la vuelta por la autovía.
De cualquier modo, Lucca nos parece muy bonita.
Lo primero que hicimos fue subir a la enorme y anchísima muralla que rodea toda la ciudad antigua. Hay árboles que dan buena sombra y se está fresquito. Lo que se ve hacia el extramuros es todo verde, ya que está rodeado de altos árboles que bloquean la vista de la ciudad moderna y del tráfico. El telón de fondo de las montañas enmarcando el paisaje, termina de formar un conjunto muy agradable.
Son muchas las tiendas de alquiler de bicis que hay alrededor de la muralla, las hay además de todos tipos: de adultos, niños, con carritos para bebés... nosotros cogemos una de cuatro, y pedaleando hacemos el recorrido de la muralla, que tiene unos cuatro kilómetros.
La muralla está muy bien conservada, con sus bastiones y puertas.
De cualquier modo, Lucca nos parece muy bonita.
Lo primero que hicimos fue subir a la enorme y anchísima muralla que rodea toda la ciudad antigua. Hay árboles que dan buena sombra y se está fresquito. Lo que se ve hacia el extramuros es todo verde, ya que está rodeado de altos árboles que bloquean la vista de la ciudad moderna y del tráfico. El telón de fondo de las montañas enmarcando el paisaje, termina de formar un conjunto muy agradable.
Son muchas las tiendas de alquiler de bicis que hay alrededor de la muralla, las hay además de todos tipos: de adultos, niños, con carritos para bebés... nosotros cogemos una de cuatro, y pedaleando hacemos el recorrido de la muralla, que tiene unos cuatro kilómetros.
La muralla está muy bien conservada, con sus bastiones y puertas.


Bajamos luego a ver la ciudad. Es una ciudad algo turística, pero se nota con mucha vida propia. No tan bonita como Siena, por supuesto, pero podría decirse que tiene un aire más auténtico.
Me gusta porque hay muchos rinconcitos donde perderse, con mucho encanto. Eso sí, no merece la pena entrar en los interiores porque los edificios están mal conservados por dentro y no tienen mucho valor.
La catedral quizás fue hermosa, pero está muy estropeada.
Seguimos camino hasta la Iglesia de San Giovanni y Reparata, el corazón de la ciudad. Es preciosa, con su exterior de deslumbrante piedra blanca y su fachada de falsa altura. En el interior hay un cuadro de Lipi (lo único iluminado de la iglesia) y queda un pequeño trozo de pintura mural cerca de la entrada, muy delicada. El ambiente de la plaza en la que está esta iglesia es tranquilo, para relajarse un rato.
Me gusta porque hay muchos rinconcitos donde perderse, con mucho encanto. Eso sí, no merece la pena entrar en los interiores porque los edificios están mal conservados por dentro y no tienen mucho valor.
La catedral quizás fue hermosa, pero está muy estropeada.
Seguimos camino hasta la Iglesia de San Giovanni y Reparata, el corazón de la ciudad. Es preciosa, con su exterior de deslumbrante piedra blanca y su fachada de falsa altura. En el interior hay un cuadro de Lipi (lo único iluminado de la iglesia) y queda un pequeño trozo de pintura mural cerca de la entrada, muy delicada. El ambiente de la plaza en la que está esta iglesia es tranquilo, para relajarse un rato.


Andamos hacia la Iglesia de San Fedriani, con un dorado mosaico en su fachada. Por el camino vemos que hay edificios de épocas muy diversas, incluso algunos de tintes modernistas.
Entramos en la Plaza del Anfiteatro, perfectamente redonda. La Torre del Reloj, en una calle adjunta, es muy bonita y permite ver la “forma” de la ciudad antigua.
Y nos volvemos para el coche. Si los niños hubieran estado menos pesados (hoy no era el día) y Sandro hubiera estado a tiempo para recibirnos en su agriturismo (luego se disculpó) nos hubiéramos quedado más tiempo, paseando por las calles.
Entramos en la Plaza del Anfiteatro, perfectamente redonda. La Torre del Reloj, en una calle adjunta, es muy bonita y permite ver la “forma” de la ciudad antigua.
Y nos volvemos para el coche. Si los niños hubieran estado menos pesados (hoy no era el día) y Sandro hubiera estado a tiempo para recibirnos en su agriturismo (luego se disculpó) nos hubiéramos quedado más tiempo, paseando por las calles.
Pisa

Da un poco de pena que los alrededores de una ciudad como Pisa estén realmente degradados, pero así es. Dejamos el coche en el parking tragamonedas de siempre y paseamos hasta la ultrafamosa Piazza del Miracoli.
La ciudad podía ser muy bonita, con bellos edificios, ambiente universitario y mucha vida. Pero está fatal, sucia, con pintadas por todos sitios. Un contraste absoluto con la Piazza. No sé cuántas persona podía haber en esa plaza, millones y millones. De todos modos es tan grande y hay tantos autobuses descargando y también cargando, que no resulta excesivamente agobiante.
Desde luego es preciosa, el verde del césped, la blancura de los edificios y el cielo azul con sus nubes. Una imagen típica y hermosa.
La ciudad podía ser muy bonita, con bellos edificios, ambiente universitario y mucha vida. Pero está fatal, sucia, con pintadas por todos sitios. Un contraste absoluto con la Piazza. No sé cuántas persona podía haber en esa plaza, millones y millones. De todos modos es tan grande y hay tantos autobuses descargando y también cargando, que no resulta excesivamente agobiante.
Desde luego es preciosa, el verde del césped, la blancura de los edificios y el cielo azul con sus nubes. Una imagen típica y hermosa.

A la torre no podemos subir porque los niños aún no tienen la edad (tienen que tener ocho años), llegamos sobre las 12:00 y las citas iban a las 16:00, lo cual no nos pareció muy exagerado.
Compramos un ticket un poco raro, no había forma de enterarse de cómo iba, así que compramos la entrada para catedral y batisterio, con la sensación de que quizás entrase algo más.
El baptisterio es bonito, pero la catedral es preciosa. Aunque sorprende la amalgama de estilos de su interior: gótico, renacentista, barroco, moderno... El conjunto resulta precioso.
Compramos un ticket un poco raro, no había forma de enterarse de cómo iba, así que compramos la entrada para catedral y batisterio, con la sensación de que quizás entrase algo más.
El baptisterio es bonito, pero la catedral es preciosa. Aunque sorprende la amalgama de estilos de su interior: gótico, renacentista, barroco, moderno... El conjunto resulta precioso.


Comemos en el césped, frente a la torre realmente inclinada de Pisa. Es muy gracioso ver a los grupos de gente haciéndose la típica foto sujetando la torre, que desde nuestra perspectiva parecen extraños mimos haciendo no se qué.
Ganduleamos un poco por el césped y volvemos a dar la vuelta admirando la imagen que ofrece esta milagrosa plaza.
Ya de vuelta nos acercamos hasta la piazza Cavalieri. Por allí ya no hay nadie. Está muy descuidada. El paseo por el río tiene casas de colores. No llegamos a entender tanto descuido en una ciudad que recibe tantísimos visitantes.
Nos vamos pronto, camino del puerto de Livorno y del fin del viaje.
El año que viene, algo parecido a Alaska, prometido.
Ganduleamos un poco por el césped y volvemos a dar la vuelta admirando la imagen que ofrece esta milagrosa plaza.
Ya de vuelta nos acercamos hasta la piazza Cavalieri. Por allí ya no hay nadie. Está muy descuidada. El paseo por el río tiene casas de colores. No llegamos a entender tanto descuido en una ciudad que recibe tantísimos visitantes.
Nos vamos pronto, camino del puerto de Livorno y del fin del viaje.
El año que viene, algo parecido a Alaska, prometido.