El tercer día viramos al este de la ciudad.
Inicié la jornada con la clásica visita al Mercado de Tsukiji, que es una de esas que todo buen visitante de Tokio acaba haciendo tarde o temprano. Como lo de madrugar no es lo mío, elegí saltarme la subasta de atunes a las 5 de la mañana y opté por un paseo tranquilo a eso de las 9. El lugar es increíble, sobre todo si os gusta la fotografía. La estrella son los grandes atunes rojos congelados, pero prácticamente no hay criatura marina que no aparezca tarde o temprano por allí. Los vegetarianos y los amantes de la vida salvaje tragarán en seco un par de veces durante la visita, pero creo que aún así merece mucho la pena. Les recomiendo la serie fotográfica de este amigo, que estuvo allí 24 horas después que yo:
(*Editado por universo18*)
Luego decidí ir caminando a Ginza, donde había quedado con el resto de la tropa. El lugar de encuentro era el Apple Store (por aquello de la wifi gratis). Resulta que llegamos el día en el que se presentaba el nuevo iPad y aquello estaba hasta las trancas. Yo me suelo aburrir pronto en ese tipo de sitios pero mis amigos tienen un punto friqui, así que estuvimos un buen rato. Trabaron conversación con uno de los empleados, que resultó ser de California y llevaba viviendo en Japón desde 1973. Fue una conversación muy interesante sobre lo estrictas que son las leyes de inmigración (el tipo no tenía la residencia a pesar de haber estado durante casi 40 años en el país y haberse casado con una japonesa de la que después acabó divorciándose).
De Ginza llegamos a Yurakucho caminando y de allí al Parque Imperial. Más que jardineros se diría que a los árboles los atiende un equipo de cirujanos. Resulta fascinante observarlos. Cada poda se ejecuta con precisión milimétrica, solo después de haber analizado sus consecuencias durante largos, larguísimos minutos. Y el contraste entre los árboles pulcramente afeitados y los edificios de oficinas de Chiyoda es de lo más llamativo.
- Foto grandeA estas alturas de viaje, los pies empezaban ya a resentirse. Decenas de kilómetros acumulados causaron las primeras bajas al grupo, mientras los supervivientes nos dirigíamos hacia Asakusa. Un humeante plato de ramen nos sirvió para reponer fuerzas y huir del frío.
El templo de Senso-ji es uno de los pocos lugares netamente turísticos de Tokio. La presencia de gaijin (extranjeros) es algo mayor que en otras zonas de la ciudad, aunque esa afirmación es bastante relativa. Digamos que de ver a tres o cuatro occidentales al día pasamos de repente a ver a veinte o treinta. Aún así, el 90-95% de los visitantes del templo eran japoneses o cuando menos asiáticos. Las adivinanzas (omikuji) están traducidas al inglés, por lo que siempre se puede probar suerte a la hora de predecir el futuro. Funcionan sacando una vara de bambú de un recipiente y comprobando el número que llevan tallado. Si les hacemos caso, seré afortunado. Quizás eso signifique que volveré a Japón en el futuro.
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