Duomo (Catedral).
Consagrada a Santa María Assunta y San Cassiano, su origen se remonta al siglo X, aunque fue reestructurada en torno al año 1200 en estilo románico, con tres naves y dos campanarios. Entre 1745 y 1754, fue reconstruida en estilo barroco, empleándose más de una treinta de mármoles diferentes, lo que proporciona un colorido extraordinario a su interior.

El techo está cubierto por frescos de Paul Troger, un famoso pintor barroco tirolés. El Altar Mayor es espectacular, pues no en vano está considerado uno de los más bellos del Tirol. También merece la pena contemplar el resto de los Altares y su espléndido órgano.

La entrada es gratuita. Cuando lo visité, estaban haciendo reparaciones con una grúa, ya que, al parecer, había habido filtraciones por las lluvias.

Claustro del Duomo y sus fantásticos frescos.
Para mí, la visita más importante. Fui dos veces. Además, la entrada es gratuita. Con lo que me gustan los frescos medievales, me quedé fascinada al contemplar esta maravilla.




Al igual que la Catedral antigua, los orígenes del claustro se remontan a la época prerrománica, aunque fue reformado en el siglo XII en estilo románico y, después, en el siglo XIV, en estilo gótico, fecha de la que datan los frescos más antiguos.



El claustro está formado por un patio con un jardín central, rodeado por 20 arcos de crucería con pinturas de los siglos XIV y XV, que representan principalmente escenas bíblicas y de la vida de Cristo, destinadas, como era habitual en la época, a transmitir las enseñanzas de la fe a las gentes que no sabían leer, una gran mayoría por entonces. De ahí que se conozca como “la Biblia de los Pobres”. Una de las pinturas más bellas es la de la Adoración de los Reyes.



Aparte de la temática religiosa, también hay escenas de la vida cotidiana, de reyes y reinas, caballeros, gente en sus ocupaciones diarias, la vida en el campo, palacios, casas, pueblos, luchas, cacerías…



Asimismo, aparecen bastantes animales, algunos salvajes, representados de manera más o menos imaginativa. Uno de los más curiosos es una especie de elefante con una torre en el lomo como asiento, cuya apariencia recuerda a un caballo con trompa. Quizás, el artista recibió el encargo de pintar a un animal que no había visto nunca, del que solo sabía que era tan grande como un caballo y que tenía trompa.



Los frescos, en diferente estado de conservación, ilustran perfectamente el paso de la pintura gótica a la gótica tardía. Una maravilla.



Por fortuna para mí, pude admirar los frescos con total tranquilidad, sola o con muy poca gente alrededor, pues no son muchos los turistas que se deciden a entrar para ver el claustro, quizás por simple desconocimiento.


He encontrado poca información sobre las escenas, así que me limitaré a poner una selección de las decenas de fotos que tomé y que constituyen uno de los mejores recuerdos entre los muchos y fantásticos que conservaré de este viaje.



En las paredes, también hay elementos funerarios de varias épocas, con sarcófagos de obispos y de otros importantes personajes de la ciudad medieval. Y las arcadas del claustro ofrecen un buen escenario para sacar fotos resultonas teniendo como fondo las estampas de la Catedral y de la Iglesia de San Miguel.


Además, desde un lateral, se puede acceder a la pequeña y curiosa Iglesia de Nuestra Señora del Claustro.

Como resumen, la visita al Claustro me encantó y sería uno de mis imprescindibles en Dolomitas -además, gratis-, pero comprendo que no todo el mundo compartiría mi opinión.