En primer lugar, ahora que aun estamos descansados, vamos a patearnos algunos volcanes.
Salimos del hotel y empezamos a cargar el vehiculo que nos llevará hasta el refugio situado a los pies del volcán.

Por el camino, encontramos a otro camión, que sufrió un pequeño percance en su ruta de regreso un par de dias atrás, es lo que tiene ir conduciendo por zonas con pequeñas lenguas glaciares, que a veces, te llevas un susto.

Finalmente, llegamos de una pieza al refugio donde dormiremos esta noche, para salir temprano por la mañana hacia lo alto del Avachinsky.

De los tres que vamos a ver, el primero, el Avachinsky, es el más duro de subir, son ocho horas de subida y cuatro de bajada. Las rampas finales hacen que llegues a la cima, arrastrándote y jurando en arameo, al mismo tiempo que te preguntas que coño se te ha perdido aquí con lo tranquilo que se esta en casa.

Pero en el momento en que consigues poner el pie en lo alto, y después de unos breves minutos, en los que únicamente eres capaz de intentar recuperar el aliento que perdiste unos mil metros mas abajo, levantas la mirada y ves ante ti la caldera del volcán, con su colorido, las fumarolas expeliendo vapor y azufre, la lava solidificada, el color de la tierra y el cielo……

Entonces, te olvidas del cansancio, te levantas sin darte cuenta y te pasas una hora andando arriba y abajo, siguiendo el borde del cráter, y literalmente, alucinando en colores.

La bajada se pasa rápido, aun tienes en la retina las imágenes del rato pasado en el borde del cráter, y mientras vas comentando con los compañeros los detalles que mas te han atraído, llegas de nuevo al refugio del que partiste doce horas antes, mas cansado que un galeote, pero con la sensación de estar viviendo una experiencia increíble, lo que hace que el cansancio sea mas llevadero.