Viernes 25 Enero 2013
Amanecía nuestro último día completo en Orlando, y el despertador del vecino había vuelto a jugarnos una mala pasada a las siete de la mañana.
No teníamos muy claro el planing de la mañana, pero lo que era seguro era que íbamos a comer cangrejos en un restaurante llamado Bogards, que nos había dejado muy buena impresión en nuestra anterior visita.
Como tenemos muy poca imaginación (sobre todo yo), acabamos siendo muy previsibles y volvimos a ir de tiendas toda la mañana hasta la hora de comer. Saliendo de uno de los centros comerciales, Asun tuvo la ocurrencia de decirme que echase un vistazo a la rueda delantera derecha del coche, que estaba completamente lisa. Una de las cosas que más me han preocupado durante los viajes a Florida era ver la gran cantidad de ruedas reventadas que íbamos viendo en los arcenes de las carreteras. Siempre he pensado que quizás se deba a los reflectantes que tienen separando los carriles, y me empecé a preocupar seriamente. Aún teníamos muchos kilómetros por delante y quizás lo más sensato hubiese sido llamar a Dólar y pedir un cambio de coche (o haberlo revisado bien antes de cogerlo), pero preferimos continuar sin darle mayor importancia (aunque yo estaba acongojado…)
Llegado ese punto, seguimos las indicaciones del GPS, pero para nuestra sorpresa el restaurante que buscábamos ya no estaba allí, pero pronto llamó nuestra atención otro que sería capaz de cubrir nuestras necesidades: Joe´s Crab Shack, una cadena de restaurantes especializados en lo que andábamos buscando.


Pedimos un especial para los dos, y se nos acabó saliendo el marisco por las orejas. No somos muy exigente, y nos pareció todo delicioso. De postre, nos atrevimos con una bomba de calorías (cuando llegue a casa no voy a ser capaz de mirar a la báscula a la cara), a base de chocolate, galletas y nubes y salimos de allí deseando llegar al motel para una merecida siesta.


A las 19:00 tocaba ver el espectáculo de La Nouba del Circo del Sol en el Downtown de Disney, así que a eso de las cinco ya estábamos de camino. A diferencia de los Estudios Universal, allí no tuvimos que pagar aparcamiento, y no tuvimos dificultades para encontrar sitio.

Dimos unos paseos entre las tiendas de souvenirs, y a las seis y media entramos en la carpa. Nuestros asientos estaban en la tercera grada, junto a una de las puertas de acceso, y se veía de lujo desde donde estábamos. Nada más sentarnos, le pedimos a una pareja que había al lado que nos echase una foto, y uno de los empleados subió a toda velocidad para decirnos que estaba prohibido. Entiendo que no dejen hacer fotos ni grabar vídeos durante el espectáculo, pero aún faltaba un rato para el comienzo, y ni siquiera salía el escenario. Pronto descubrimos que no éramos los únicos, y cada vez que se veía un flash, salían corriendo para pedirles que guardasen las cámaras.


Habíamos visto un show en Málaga y otro en Las Vegas, pero cada vez consiguen sorprendernos con algo. Estuvimos embobados, y todo el número se nos pasó volando.

Al día siguiente teníamos que dejar Orlando para continuar la aventura, pero nos íbamos de allí más felices que dos lombrices.