Hoy, dado que ya estábamos un poquito cansados decidimos tomárnoslo con más tranquilidad. Cogimos el metro y nos fuimos al Palacio de Schönbrunn, el cual era la residencia de verano de la familia imperial. Dispone de cuarenta y tantos aposentos, salas, salones y un largo etc. Os recomiendo que vayáis con la entrada anticipada y os ahorrais las largas colas que se forman para sacar las entradas. El palacio dispone además de unos jardines muy bien cuidados, un laberinto, un zoológico que dicen que es el más antiguo del mundo, una fuente en honor a Neptuno y, previa subida a una colina mas o menos larga, una glorieta con unas vistas muy chulas de la ciudad. La visita a todo suele durar de 2 a 3 horas y es realmente imponente.
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Y después a comer al Rathaus, esta vez catamos comida indhú. Muy buena y con muchas especias.
Por la tarde, después de la obligada siesta (spanish way of life) nos dimos un paseo por todo el centro de Viena y nos paramos a tomar una cervecita… de medio litro. Es su medida estándar. Pero está riquísima. Resulta muy agradable tomársela a las 19h, cuando ya han cerrado las tiendas y la gente puebla las terrazas. La temperatura es ideal. Luego nos acercamos al Stadtpark y nos hicimos una foto con la estatua de Johan Strauss.

Y ya al dia siguiente, a las 8 de la mañana nos salía el vuelo de regreso a Valencia.