La misma rutina de todos los días: ponemos ticket en el coche de camino al desayuno. Hoy mi chico se queda enganchado con el portátil en la wifi de la recepción para sacar las tarjetas de embarque pero la web de Alitalia no se lo permite. Recogemos las últimas cosas y damos un último repaso a la habitación para comprobar que no olvidamos nada, metemos las maletas en el coche y vamos a recepción para dejar las llaves y pagar. Yo me acerco a la Iglesia del Purgatorio a ver llegar los pasos de la procesión nocturna.
Vamos directos a Palermo, el horario para devolver el coche es hasta las 13:00 (hoy es sábado) y tenemos previsto dejar las maletas en el hotel antes de devolverlo… pero hay que tener en cuenta el tráfico palermitano, y que hay que llenar el depósito de gasolina. El GPS nos orienta hasta el hotel. Se encuentra ubicado en un palacio precioso… lástima que se encuentre en el estado ruinoso en el que está.
Metemos el coche en el patio (menos mal que lo tiene porque no hay donde aparcar en los alrededores) pero nos dicen que no podemos, explicamos que es para dejar las maletas y que nos vamos enseguida, entonces vale.
Pagamos porque mañana nos vamos muy temprano y no habrá nadie en recepción, nos dan la habitación, dejamos las maletas, y salimos pitando hacia la oficina de alquiler, ya son más de las 12:00 y vamos justos, justos teniendo en cuenta que no sabemos dónde está la oficina y que el tráfico nos puede jugar una mala pasada. Entre el mapa que nos han dado en el hotel y el GPS nos vamos orientando… ¡Ahí está! Uff, por los pelos, aparcamos en la misma puerta. Fotografiamos el cuadro del coche con los kms de devolución y el depósito lleno (no sería la primera vez que nos llega una factura de gasolina cuando siempre devolvemos los coches con el depósito lleno). En la oficina de alquiler otra pareja española devuelve también su coche, después nos toca a nosotros. La chica revisa el coche, kms, depósito y daños (sólo le hemos hecho –perdón, le he hecho- un raspón en la parte inferior delantera, porque tiene unos salientes triangulares a ambos lados que lo alargan de forma invisible desde el puesto de conductor –en realidad para mí todo lo que esté más allá de la luna delantera es invisible esté donde esté yo sentada-. Uno de estos salientes se “ajustó” mucho a un bordillo en las estrechas calles de Alcamo). La chica da todo como OK y nos da una copia del contrato… esta vez en español… y yo me pregunto ¿por qué si pueden entregar el contrato en español no lo hicieron en el aeropuerto cuando lo recogimos?
Ya estamos libres en Palermo. Sobre el plano vemos qué hay cerca del puerto donde nos encontramos ahora que merezca la pena visitarse: no lejos parece que están el museo arqueológico y el Teatro Massimo.
De camino otros cannoli (estos mejores que los de Erice). Después de un poco de confusión buscando el museo llegamos al teatro, hacemos unas fotos de su exterior y desistimos de visitarlo por dentro, preferimos el museo. Sobre el plano el número que lo indica es algo confuso, no se sabe exactamente a qué calle da, parece estar en el medio de una manzana alrededor de la cual caminamos. Nada. Probamos por la Via Roma y allí está el palacio que lo acoge pero se encuentra en restauración y no localizamos entrada ninguna, ¿estará cerrado?, lo rodeamos y por la parte trasera vemos que alguien sale por una verja. Es la entrada, suponemos que provisional, al museo pero nos indican que ya ha cerrado, que mañana. Una pena, hemos perdido la visita por los pelos.
Vamos al hotel que se encuentra muy bien situado en la Vía Maqueda, usamos el baño y cotilleamos la sala de desayunos, que tenemos incluido. Volvemos a salir. Nos dirigimos a la estación de trenes para informarnos de billetes y horarios al aeropuerto. Nos atiende un señor que dice que ahora los trenes no circulan al aeropuerto por trabajos de mantenimiento, que es mejor en autobús… ¡Pánico! El motivo para elegir el hotel Orientale era su proximidad a la estación, puesto que a una hora muy temprana por la mañana, teníamos que arrastrar las maletas hasta el tren. Si ahora el autobús se cogía en otro punto de la ciudad, esto alteraba, y mucho, todos nuestros planes para acceder al aeropuerto. Pero no, el autobús sale de la plaza en la que esta la estación. El señor nos indica la empresa que hace la ruta. Nos acercamos a la parada, vemos los horarios: 04:00, 05:00, 05:30 y a partir de ahí, cada media hora hasta las 23:00.
Calculamos una hora de trayecto, así que decidimos que lo mejor es coger el de las 05:30 o como muy tarde el de las 06:00 para estar a las 07:00 y facturar lo antes posible.
Continuamos con las visitas.
Como el otro día visitamos las iglesias que se encuentran en el centro decidimos intentar el Palazzo dei Normanni, por el camino pasamos por la iglesia de San Juan de los Eremitas, cuya entrada cuesta 6€ y mi chico dice que no quiere gastarlos por ver una iglesia. ¡Qué rata! Dice que todo 6€.
Pasamos de largo, hacia el Palazzo. 8,50+1,5€ que nos cuelan por una exposición sobre Garibaldi en la que no tenemos el más mínimo interés. Apenas hemos esperado cola, el tiempo de espera se ha alargado por un grupo de guiris que estaban parados en la puerta y, como todo el mundo se creía que hacían cola, he iban poniendo detrás de ellos. Mi chico se ha dado cuenta y por fin hemos pasado.
Como ya he explicado, habíamos renunciado prematuramente a la visita a la Capella Palatina por los comentarios leídos en foros, luego llegó nuestro disgusto por no haber leído el Jueves Santo que la entrada era por la Piazza dell’Independenza y no por la Piazza de la Vittoria. Bueno, pues ahora son las 15:20 y estamos entrando en el Palazzo, directos al patio, al que se abre el pórtico de la Capella, y en menos de cinco minutos estamos dentro, que a estas horas está prácticamente vacía (muy distinto a la catedral de Monreale).
Es maravillosa, los mosaicos cubren todas las paredes, arcos, pero lo mejor está en el altar mayor y en la cúpula desde donde Cristo nos bendice. Son tan perfectos que parecen pinturas, y los suelos dibujan mosaicos geométricos perfectos. Lo que distingue a la Capella Palatina de la catedral de Monreale es: la mejor calidad de los mosaicos, el tamaño menor y el espectacular artesonado de madera del techo.
Los artesanos árabes que lo crearon escondieron numerosas sorpresas que solo se distinguen con prismáticos… o con el ojo escrutinador del teleobjetivo de mi cámara disparada desde el suelo. Creo que lo más agradable de esta visita ha sido la calma y paz con que hemos disfrutado de semejante maravilla. Considero que hemos sido unos privilegiados.
Después recorremos las salas visitables del palacio. En la sala de plenos (el palacio es sede del gobierno regional siciliano) una guía explica en italiano la decoración, se entiende bastante bien. Seguimos a otras salas y ya la voy prestando menos atención con lo que mi nivel de entenderla va disminuyendo.
No tienen mucho de especial, excepto la extraordinaria habitación de Roger (o Rogelio) II (también cubierta de mosaicos con motivos de inspiración persa), los palacios reales de España son mucho más interesantes. Pero hemos visto la Capella y eso vale la pena seguro.
Bajamos a la planta baja, donde nos piden el ticket de la exposición de Garibaldi. A mí me interesa ver la sala en sí más que la exposición, en ella hay restos de pinturas en bóveda y paredes, es como si el estucado con sus pinturas se hubiera caído en algún bombardeo o terremoto, ahora solo quedan trozos desperdigados por aquí y por allí. Bajamos a ver los restos fenicios sobre los que se construyó el palacio. Es lo mejor de la planta baja.
Salimos del Palazzo e insisto en entrar en la iglesia de San Juan de los Eremitas. Resulta que el tacaño de mi chico estudia arquitectura técnica y enseñando el carnet de la Facultad entra gratis… ¡y él no quería, oiga! Yo sí, 6€.
Otra iglesia similar a San Cataldo y a la capilla del Palazzo dei Normanni, con su torre y cuatro cúpulas, rojas en el exterior. Las paredes desnudas de la iglesia descubren los restos de unos frescos, seguro que todo estaba cubierto de preciosas pinturas en su momento porque lo que poco que queda es de brillantes colores a pesar de los siglos, las marcas de picos nos hablan de que en algún momento de la historia la intransigencia religiosa destruyó esta maravilla pictórica.
A esta se añade un pequeño claustro que emana paz, con un pozo en el centro. Y además la rodea un agradable jardín con palmeras… y como siempre, el contrapunto “romántico” de mi chico: “Está lleno de mosquitos”.
Salgo pensando que él está fuera y resulta que no le veo, le llamo y dice que está dentro todavía. Sale.
Damos por concluidas las visitas a las maravillas del oeste siciliano. Volvemos al hotel dudando entre comprar pan y comer algo del embutido y queso que tenemos o buscar algún sitio. Vamos mirando a ver si vemos una pizzería pero nada y yo no quiero repetir en el restaurante del otro día, terminamos en un mercadillo callejero a cuyos lados callejuelas cuajadas de vacías terrazas nos ofrecen numerosos lugares para comer, el problema es que no tienen espacio en el anterior y sentarse en las terrazas de la calle, a punto de anochecer, puede ser bastante fresco después un rato. Pasamos por teatros de marionetas y pensamos que es algo que tendremos que ver la próxima vez que vengamos a Sicilia. Una cosa que nos ha llamado la atención del barrio en el que está el hotel es que los nombres de las calles están en italiano, árabe y hebreo… ¡cómo nos recuerda a nuestro viaje a Israel!.
Después de pasear sin ver nada que nos convenza, un súper nos ofrece tierno pan siciliano y una cerveza de dos tercios. No hay duda. Otro maravilloso bocata con pan, aceite, jamón ibérico y nuestros últimos tomates. Además abrimos una de las cuñas de queso que compramos en Trapani. ¡Menudo manjar! La última cena en Sicilia la hacemos en el hotel… y a la cama prontito que mañana toca el peor madrugón de la semana… a las 04:30. Casi nada.