Nos levantamos en nuestra última mañana en Palermo. Como siempre, el desayuno es estupendo, hay tanta variedad que todavía nos quedan cosas por probar; el ambiente es un poco estirado, la gente habla poco y se hace la fina, por lo que falta un poco de calidez, pero con el estómago lleno, se disuelven esos problemas. Muy amablemente el botones (fattorino) se ofrece a sacarnos el coche por el callejón de metro y medio hasta la via Vittorio Emmanuele, nosotro lo hubiéramos rozado seguro. Nos vamos como una excelente impresión del hotel y de Palermo en general, pero estamos deseando conocer el resto de la isla y disfrutar un poco del mar.
El recorrido para llegar a la salida de Palermo es un poco caótico, como todo el la ciudad, pero, con un poco de paciencia y haciendo alguna que otra pirula, conseguimos ponernos en la autopista. Recomendamos pagar el peaje, porque la carretera convencional pasa por todos los pueblos y ciudades y el paisaje es muy abrupto, por lo que imaginamos que estará llena de curvas; se recoge un ticket al entrar en el peaje y luego se entrega a la salida y se abona la cantidad; no es más cara que las autovías españolas, aunque seguro que ha requerido una inversión enorme, pues está llena de túneles y da la sensación de ir más tiempo bajo ellos que al aire libre. Aún así, no es para embalarse mucho. Tras una hora más o menos llegamos a Cefalú. Sabemos que el centro es semipeatonal y que está abierto sólo a los residentes; una policía te echa para atrás a la entrada y te advierte, por lo que intentamos buscar un aparcamiento en los alrededores. Tras dar muuuuuuuchas vueltas conseguimos aparcar en un barrio residencial en la parte alta del pueblo, cruzando las vías del tren; los recorridos son laberínticos y nos costó un poco regresar al centro, pero todo sea por ahorrarse unos eurillos de los aparcamientos, que, por otra parte, en esta época están repletos de turistas sangrados.
Cefalú es un pueblo encantador, mediterráneo a más no poder, pero su belleza también ha hecho que esté repleto de turistas y de tiendas de souvenirs; la calle principal de acceso al centro tiene una en cada puerta; aún así, pasear es muy agradable, encontrando de vez en cuando iglesias barrocas como la Chiesa del Purgatorio, en una encantadora placita, y algún palacio medieval como el Osterio Magno, hoy un centro de exposiciones. La única calle llana es la principal, el Corso Ruggero, de ahí parten las estrechas calles que suben con empinadas cuestas o escalones a la parte alta o descienden hacia el mar, todas ellas con antiguas casas y un ambiente muy especial. Nos encanta el lugar, a pesar de los tenderetes de souvenirs que lo invaden todo. La calle desemboca en la Piazza Duomo donde, es evidente, se encuentra el Duomo.. Es otra de las joyas del arte normando del siglo XII y se puede visitar de forma gratuita; la última restauración le ha quitado todos los añadidos barrocos, con un resultado sorprendente. Compite con la Catedral de Monreale, aunque ésta es mucho más humana, más sobria, propia de un pueblo de marineros, con una luz especial, lo que le da un especial encanto. El interior, dividido en tres naves es de gran pureza, con la piedra original y algunos altares, aunque todas las miradas se dirigen hacia el ábside central, donde se encuentran los espectaculares mosaicos, sobre todo el gigantesco Pantocrátor, de aspecto muy oriental, que vigila con su mirada a todos los que se encuentran en el interior. El ambiente es recogido y se llama la atención a aquellos que montan un poco de escándalo.

Merece la pena rodear la Catedral por las calles adyacentes para darse cuenta de los volúmenes del edificio y apreciar las torres desde diversos ángulos. Junto a la fachada principal se encuentra la entrada al Claustro (Chiostro), que se visita por 3 euros; una foto a la entrada prometía algo más, aunque es bastante decepcionante comparándolo con el de Monreale. Se está reconstruyendo desde hace algunos años y todavía faltan muchas partes; destacan las columnas pareadas y algunos capiteles, bastante sencillos; el centro parece un paisaje de Mauritania.

[size=9][size=7]Interior del Duomo de Cefalù.

Decidimos perdernos un poco por el pueblo calle arriba y abajo, obteniendo sorprendentes perspectivas; parece que el pueblo estuviera a punto de ser engullido por la enorme roca que lo flanquea por la parte trasera. No hay sitio para más: la franja que queda entre el monte y el mar. Os recomendamos pasear por Via Spinuzza, vicolo Purgatorio, via Francavilla...Por via Porpora llegamos a nuestro primer encuentro con el mar, aunque inaccesible, ya que es una gran escollera donde se disfruta de la fuerza de las olas; a través de via Bordonaro se puede acceder a un mirador, un antiguo bastión defensivo, donde las vistas de la costa y del pueblo son espectaculares. Los bares, a falta de playa en esta zona, han tenido que montar sus terrazas en plataformas sobre las rocas, lo que desvirtúa un poco el paisaje. ¡Qué ganas de darnos un bañito!

Siguiendo por la misma calle llegamos a la Marina y el Muelle (Molo), donde se disfrutan de las vistas más fotogénicas de Cefalù; todo recuerda a la Italia tópica que las películas nos han metido en la cabeza: chavales con el motorino, familias ruidosas, ancianos al sol, puestos de helados, chulos de playa exhibiendo su bronceado, casitas encantadoras y un agua cristalina...Rodeamos el muelle y nos quedamos embobados un buen rato en este bonito rincón. Hay unos baños de pago, que también pueden utilizarse para ponerse el bañador, aunque cuando fuimos a bañarnos al mediodía ya estaban cerrados. Nos morimos de ganas por meternos en el agua, pero todavía falta un poco.

La playa es minúscula, pero muy limpia. Las casas se amontonan sobre las antiguas murallas, con elementos arquitectónicos de todas las épocas; de hecho, el único acceso a la arena es a través de Porta Pescara, una antigua puerta de la muralla con un arco ojival y un poco de sombra que utilizan aquellos que no quieren pagar la sombrilla y la hamaca. Esto será una tónica en todas las playas sicilianas: todas tienen una zona de pago en la que sólo se puede acceder si pagas el alquiler de la sombrilla y la tumbona para el día; como nosotros sólo queríamos darnos unos baños, no merecía la pena pagar nada. La playa se encuentra llena de locales y, a pesar de todo, encontramos sitio para poner la toalla. El agua es cristalina y calentita, con algunos escollos; desde el mar las vistas del pueblo son impresionantes y al zambullirse se pueden ver multitud de peces. También se puede nadar hasta la playa vecina, algo más grande y con unas buenas vistas también.

Porta Pescara y playa de Cefalù.
Por cierto, algunas escenas de la película Nuovo Cinema Paradiso de Tornatore se rodaron en Cefalù. Es una de mis películas favoritas, por lo que el lugar resultaba todavía más especial.
Nos pusimos el bañador en el servicio de un bar de la Via Vittorio Emanuele, que discurre paralela a la playa y, por tanto, es una de las calles más turísticas; en la Via Vanni encontramos una focacceria-rosticceria donde compramos arancini y panini para comer en la propia Porta Pescara, mirando al mar. El dueño te calienta la comida en su microondas; es muy barata, pero los restaurantes del pueblo son prohibitivos para el turista medio. En la misma calle se encuentra el Lavadero medieval, un lugar sorprendete. La visita es gratuita y se accede a él por un pequeño callejón cerrado con una verja a la hora de la comida. Está alimentado por un río subterráneo de agua congelada, increíble que se halle a unos metros de la playa; diversos caños y canales permitían lavar la ropa, mientras que ahora es utilizado por todo el mundo para quitarse la arena de la playa. Un lugar que no hay que perderse.

Decidimos alejarnos un poco del centro histórico para disfrutar de algunas vistas más del pueblo. Siguiendo la costa encontramos otras playas mucho más grandes, pero todavía más repletas de gente y de sombrillas de pago; en uno de los miradores podemos observar todo el conjunto: el pueblo medieval, la catedral, el peñón y el mar. Un buen recuerdo antes de irnos de este lugar.

Antes de alejarnos definitivamente, seguimos al costa un poco hacia el este por la antigua carretera; dominan los acantilados, aquí muy abruptos, con pequeñas playas inaccesibles. Encontramos la aldea de Caldura, con algunos vestigios de torres defensivas y unas vistas al mar espectaculares.

A la salida del pueblo nos paró la policía, pero, al decir que éramos españoles, los agentes perdieron el interés, nos preguntaron por los sitios que conocían de España y nos dejaron seguir adelante. Nos incorporamos a la autopista de nuevo y pasamos por innumerables túneles junto al mar, menos mal que podemos conducir con cierta tranquilidad, ya que está casi vacía. Teníamos interés por conocer Tindari, por lo que nos dirigimos allí antes de que sea más tarde. Tras una hora y media de camino llegamos al aparcamiento del complejo; se trata de un aparcamiento de pago al pie del cerro donde se encuentra el famoso Santuario y los restos de la ciudad greco-romana; el aparcamiento es obligatorio, ya que no se puede acceder al completo en coche (no recuerdo el coste, pero no sería más de un par de euros); en el mismo aparcamiento se pueden comprar los billetes para el autobús que te sube hasta el santuario (0,80 ida y vuelta). No se tardan más de cinco minutos, pero, eso sí, se circula con las puertas del autobús abiertas para ventilar un poco, ya que no hay aire acondicionado. Desde lo alto se aprecia una bonita vista de los Montes Nebrodi y del mar.

En primer lugar se llega al Santuario della Madonna Nera, un gran edificio de los años 70 que corona el monte; la devoción debe ser grande, ya que hay una calle entera repleta de souvenirs de la imagen, con las cosas más inverosímiles. Por cierto, venden unos dulces de almendra de colores sospechosos, pero que están buenísimos. El edificio es mejor olvidarlo, podría ser un ejemplar único del arte jamaicol, todo a lo grande, pero con poco gusto, mucho color, azulejos varios y murales con los relatos de las apariciones marianas. La imagen de la Virgen, de cedro ennegrecido, parece ser que es de origen oriental y data del siglo IX; en el mismo lugar se han levantado sucesivos santuarios que han sido destruidos por diversos motivos hasta levantar la horterada que tenemos hoy en día. La pobre Virgen, cosas de la época, lleva la siguiente leyenda en su peana: Nigra sum sed formosa, dice que es hermosa a pesar de ser negra...

Santuario de la Madonna Nera, Tindari.
El verdadero interés del lugar es la Ciudad greco-romana de Tyndaris, que ya estaba cerrada, pues eran las 7 de la tarde. Aún así, se puede pasear por los retos de las imponentes murallas y rodear la verja del complejo arqueológico, a través de la cual se tienen vistas de diversos edificios, sobre todo la bien conservada Basílica, todo ello con el mar de fondo, pues la ciudad se encuentra colgada sobre el mar. Junto a la entrada del complejo arqueológico hay bastantes bares en los que tomar algo, aunque ya estaban desiertos a esas horas. Desde allí se puede apreciar la espectacular lengua de area que, según las mareas, forma los Laghetti di Marinello, unos lagos de agua salada en medio de la gigantesca lengua arenosa; en principio pensábamos acceder a ellos, pero nos dio la sensación de que sólo se podía llegar a través de alguna embarcación. Al salir del aparcamiento para incorporarse de nuevo a la autopista hay varios miradores en la carretera en los que parar para poder contemplar los lagos desde diversas perspectivas.


Tras unos quince minutos por carretera convencional llegamos a Milazzo, ciudad dominada por las gigantescas chimeneas de las refinerías petrolíferas que, de noche, le dan un aspecto de ciudad futurista. La ciudad no tiene gran interés en sí, pero es el punto de partida de casi todas las excursiones para las Islas Eolias, por lo que pasaríamos dos noches allí. Ya de noche, paramos en un Carrefour de la entrada para comprar algo para cenar; por cierto, allí los cannoli, el dulce por excelencia siciliano son muchísimo más baratos que en cualquier pastelería. Se trata de una masa frita con forma de caña rellena de queso ricotta con frutas confitadas y trozos de chocolate. Están bueníiiiiiisimos y también son muy adictivos (Receta: lasrecetasdemaru.blogspot.com.es/ ...iones.html ).

Nos alojamos en el Hotel Medici ( www.hotelmedicimilazzo.it/ ), reservado a través de www.booking.com por 80 euros la noche con desayuno incluido; no está mal para los caros precios de Milazzo, que se aprovecha de ser el punto de partida para las Eolias. Se encuentra en una situación inmejorable, en la Via Medici, una calle peatonal en pleno centro y a dos pasos del puerto de embarque para las islas. Es un hotel de gestión familiar, más o menos moderno, con una sala de desayunos que conserva frescos decimonónicos y habitaciones correctas, con baños muy cómodos; la nuestra, por desgracia, no tenía ventana al exterior, sino a una especie de pasillo con una ventana a un patio, donde un señor se levantaba a las 6 de la mañana para reformar su piso. No tiene ascensor, sino un montacargas de medio metro cuadrado en el que sólo caben las maletas.
Pensábamos que dejar el coche en Milazzo iba a ser un problema, ya que los garajes son bastante caros y en las proximidades del puerto y del hotel sólo hay zona azul, que sólo puedes pagar para dos horas. Tuvimos suerte, ya que nos dijeron que la empresa concesionaria de la zona azul estaba cambiando, por lo que se podía aparcar todo el tiempo que quisieras sin necesidad de pagar nada; además, encontramos un sitio al lado del hotel.
Una vez instalados decidimos dar un paseo por la ciudad, que está bastante animada. En la plaza del Ayuntamiento, con una iglesia moderna y horrorosa, hay un mitin electoral que congrega a grandes y pequeños, muy interesados en lo que tenían que decirles. Cenamos en Rosticceria-panineria Seven en Via Riolo Nino, una pizzeria familiar con empleados muy amables; dos pizzas del tamaño de un sombrero mejicano con dos bebidas por 12 euros, muy buenas. Un poco más tarde nos acercamos al larguísimo paseo marítimo, donde toda la ciudad hace la passeggiata, el tradicional paseo de tarde-noche para ver y dejarse ver, a la vez que se toma un helado; hacemos lo propio y parece que estemos en la calle Sierpes en plena Semana Santa, no cabía un alfiler. Todo estaba lleno de puestos con toda clase de bisutería, juguetes, ropa...La brisa del mar es muy agradable, se ven todas las luces de las refinerías y hay muchas heladerías donde tomar algo; por supuesto que cae un helado, esta vez alla nocciola (avellanas), tan rico y cremoso que dan ganas de pasear toda la noche para pedirse muchos más. Es tarde y mañana hay que madrugar, así que la cama nos está esperando.
