Jueves 24 Enero 2013
Segundo día en Orlando, y había que seguir de compras. En la habitación de al lado, se habían dejado el despertador puesto, y estuvo sonando desde las 7 hasta las nueve de la mañana (eso es insistencia), y eso fue lo que nos despertó.
Como allí también teníamos cafetera, nos preparamos el desayuno con las últimas cookies que nos quedaban.
Teníamos entradas para el partido de la NBA entre los Orlando Magic y los Toronto Raptors donde jugaba José Calderón (o Kinderbueno Man), y no teníamos muy claro si iba a ser fácil y barato encontrar aparcamiento por la zona, así que pedimos consejo al recepcionista del motel. Él nos recomendó ir hasta el Orlando Center en autobús, así que le hicimos caso.

Supongo que será una tontería, pero pasamos algo de miedo durante el viaje. Para empezar, en la parada de autobús había un par de vagabundos borrachos, y estuvimos bien hasta que vimos que un chico que también esperaba el bus se empezó a apartar algo asustado. Si él, que parecía vivir por la zona estaba así…
Dentro, el autobús estaba lleno de gente y, los quince minutos que nos había dicho el recepcionista, se acabaron convirtiendo en media hora circulando por zonas en las que no me habría bajado ni loco.
Cuando llegamos a la estación central, que era la última parada, preguntamos a un hombre de seguridad dónde podíamos tomar el Lymmo, un autobús gratuito que hace un recorrido circular por Orlando.
Nos indicó la parada, pero nada más subirnos, la conductora nos dijo que era mucho mejor ir a pie desde allí mismo, ya que la parada más cercana estaba a más distancia, así que nos bajamos y seguimos sus instrucciones para llegar al campo.

Apenas tardamos cinco minutos en llegar junto a la entrada principal y había bastante ambiente por los alrededores. En gran medida, porque bastantes brasileños habían decidido ir también a ver el partido.

Había música y entretenimiento pero nosotros fuimos directamente a la tienda del club, porque yo tenía muchas ganas de comprar una de esas manos gigantes que se ven en las pelis (no se puede ser más guiri, lo sé), y ver si había algún otro recuerdo interesante.
Nos sorprendió que nos cachearan al entrar en la tienda, pero una de las oficiales nos dijo que desde allí también se accedía al estadio. Le preguntamos si podíamos salir una vez le diésemos las entradas y como nos dijo que no, preferimos echar un rato antes por el exterior.
Había un puestecillo de una emisora de radio en la que te daban un vaso de plástico o un cacharro de gomaespuma para llevarlo si sacabas un ocho o un cinco con dos dados enormes que tenían. Los dos probamos suerte, y ambos sacamos sendos ochos, así que nos fuimos felices con nuestros regalos. Justo los 30 metros que nos separaban de la entrada y donde nos los confiscaron por no estar permitido su acceso (nuestro gozo en un pozo).


Aunque a ninguno de los dos nos gusta el baloncesto, el espectáculo fue impresionante, y nos lo pasamos en grande. Nos pasamos todo el partido animando al equipo visitante (por aquello de que jugaba un español), aunque yo traté de no mostrar mucho entusiasmo por si acaso (a mi mujer eso le daba igual).


Yo me comí un perrito caliente en la segunda parte, y me quedé como un señor.


Finalmente ganaron los nuestros en el último segundo y con asistencia de Calderón (no podíamos pedir un final mejor).

Curiosamente, el viaje de vuelta fue mucho más relajado que la ida, y la única duda que teníamos era saber si íbamos a ser capaces de acertar con nuestra parada, pero a mi mujer no se le escapa una, y nos bajamos justo frente al motel.
