La vuelta al hotel por la Novena Avenida desde Lincoln Center es una maravilla. Transcurre por el oeste a sólo dos manzanas de la bahía Hudson y lejos de las avenidas centrales donde se concentran los rascacielos. La atravieso entre las calles 60 y 34, que es donde se ubica el hotel. A grosso modo, los gigantes de acero se apelotonan en el centro, ya que a los lados y al norte y al sur se ven más desperdigados (salvo el extremo sur de la zona financiera). Paso por la Novena con sus casas bajas que dejan ver detrás los rascacielos del midtown. Son edificios de cuatro pisos con ladrillo rojo y mate. Fachadas bellamente sucias y marcadas por las escaleras de hierro en zigzag. En los bajos se suceden pequeños comercios, muchos de ellos sin reformar, diría que desde hace décadas, con su estética decadente. Pequeños negocios de toda clase, con todo tipo de dueños; zapaterías, lavanderías, tiendas de comestibles, de comida para llevar, licorerías, electrónica... Regentadas por negros, hindúes, latinos y orientales. Colmena comercial. Son locales con solera y muchos de ellos tienen entrada a sótano desde puertas metálicas que se abren en el suelo desde la propia calle, en el exterior. El pequeño comercio abraza la calle mientras las grandes corporaciones marcan distancias desde las alturas.

Mención especial merece B&H, que ocupa por entero el bajo y el segundo piso de la fachada entre la 33 y la 34. Cien metros y varios escaparates. El primer escaparate me llama la atención, pues exhibe un buen surtido de telescopios. Avanzo pensando que la entrada se encuentra al lado, pero no; otro escaparate, y otro y otro. Después la entrada, y otro escaparate y otro… hasta que se acaba la cuadra. Es un enorme comercio de aparatos electrónicos y óptica, de todo menos teléfonos y todos sus vendedores y empleados son judíos. La mayoría aparecen ataviados con camisa blanca y chaleco y portan caireles, esos mechones de pelo largo que crece desde las sienes. Increíble. Hay 25 cajas para pagar. Compro unos simples auriculares y pago atravesando por una pequeña odisea de tres mostradores; en el primero te piden los datos personales, les das el producto y te entregan un ticket, en el segundo pagas la compra y en el tercero retiras el producto. Durante mi estancia en la tienda oigo con cierta frecuencia un leve zumbido que proviene del techo. En la última caja me doy cuenta del origen del extraño ruido. El techo está atravesado por un inmenso circuito de cinta transportadora por donde pasan los productos a su destino final para ser retirados por los clientes. Llegada al hotel con espectáculo de tambores, esta vez porque los Knicks juegan en el cercano Madison dentro de una hora aproximadamente.