No podemos madrugar. Es imposible después de la paliza de coche de los dos días anteriores. Cuando por fin soy capaz de levantarme, preparo el desayuno. Después mi chico friega, nos arreglamos y a la calle. Nuestro objetivo es Saorge, según mi guía (de la Biblioteca) es un pueblecito precioso. Intentamos llegar evitando los peajes pero el GPS nos dirige directamente a un túnel en obras cerrado y cada vez que nos alejamos nos vuelve a mandar para allá, no queda otra… a pagar 1€ de peaje.
El trayecto por la autopista no aporta nada pero una vez abandonada ésta, las carreteras secundarias nos ofrecen un hermoso paisaje que nos obliga a parar una y otra vez para disfrutarlo. Son carreteras llenas de curvas, que la señales llaman acertadamente “lacetes”, 2 lacetes, 3 lacetes, 4 lacetes… (Podían haber ahorrado poniendo una única señal al principio del todo diciendo 2.000 lacetes), flanqueadas por tranquilos y bellos pueblos, nos paramos en algunos para hacer fotos rápidas… es una pena no disponer de tiempo para poder pasearlos con calma.
Llegamos a Sospel, después de dos horas desde que salimos del hotel. En el mapa, la carretera hasta Saorge se antoja tan larga y enrevesado como lo ha sido hasta ahora, así que decidimos quedarnos en Sospel: aparcamos a este lado del río desde donde vemos las casas que se asoman al mismo en la otra orilla, algunas pintadas con trampantojos, cruzamos el río por su fortificado puente medieval y damos un paseo entre las casas, muchas con curiosos trampantojos que engañan a la vista y nos hacer imaginar lo que no hay. Un callejón formado por dos casas que parecen apoyarse una en la otra. Numerosos hoteles se amontonan en torno al río pero sus terrazas están vacías. Al otro lado del río, las terrazas de los restaurantes nos atraen hasta decidirnos por una pizzería (Le Picoune: 15 Ave Jean Medecin; 06380 Sospel) donde comemos dos apetitosas pizzas y una deliciosa ensalada, helados de postre, todo por 52,50€. Si no pides bebida, te ponen directamente una botella de agua del grifo, cosa muy interesante por lo que más tarde veréis.
Después de la comida nos dirigimos a Mentón, casi en la frontera con Italia. Cuando yo tenía 14 años hice un puzzle de 4.000 piezas de este pueblo y siempre quise verlo en persona. Después de xxx años, mi sueño se ha cumplido.
En las carreteras vemos los primeros súper coches que nos indican en qué zona nos hallamos… no entiendo para qué se compran esos bólidos si la velocidad máxima permitida en Mónaco es de 50 km/h y estas carreteras tan llenas de curvas no permiten una velocidad mucho mayor.
He aguantado bien la somnolencia que me invade cuando subo al coche y no conduzco pero nada más entrar al pueblo pierdo totalmente la conciencia durante unos minutos. Ascendemos por las colinas sobre las que se asienta en pueblo, tratando de encontrar aparcamiento gratuito y terminamos llegando al cementerio en cuya puerta hay un sitio con la matrícula de nuestro coche escrita en él y un mirador que se asoma sobre el puerto, la playa y los tejados del casco antiguo. Otra vez la vista es maravillosa. Una vez embriagados con tanta belleza, seguimos las indicaciones hacia la Basílica de San Miguel Arcángel que, con su imponente torre, domina el paisaje urbano del viejo Mentón. En la plaza que precede a la fachada, un mosaico de piedras, reproduce el escudo de armas de los Grimaldi quienes reinaban en Mentón cuando se construyó la iglesia. Desde esta misma iglesia unas vertiginosas escaleras descienden directamente a la playa, iniciamos el camino pero sin llegar abajo, nos escabullimos por una callejuela lateral para pasear por el casco antiguo antes de llegar al mar. Nos dejamos engañar por los trampantojos de un palacete que se cuelga de las escaleras… es perfecto… tanto que en la casa vecina vemos una hornacina con una virgen y nos tenemos que acercar para comprobar si es real o si solo está dibujada… es real.
Llegamos al mar descendiendo entre las callejuelas… ¡cómo me gusta callejear por los cascos antiguos de los pueblos y las ciudades… sobre todo si son peatonales! En una calle paralela al mar, peatonal, se amontonan las tiendas de souvenirs, heladerías, boutiques, restaurantes y bares y turistas a partes iguales. El barullo no tiene nada que ver con la tranquilidad y silencio que se respiraba en la zona alta donde los turistas no se aventuran. Junto a la playa están construyendo “algo” que no somos capaces de adivinar: son como cubos sesenteros que se unen unos a otros, alargándose paralelamente al paseo marítimo. Es curioso cómo la vida en las terrazas de los restaurantes y la gente en la playa se mezcla con lo más cotidiano: una señora se asoma en rulos a su pequeño balcón.
Dudamos si bañarnos o no pero al final no lo hacemos, y ante mis ojos aparece a la imagen que, dividida en 4000 diminutas partes, tuve durante años tan presente primero en el bar que tenían mis padres y más tarde en el salón de mi casa. Me cuelo entre las playas privadas para hacer la fotografía desde el mismo punto desde el que estaba hecha aquella que tardé un mes en ensamblar.
En Francia es típico que hoteles y restaurantes “se apropien” de trozos de playa y sólo sus clientes puedan acceder. Es algo tan ajeno a la mentalidad española… gracias a la “Ley de Costas” que protege toda la costa española de la privatización… en teoría.
De vuelta al coche, nuestros primeros helados franceses… los dos por 5€… y casi los únicos que tomaremos en la calle porque a partir de ahora los precios de los helados se duplicarán allá donde vayamos. Ahora subimos las escaleras de San Miguel enteritas… y son unas cuántas. Nos asomamos de nuevo al mar desde el mirador… un deleite para los sentidos… todos excepto el olfato, porque los efluvios de fluidos humanos que ascienden nos deciden a marchar.
Hoy toca cena en el hotel, así que paramos en un súper para abastecernos de pan y otras cosillas con las que engañar el estómago.
Como todavía es pronto, hacemos una parada inesperada en Mónaco para tener una primera visión del diminuto país de los Grimaldi. Aunque parezca que sea de juguete, hasta el GPS lo considera un país con todas las de la ley, así que como mi chico no bajó el plano de Internet pensando que estaría incluido en el de Francia nos encontramos circulando a la antigua… con plano de papel y, a ciegas. Durante nuestro deambular sin orientación hemos coincidido en varias ocasiones con el trazado del circuito de Fórmula 1 incluyendo su túnel. Este es el único circuito de Fórmula 1 por el que puede conducir cualquier mortal. Casualmente, nos detenemos en la plaza del Casino y aparcamos allí mismo. En la plaza, las turistas ataviadas con sus mejores galas, cámara en ristre, se afanan en inmortalizar el glamour del lugar. Los coches más lujosos ornamentan la entrada del Casino: Mercedes deportivos, Rolls Royces, Bentleys, Ferraris, Lamborghinis, Maserattis, Porsches… pero aquí el más llamativo se encuentra un poco más arriba, aparcado en la misma puerta de Cartier: es un elegante Opel Astra negro que se camufla entre varios Smarts.
Nosotros, a pasear por detrás del Casino, desde aquí vemos los yates de los ricos y los mosquitos piensan que somos turistas “ricos, ricos” y nos dejan marcados con unos gigantes y glamourosos granos que pican horrorosamente. Los mosquitos no entienden de finura ni elegancia y se portan igual de mal en todas partes.
Después de unas cuantas vueltas, salimos de Mónaco y ahora sí: al hotel a llenar la panza y reposar las piernas.