Día 8 (Sábado 07/07)
Nos levantamos, compramos cosas en el 7 Eleven para comer por el camino, y cogemos un tuk-tuk que nos lleva a la estación de autobuses. Cogemos el bus a las 7.15h.
En la estación veo una columna de direcciones de países que me hace bastante gracia. Resulta que Tailandia forma parte de un eje comercial del sureste asiático (formado por otros países como Birmania, Vietnam, Malasia, Singapur, Laos, etc) para competir contra los gigantes asiáticos China, Corea del Sur y Japón. En esta columna hay la distancia a la que están estos países (no sé como de fiables son estas distancias, ya que aparece Tailandia a 478kms; ¿no estamos ya aquí? WTF!!!).

Panel de distancias a paises asiáticos
El viaje es de cinco horas y pico, y esta vez se hace un poco pesado. De todas formas, antes de las 13h hemos llegado a nuestro destino: Chiang Mai. Hace un día bastante decente. No tiene pinta de llover, de momento.
Cogemos un tuk-tuk que nos deja en el hotel que habíamos reservado. El Sathu Boutique (aquí les gusta llamar Boutique a todo). La verdad es que no está nada mal: con piscina y desayuno incluido. Aunque, como casi todos los hoteles excepto el de Khaosan Road, la ducha está al lado del WC sin separación, con lo que cada vez que te duchas lo pones todo perdido de agua. Es decir, “bosque inundado” (no me hagáis caso, es una broma interna que usamos mucho durante el viaje).

Habitación del Hotel
Dejamos las cosas, y salimos a la calle principal buscando algo para comer. Nos encontramos un chico que nos recomienda un mercado. Subimos caminando unos 20 minutos (con toda la tostanera se nos hace eterno) y llegamos al mercado, 100% Thai. No hay ni un guiri excepto nosotros.

Mercado de Chiang Mai "only locals"
Vemos las típicas paraditas que ya vimos mi mujer y yo en Kanchanaburi. Todas las paradas muy abarrotadas, pero muy ordenadas, y todo muy limpio y sin malos olores.

Puestecito de frutos secos
Como tenemos más hambre que el perro de Chocapic primero de todo buscamos un sitio para comer, y lo encontramos en la parte central del mercado. Un recinto con mesas y sillas rodeado de varios sitios de comida (es muy típico de casi todos los mercados en los que hemos estado en Tailandia). Nos vienen unos abuelos y nos ofrecen varios platos por señas (estos sí que no hablan inglés, jaja). Cogemos unos boles, palillos, cubiertos, unas cervezas, y lo que nos traigan. Nos sabe todo a gloria. Para postre pillamos unos Roti (los churro-crepes rellenos) de plátano y chocolate (aquí también les ponen huevo, a tope de todo), de un puestecito regentado por una pareja joven que parecen bastante “in-love”. Delicosos.

Rotis de Banana y chocolate, mmmm delicious
Satisfechos, damos una vuelta por el mercadillo, y nos volvemos a la zona de la ciudad vieja a ver unos templos. En uno de los que entramos hay un montón de niños monjes budistas. Nos sentamos un rato mientras vemos como van rezando, y finalmente les dan de cenar. Aparte, vemos un perro muy gracioso que va dando vueltas de un lado a otro (típico también de Tailandia y de su amor por los animales y por el respeto a todo; los perros andan sueltos y pueden ir adonde quieran; no vaya a ser que te reencarnes en un perro en la próxima vida).

Aprendices de monje rezando


Cuando empiezan a cenar los “monaguillos” budistas nos vamos para no molestar (aunque la gente sigue allí haciendo fotos y tal; un poco coñazo, pensaría yo si fuera uno de estos jóvenes aprendices). El perro se va paseando por entre los chicos a ver si pilla algo. La verdad es que si me reencarno en perro, que sea en Tailandia, jaja.
Continuamos paseando y nos acercamos a una plaza gigante con un templo en medio (tampoco me acuerdo del nombre; en Chiang Mai no me apunté las visitas y ahora me pasa esto). El sitio es muy chulo, y tiene banquitos a los alrededores para poder sentarse y contemplarlo.

Templo al aire libre bastante chulo
El último templo que visitamos tiene un buda reclinado muy chulo.

Otro buda reclinado
Luego pasamos por una agencia de viajes con licencia de la TAT, donde nos atiende una chica muy maja (Nancy) que nos dice que valvamos al día siguiente con todas las ideas claras que tenemos, ya que empezamos a darle información de cosas que queremos hacer los próximos días, cambios de viaje, y otras cosas, y tenemos que acabar de decidir (Vic, Toni, Cris y Marta tenían pensado ir a la zona de Phi-Phi, pero el tiempo es muy malo, está lloviendo cada día, y están casi decididos a ir con nosotros a Koh Tao; además, teníamos intención de hacer un trekking de dos días en Chiang Mai, pero la idea de dormir en la selva con el diluvio tampoco nos acaba de convencer). Así que nos vamos para volver al día siguiente con un planning claro.
Casualmente, nos encontramos con el chino de Sukhothai (Sha Meao se llama, o algo así), que se viene con nostros a hacer una birra y quedamos con él en vernos por la noche en el Saturday Market. Nos vamos al hotel a la piscina, y luego ducha para prepararnos para la noche.
Al cabo de un rato salimos para ver este mercado nocturno. Recogemos al chino, y vamos hacia allá. Es inmenso. Se compone de una calle principal que se extiende hacia el infinito con ramificaciones en las calles que cruzan. Es el infierno de los mercadillos; y se supone que es más pequeño que el del día siguiente (el famoso Sunday Market).

El Saturday Market hasta arriba de gente
Compramos algunas cosillas (no queremos cargarnos de regalos que nos queda medio viaje), y cenamos en una zona de chiringuitos.

Puestos de comida en el mercadillo
Hay bastante gente por todas partes, y el chino parece un poco agobiado (curioso, ya que cuando estábamos en China había muchísima más gente por todas partes; aunque quizá él sea de una zona más tranquila). Pasamos por un sitio de chanclas donde hay unas que me gustan un montón, pero no hay de mi talla y se las acaba comprando mi mujer. También nos compramos dos pantalones Thai (talla única y unisex, como los que nos dan en el Shewa Thai Massage), unos rojos y otros azules. Son muy fresquitos.
Vemos varias paraditas de masajes tradicionales Thai al aire libre, llenos de nacionales, ya que para los occidentales se hace un poco raro que te hagan un masaje rodeado de mucha gente y al aire libre (aquí es típico).

Thai Massage en la calle
Al cabo de un rato de dar vueltas, sobre las 22h, nos despedimos del chino y nos vamos al hotel a dormir.
Día 9 (Domingo 08/07)
Nos levantamos por primera vez con la calma en muchos días, desayunamos bien (huevos revueltos, tostadas, bacon, café au lait, cereales, fruta, etc…). Depués pillamos un tuk-tuk y vamos hacia el Doi Suthep. El viaje es movido, ya que la carretera tiene mil curvas, y los tailandeses conducen como locos. Cuando llegamos allí quedamos con el taxista que nos lleve de vuelta. Entonces miramos hacia arriba. Es impresionante. Una escalera muy larga con dos barandillas enormes con dragones esculpidos te llevan hacia el templo. Muy bonito.

Detalle de la barandilla

Escaleras llenas de gente
Eso sí, aquello parece Lloret de Mar. Hay gente a reventar, paraditas de souvenir por doquier (venden incluso ¡¡¡gorros de lana!!!, ¿en Tailandia? nos preguntamos. Esto parece como cuando años atrás en La Gran Muralla China a mi mujer a mí nos intentaron vender bolsos “real Guzzi y real Prada”; nos quedamos con cara de ¿WTF?).

¿Gorros de lana en Tailandia?
En fin, nos ponemos a caminar, y la subido no se hace demasiado dura. Casi arriba del todo vemos una estatua de dragón dorado que nos da la espalda y nos enseña el ojete (sí, nos hace mucha gracia, así de simples somos los guiris).

Ojete moreno
La larga ascensión, al final, tiene recompensa. El recinto de templos es espectacular. La gente reza por todas partes, hacen ofrendas, hablan con los diversos monjes; allí encontramos una copia del Buda Esmeralda del Palacio Real de Bangkok (parece que estuvo allí antes de trasladarlo). Vemos gente incluso rezando a estatuas doradas de monjes (que supongo que murieron hace tiempo). Supongo que serán una especie de santos para los budistas.

Templo dorado (disfruto con el oro)




En uno de los recintos nos pasa algo curioso, segunda experiencia que tenemos con el budismo. Mi mujer y yo estamos de rodillas haciendo fotos de un buda, y hay un monje muy viejecito atendiendo a una pareja de abuelos tailandeses. Entonces, de repente, nos dice a todos los que estamos allí que nos acerquemos a él, y empieza a rociarnos con agua. Nos quedamos flipando, y nuestros amigos que están afuera también. Curiosamente, una vez acabado esto tanto mi mujer como yo nos encontramos mucho mejor (yo tenía una contractura gracias al masaje del día anterior, y mi mujer estaba un poco mareada del viaje de subida con todas las curvas); ¿será psicosomático, placebo? No lo sabemos, pero nuestro estado general, tanto físico como mental, había mejorado bastante.
A la salida del recinto hay una gran tela super larga donde puedes escribir. Dejamos una donación, y escribimos nuestros nombres allí para la posteridad, saliendo en paz y con una gran sonrisa en los labios.

Nuestros nombres en la tela del recinto
Una vez acabada la visita, intentamos hacer unas fotos de las vistas de Chiang Mai, pero hay una niebla bastante densa que no deja ver mucho. En un día claro debe ser espectacular. Cuando salimos del recinto de templos, pero antes de bajar por las escaleras, nos encontramos un grupo de niños y niñas, vestidos con trajes tailandeses, haciendo bailes tradicionales. Les hacemos unas fotillos y ahora sí que vamos bajando las escaleras de nuevo.

Grupito de danza tradicional de niños

Cuando llegamos abajo, cogemos el tuk-tuk de vuelta a Chiang Mai. Este viaje de bajada es un poco accidentado, ya que a medio trayecto el conductor da un brusco frenazo, y Vic y Marta se chocan dándose un cabezazo un poco fuerte. Hay que ir con cuidado cuando se va montado en estos tuk-tuks, y agarrarse donde se pueda.
Sin más incidentes, llegamos a Chiang Mai, nos despedimos del conductor, y entramos en otro de los templos que tenemos planeado visitar (tampoco me acuerdo del nombre, que cabeza la mía). Se trata de un recinto pequeño de templos muy bonito. Como siempre, antes de entrar en los templos hay que descalzarse.

Zapatillas para todos los gustos (las de uvas no tienen desperdicio)


De entre los últimos templos que vemos, hay uno que tiene ocho estatuas de cera de monjes budistas, cuatro en cada lado de la sala, como protegiendo a los budas maravillosos que hay allí. Están tan bien hechos y colocados de forma que parece que se vayan a mover en cualquier momento. Qué mal rollito…

Estas estatuas daban un poco de cosa
Cuando hemos acabado de visitar los templos, nos dirigimos a la oficina de turismo del día anterior, ya con las ideas claras. Después de una hora y media de negociar, discutir, regatear, y elegir, tenemos un pack de actividades, vuelos, y hoteles para varios días por 26.000THB los dos (unos 650€) consistente en: trekking de un día por la selva, transfer al aeropuerto, avión a Koh Samui (con escala en Bangkok), transfer al hotel, dormir dos noches (850THB/noche), excursión al Parque Natural de Ang Thong (2500THB), transfer al pier, catamarán rápido (1h) a Koh Tao (Seatrans), y dos noches de hotel en el Koh Tao Resort (1850THB/noche) en Chalok Ban Kao…
La verdad es que quedamos muy contentos con Nancy (aunque unos días más tarde comprobamos que no es oro todo lo que reluce). Cuando acabamos las gestiones, nos vamos a comer a un chiringo unos fideos con carne bastante buenos, por 25THB (más la Chang de rigor, jaja).

Bol de fideos con carne
Luego llevamos ropa para una colada, reservamos masaje en el Lila Thai Massage (hay varios en Chiang Mai, y lo han recomendado en los viajeros), piscina, y siesta.
El tiempo es inestable. A veces hace un poquito de sol, las más llueve, aunque débilmente, y no está haciendo en Tailandia tanto calor como esperábamos. El tiempo es bastante agradable.
En fin, después de la siesta, nos vamos a los masajes (180THB). Genial. Lo hacen muy bien. Resulta que las masajistas suelen ser expresas de las cárceles de por allí (la que me hace los masajes a mí tiene los brazos bastante tatuados).

Lila Thai Massage
Nuestros amigos por fin reciben un masaje tradicional Thai como Buda manda.
Una vez que nos quedamos como nuevos nos vamos al Sunday Market, el infierno de los mercadillos… si el mercado del día anterior (el Saturday Market) era grande, este es infinito!! Ocupa una gran calle principal, que se extiende por kilómetros (no llegamos al final), y todas las calles que cortan también…
Primero de todo vamos a una zona de chiringuitos de comida; está muy bien montado. En una especie de plaza han puesto bastantes mesas y sillas; por todo el alrededor de esa plaza están todos los puestecitos de comida y bebida. Nos cogemos un poco de todo, e intentamos refugiarnos en una mesa que hay justo debajo de unos árboles, ya que empieza a llover de nuevo. Pero al poco rato para, así que acabamos de cenar tranquilamente. Para rematar la faena, nos acercamos a un puesto de rotis (aquella especie de creppes) y nos comemos uno de banana y chocolate.

Puestecitos típicos de comida en el Sunday Market
Una vez satisfechos, nos metemos en faena. Vamos callejeando, viendo cientos y cientos de paradas, gente tocando instrumentos en mitad de la calle, más puestos de comida, y las paradas no parecen tener fin. Nos compramos unos pantalones tailandeses con diseño japonés muy bonitos, y alguna cosilla más.
La verdad es que en tema artesanía, cuadros y souvenirs, si queréis comprar no esperéis a Bangkok, ya que aquí es más barato y hay mucha más variedad. Nosotros, por no comprar en Chiang Mai, nos quedamos luego sin encontrar muchas cosas de las que hubiéramos comprado aquí.
Bien, después de algunas horas, viendo que no llegamos nunca al final de este mega-mercado, nos damos la vuelta y nos vamos hacia el hotel, ya que al día siguiente hay trekking.
Día 10 (Lunes 09/07)
Nos levantamos prontito (7.30h), desayunamos bien en el hotel, y esperamos al vehículo que nos lleva al trekking. El día está nublado, aunque no llueve. Al final decidimos coger el trekking de un día (en vez de dos días que era nuestra idea inicial) porque el tiempo está siendo bastante irregular y pasar una noche en la jungla diluviando como que no nos apetece demasiado). Así que cogemos el transporte, que es un 4x4, y después de una horita llegamos a nuestro destino (con parada a mitad de viaje en el típico sitio donde puedes ir al lavabo y comprar de todo: bebidas, gorras, impermeables, comida, etc, etc). La verdad es que las gorras nos fueron genial.
Cogemos las mochilas, y empezamos a caminar. Tenemos dos guías, uno que va delante de la marcha, y otro que la cierra. Curiosamente uno de los guías iba con chanclas. Nosotros que llevamos chirucas, pantalones de montaña, etc, y que aún así nos resbalamos en las laderas, y el colega con sus chanclas de 2€ y tan contento, jaja.

Nuestros guías del trekking
A los pocos minutos de empezar llegamos a unas cascadas muy bonitas, y el guía nos indica que nos podemos bañar. La verdad es que el tiempo no acompaña mucho, el agua está bastante fría, y encima acabamos de empezar, por lo que casi todos nos rajamos. Sólo Toni y Víctor se atreven, así que se ponen el bañador y se van hacia la cascada. Hacemos fotos, y seguimos con la marcha.

Cascadas bastante impresionantes
Los guías resulta que son de la tribu de los Karen, y nuestro destino es su poblado para ir a comer. El tiempo sigue siendo inestable, pero de momento aguanta sin llover.
La primera parte del recorrido es muy empinada, y al cabo de un rato llegamos a una ladera de terrazas de cultivo de arroz: espectacular.

Vista de campos de arrozales

Luego seguimos subiendo, y cuando ya hemos llegado a la cima de esta ladera y dejamos atrás los arrozales, empieza a llover, primero un poco, pero enseguida se convierte en una lluvia torrencial (suerte de que llevamos dos impermeables para proteger la cámara, ya metida en su funda y en la mochila a su vez, pero la experiencia de Nueva Zelanda nos indica que nunca es suficiente). Yo me pongo como una sopa, pero como hace calor te secas más o menos rápido (aunque como estamos en la selva y tenemos que ir con pantalón largo, pues me pongo perdido de agua y fango hasta las rodillas).
Al poco rato llegamos a un altiplano, donde ya no llueve, y encontramos el poblado, un grupito de casas de madera. Entramos en una de ellas, totalmente abierta, sin apenas muebles, y nos recibe una abuela, una cuantas mujeres adultas, una niña adolescente, y muchos niños pequeños, una parte de los cuales hijos de esta adolescente.

Madre adolescente con todos sus hijos
Iban vestidos todos con cuatro trapos, y evidentemente no hablaban inglés ninguno de ellos. Nos sentamos en el suelo de madera una especie de habitación (por llamarlo de alguna forma, ya que eran dos paredes, techo, y abierta por dos lados, uno de ellos que da directamente afuera). Vemos que empieza a salir humo de nuestras camisetas empapadas, debido al calor y la gran humedad. Mientras esperamos la comida, nos empiezan a sacar unos pañuelos (tipo bufanda) bordados a mano, muy bonitos, y acabamos comprando algunos (250THB creo recordad).

Colección de pañuelos

Tejedora con su telar
Una vez hecho el negocio, nos sacan un mega bol de fideos con carne, verdudas y mucho caldo, no muy picante, y muy bueno. Además tenemos mucha hambre. También nos sacan unos boles y tenedores para comer. Así que engullimos sin apenas pronunciar palabra; para postre un poco de fruta. Nos sabe todo delicioso.

Bolaco de fideos con carne, berengena, verduritas...mmm
Mientras nosotros acabamos de comer, vemos que en otra parte de la casa sacan otro mega bol de arroz con verduras, y todo el resto de la familia se pone a comer de allí, con las manos, y sin problemas. Acompañan esa comida con unos gusanos muy grandes que se comen tranquilamente (más proteínas, jaja). Nos ofrecen uno pero pasamos, estamos llenos.
Al cabo de un rato de descansar, nos hacemos una foto con toda la familia, y nos despedimos. Por delante tenemos todavía dos horas más de trekking hasta llegar al coche. Primero nos llevan a otro poblado de los Karen, un poco más grande, y nos explican cómo viven, y de qué. Vemos que estas casas de madera son bastante altas, con el piso de abajo vacío (allí duermen los bueyes, que parece ser que así se llevan la mayor parte de los mosquitos, que los prefieren a los humanos); se dedican a la agricultura y ganadería.

Casa típica de la tribu de los Karen
Seguimos bajando, y pasamos por otra ladera de arrozales. Esta es más espectacular aún, ya que el otro campo no estaba siendo usando actualmente, pero este sí. Nos explican cómo hacen el cultivo, y vemos como están arando alguno de los campos (antiguamente con bueyes, y ahora con lo que llaman “bueyes japoneses”, es decir, arados pequeños con motor). Nos explican que el actual rey de Tailandia les montó todo el sistema de canalización para el regadío de este sistema de terrazas. En este país la familia real es muy querida, ya que han hecho mucho por el desarrollo del país, sobre todo en las zonas más pobres. Por todas partes de Tailandia se pueden ver banderitas, carteles y murales con fotos de los reyes.
En nuestros viajes por Asia (Japón y China) aún no había podido ver este tipo de cultivo en terrazas, por lo que pasar por estos campos ya me compensa de sobras el precio del trekking.

Terrazas de arrozales


En esta segunda parte del recorrido, desde que comimos en el poblado, apenas nos llueve (cuatro gotillas), y poco a poco vamos bajando hasta llegar de nuevo a la carretera. Cuando ya hemos llegado al final del trekking, nos sentamos unos minutos en otra cabaña abierta por todos los lados (solo tiene techo y una pared) y vemos una situación curiosa. Mientras nosotros estamos sentados en una mesa, al fondo hay una especie de habitación donde están tumbados dos niños en una cama viendo una tele.
Al cabo de un rato nos vienen a recoger con el tuk-tuk, y emprendemos el viaje de vuelta, cansados pero muy contentos.
Pero no vamos al hotel aún. A medio viaje el guía hace una parada en una especie de templo muy freak. Unas largas escaleras con sus dragones en las barandillas, y al final cuatro estatuas gigantes (15-20 metros) de budas de pie, cada uno mirando a un punto cardinal y con un gesto diferente de las manos (que significa una cosa diferente cada uno). La subida cuesta un montón (después del mega-trekking que nos hemos pegado), pero el esfuerzo paga la pena. Estamos completamente sólos. Hacemos fotillos, también de las vistas de Chiang Mai, aunque no son tan espectaculares como des del Doi Suthep (lástima de que el día anterior hubiera tanta niebla).

Escalerazas con las estatuas al fondo (parecen pequeñas)


Al cabo de un rato bajamos y regresamos en el tuk-tuk al hotel. De camino por esas carreteras secundarias nos cruzamos con un VAO versión Tailandesa jaja. Esto es bastante habitual en estas zonas rurales (yo lo viví un poco en mis carnes en aquel Tuk-Tuk en Ayutthaya, ¿recordáis?).

Vehículo de Alta Ocupación tailandés
Dejamos las mochilas, vamos de cabeza a la piscina, y luego ducha y a la lavandería a dejar la ropa del trekking, que estaba hasta arriba de barro y sudor. Y como no podría ser de otra forma, y más después del tute de la caminata, acabamos la tarde en el Lila Thai Massage. Así como el día anterior estuve en una sala con más gente en el suelo, esta vez tenemos suerte y a Toni, a Victor y a mí nos suben a una habitación con tres camillas, los tres sólos. El masaje es genial. Y por 180THB (dinero muy bien invertido).
Cuando acabamos del masaje nos vamos a dar un paseo hasta el río para dirigirnos a un restaurante que recomiendan, el Riverside. Un sitio pijo con música en directo y visitas al río. Al principio no nos dan mesa, pero al cabo de un rato conseguimos que nos apunten en lista de espera, y después de esperar una media horita afuera (con una cerveza Chang Large pillada de un 7 Eleven, jaja) nos dan una mesa con vistas al río, en la terraza, en una ubicación bastante buena (la música dentro está tan alta que no se puede ni hablar). La comida es un poco más cara que en otros sitios y la camarera que nos atiende es una empanada (aparte de la música a todo volumen que no ayuda mucho al entendimiento): probamos una ensalada super-picante, y nuestros platos no están mal, pero Cris pide una cosa y parece que se equivocan.
Al final nos sale la cena carilla para lo que es Tailandia, y no quedamos muy contentos. Cogemos un tuk-tuk y volvemos al hotel a dormir.
Día 11 (Martes 10/07)
Nos levantamos sobre las 8.15h y vamos a desayunar tranquilamente. Los otros cuatro se han levantado antes porque tienen curso de cocina. Nuestra ocupación durante la mañana es otra.
Cogemos un tuk-tuk, negociamos el precio ida y vuelta (creo que por 300THB) y en 45 minutos llegamos a nuestro destino: Tiger Kingdom. Estamos bastante nerviosos y emocionados. Cogemos un pack de visita de tres jaulas de tigres: pequeños (4 meses), medianos (4-8 meses) y los más grandes (más de 20 meses) y un fotógrafo (luego te dan un CD por jaula).
La siguiente hora y pico es maravillosa. La jaula de los peques es una pasada. Nos tumbamos encima de los tigrecillos, al lado, les cogemos las patusas, etc… son unos peluchitos adorables. El cámara nos hace infinidad de fotos, con su cámara, y con las nuestras.

Tigre pequeños... es para comérselo
La segunda jaula que visitamos es la de los medianos. También es una pasada, y hay mucha menos gente en esta, ya que el sitio es más pequeño. Nos damos cuenta de que tanto las vallas como los árboles están electrificados (ya que mi mujer se apoya sin querer y le da un calambrazo). Te avisan cuando entras, pero te olvidas de lo embobado que te quedas contemplando estos felinos. Uno de los tigres “medianos” tiene ganas de pasear y lo vamos siguiendo, haciéndole fotos, eso sí, todo el rato con el cuidador cerca “por si acaso”.

Tigre mediano


La última jaula es la más espectacular: los tigres más grandes. Y tan grandes. Nos hacemos fotos abrazándoles, tumbados encima, tocándoles la panza, siempre con precaución. Son unos bichos enormes, preciosos, y super-suaves. Se nota que los peinan y los cuidan constantemente, ya que no huelen “a tigre” y no se nos pega ni un pelo. Esta jaula, por cierto, está rodeada por la terraza del restaurante del Tiger Kingdom, por lo que la gente nos hace fotos a nosotros y a los tigres, también fascinados con estos grandes felinos.

Primer plano de uno de los tigrazos


Cuando estamos en esta jaula, viendo a los tigres tan tranquilos, nos preguntamos lo que supongo que todo el mundo: “estarán drogados, porque no es normal que se dejen tocar tanto”. Nada más lejos de la realidad. Estábamos tumbados encima de uno de ellos, cuando el cuidador de repente coge una rama de palmera de cinco metros y la mueve en los morros del tigre. Entonces, en una décima de segundo, el bicharraco se incorpora y se sienta, con unos "ojillos" como platos, y se pone a intentar cazar la palmera. Qué velocidad!!! En principio se supone que los tigres que se pueden tocar son seleccionados entre muchos otros porque son los más sociables. Desde pequeños están entre humanos y los han acostumbrado a ellos, aparte de que por la mañana es cuando más sobados están (son animales nocturnos) y de que los deben alimentar de sobra. La verdad es que no pasamos miedo en ningún momento, son como nuestros gatillos, pero un poco más grandes, jaja.

Yo jugándome el tipo con mi "Currupipi"

Después de ver las tres jaulas, nos damos una vuelta por las instalaciones, contemplando otras jaulas donde hay más tigres, un león, y un criadero con tigrecillos recién nacidos. Estos otros tigres pueden ser los que “no han pasado la prueba” y son más peligrosos para los humanos, ya que vimos uno de ellos que parecía un poco nervioso dando vueltas arriba y abajo.
Cuando nos cansamos de pasear (básicamente porque se nos acaba el tiempo, porque no me cansaría nunca), volvemos a la recepción a recoger los CDs, y nos volvemos a Chiang Mai con el tuk-tuk que nos está esperando. Recogemos la ropa que teníamos en la lavandería (falta una camiseta de mi mujer, pero volvemos y resulta que la habían puesto en la bolsa de otro cliente, por lo que os recomiendo que reviséis siempre toda la colada antes de salir de las lavanderías). A continuación vamos a comer a un vegetariano muy bueno.
Volvemos al hotel y esperamos un ratito a que vuelvan los otros del curso de cocina. Llegan al poco rato, y hacemos el checkout. A las 14.30h nos viene a buscar una minivan que nos lleva al aeropuerto, que está bastante cerca y es pequeñito.
Facturamos las mochilas y nos comentan que podemos ir a la sala de espera “Vip Lounge” de Bangkok Airways (la compañía con la que volamos). Nosotros volamos en turista, así que flipamos allí. Hay comida, bebida, PCs con conexión, y WiFi gratis. Nos ponemos tibios hasta la hora de embarcar.
El primer vuelo de una hora y media es hasta Bangkok. Sorprendentemente, nos vuelven a dar comida. Llegamos a la capital, y otra vez a otra sala Vip, más grande aún, con más comida, y más bebida. Y como ya sabéis el típico dicho: “la ley del pobre, reventar antes que sobre”, pues volvemos comer otra vez. Y en el segundo vuelo hacia Koh Samui, que es otra horilla, pues más comida. En fin, el paraíso de los glotones. La verdad es que la compañía de Bangkok Airways está bastante bien, jaja. Eso sí, el segundo avión era muy pequeño, con dos hélices y dos asientos por lado. Se mueve un poquito, pero tenemos un viaje bastante tranquilo.
El aeropuerto de Samui parece el típico de película del caribe cuando llegas a una de esas repúblicas bananeras: muy pequeñito, con palmeras, vegetación y construcciones de madera. Bastante bonito. Recogemos el equipaje, y nos está esperando nuestro transporte al hotel. Pero no habían tenido en cuenta de que éramos seis. Se trata de una furgonetilla tan pequeña que no cabe todo el equipaje y nosotros, por lo que dos de las mochilas las pone en la vaca, sin atar ni nada. Por suerte llegan intactas al resort. Se llama: Silver Beach Resort y es super-viejo. Nuestro bungalow es del año de la Polka, pero nos sale bastante barato (800THB por noche, creo recordar).
Por cierto, lo que hemos visto de Koh Samui en el viaje hacia el hotel no nos gusta nada: todo en construcción, con muy mal gusto, y parece como Lloret de Mar.
Una vez hecho el checkin, hacemos unas birras y a sobar.